Archivos para Junio, 2008

DELEUZE: LA CREENCIA, EL CINE Y EL MUNDO

Publicado en Uncategorized el Junio 28, 2008 por gabrielmuro

Es innegable que el cine tuvo desde sus comienzos una relación particular con la creencia. Existe una catolicidad del cine (hay muchos autores expresamente católicos, incluso en América, y los que no lo son tienen relaciones complejas con el catolicismo) ¿No hay en el catolicismo una gran puesta en escena, y no hay en el cine un culto que toma el relevo de las catedrales, como decía Elie Faure? El cine entero parece responder a la fórmula de Nietzsche: “qué nos hace piadosos”. O mejor dicho desde un principio el cristianismo y la revolución, la fe cristiana y la fe revolucionaria fueron los dos polos que atrajeron al arte de las masas. Es que la imagen cinematográfica, a diferencia del teatro, nos mostraba el vínculo del hombre con el mundo. Desde ese momento se desarrollaba bien sea en el sentido de una transformación del mundo por el hombre, bien sea en el descubrimiento de un mundo interior y superior que el hombre mismo era…Hoy no podemos decir que estos dos polos del cine hayan perdido fuerza: una cierta catolicidad no dejó de inspirar a un cierto número de autores, y la pasión revolucionaria pasó al cine del tercer mundo. Lo que cambió es no obstante lo esencial, y hay tanta diferencia entre el catolicismo de Rossellini o de Bresson, y el de Ford, como entre el revolucionarismo de Rocha o de Güney, y el de Eisenstein.

El hecho moderno es que ya no creemos en este mundo. Ni siquiera creemos en los acontecimientos que nos suceden, el amor, la muerte, como si sólo nos concernieran a medias. No somos nosotros los que hacemos cine, es el mundo que se nos aparece como un mal film. A propósito de Banda Aparte Godard decía: “son personas que son reales y es el mundo el que hace banda aparte. Es el mundo el que se hace cine, es el mundo el que no es sincrónico, ellos son justos, son verdaderos, representan la vida. Viven una historia simple, es el mundo alrededor de ellos el que vive un mal guión”. Lo que se ha roto es el vínculo del hombre con el mundo. A partir de aquí este vínculo se hará objeto de creencia: él es lo imposible que solo puede volver a dar en una fe. La creencia ya no se dirige a un mundo distinto, o trasformado. El hombre está en el mundo como en una situación óptica y sonora pura. La reacción de la que el hombre está desposeído no puede ser reemplazada más que por la creencia. Sólo la creencia en el mundo puede enlazar al hombre con lo que ve y oye. Lo que el cine tiene que filmar no es el mundo, sino la creencia en este mundo, nuestro único vínculo.

 

 

 

Se preguntó a menudo por la naturaleza de la ilusión cinematográfica. Volver a darnos creencia en el mundo, ese es el poder del cine moderno (cuando deja de ser malo). Cristianos o ateos en nuestra universal esquizofrenia “necesitamos razones para creer en este mundo”. Hay aquí toda una conversión de la creencia. Fue este un giro decisivo, de Pascal a Nietzsche: reemplazar el modelo del saber por la creencia. Pero la creencia solo reemplaza al saber cuando se hace creencia en este mundo, tal como es. El cine realiza el mismo giro, primero con Dreyer y después con Rossellini. En sus últimas obras, Rossellini se desinteresa del arte, al que acusa de infantil y lastimero, de complacerse en una pérdida de mundo: él quiere sustituirlo por una moral que nos devolvería una creencia capaz de perpetuar la vida. Rossellini conserva aún el ideal del saber, nunca abandonará este ideal socrático. Pero precisamente necesita asentarlo en una creencia. En una simple fe en el hombre y en el mundo. ¿Qué hizo de Giovanna di arco al rogo una obra mal comprendida? Es que Juana de Arco necesita estar en el cielo para creer en los jirones de este mundo. Sólo desde lo alto de la eternidad puede creer en este mundo de abajo. Hay en Rossellini una inversión de la creencia cristiana que constituye la máxima paradoja. La creencia, incluso con sus personajes sagrados, María, José y el Niño, está lista para pasar del lado del ateo. En Godard, el ideal del saber, el ideal socrático aún presente en Rossellini, se derrumba: el “buen” discurso, el discurso del militante, del revolucionario, de la feminista, del filósofo, del cineasta, etc. no se ve mejor tratado que el malo. Pues de lo que se trata es de reencontrar, de volver a dar creernica en el mundo, más acá o más allá de las palabras. ¿Basta con instalarse en el cielo, así fuese el cielo del arte y de la pintura, para encontrar razones para creer (Passion). ¿No habrá que inventar una “altura media” entre la tierra y el cielo (Prénom Carmen)? Lo seguro es que creer ya no es creer en otro mundo, ni en un mundo transformado. Es solamente, simplemente creer en el cuerpo. Devolver el discurso al cuerpo, y para eso, alcanzar el cuerpo anterior a los discursos, anterior a las palabras, anterior al nombramiento de las cosas: el “nombre” e incluso antes del nombre. Atraud no decía otra cosa, creer en la carne, “soy un hombre que ha perdido su vida y busca por todos los medios hacerle recobrar su lugar”. Godard anuncia Je vous salue Marie ¿Qué se dijeron José y María, qué se dijeron “antes”? Devolver las palabras al cuerpo, a la “carne”. En este sentido entre Godard y Garrel la influencia se intercambia, o se invierte. La obra de Garrell nunca tuvo otro objeto: servirse de María, José y el Niño para creer en el cuerpo. Cuando se compara a Garrell con Artaud o con Rimbaud  hay algo verdadero que desborda una simple generalidad. Nuestra creencia no puede tener otro objeto que la “carne”, necesitamos razones muy especiales que nos hagan creer en el cuerpo (“Los Ángeles no conocen, pues todo verdadero conocimiento es oscuro…”). Debemos creer en el cuerpo, pero como germen de vida, como el grano que hace estallar los pavimentos, que se conservó y perpetuó en el santo sudario o en las bandas de la momia y que da fe en la vida, en este mundo tal como es. Necesitamos una ética o una fe y esto hace reír a los idiotas; no es una necesidad de creer en otra cosa, sino una necesidad de creer en este mundo, del que los idiotas forman parte.                 

Gilles Deleuze, La Imagen-Tiempo

FOUCAULT Y EL EMPLEADO DEL MES

Publicado en Uncategorized el Junio 19, 2008 por gabrielmuro

 

El último libro publicado de los cursos de Foucault, nacimiento de la biopolitica, es una enorme contribución al debate social de nuestro tiempo. De una actualidad sorprendente, me gustaría recorrer un poco los temas y los procesos que se tratan en el texto, el único en que Foucault aborda en forma directa cuestiones contemporáneas. Si bien el recorrido del curso es sinuoso y abarca numerosos problemas voy a hacer un recorte de algunas cuestiones fundamentales para analizar el modelo de hombre actual, el hombre empresa.

 

 

EL LIBERALISMO

 

Foucault comienza aclarando que de lo que se trata es del análisis de la gubernamentalidad, de analizar las distintas formas que asumen las prácticas concretas de gubernamentalidad y como conforman una forma de racionalidad tanto a través de las practicas concretas como a través de la conciencia de si de esa gubernamentalidad, es decir las teorías y reflexiones que produce.

El concepto de gubernamentalidad que Foucault introduce en ese entonces remite no a un gobierno en un sentido formal, ni tampoco a los mecanismos estatales. Se refiere más bien al conjunto de prácticas y discursos que tienen como fin gobernar de la mejor forma posible, y según un objetivo dado, la conducta de los hombres. También lo llama “arte de gobernar”. La gubernamentalidad es una “grilla de análisis” para analizar las relaciones de poder. Puede servir tanto para estudiar el encauzamiento de los locos, de los criminales, de los trabajadores, como para analizar el gobierno de un conjunto social más vasto y global como la población.

El tema central del curso es el arte de gobernar liberal. Sus orígenes se remontan al  sigo XVIII y se distingue profundamente de la llamada razón gubernamental de estado correspondiente a las monarquías absolutas de la época ilustrada. Esta razón de estado implica una omnipresencia del estado en toda la vida social pero una limitación del poder de los estados entre sí para no caer bajo la forma del imperio. El mercantilismo correspondería aún a la forma del estado de policía.

Lo novedoso del liberalismo va a ser su rechazo de la omnipresencia del estado, aún ilustrado y moderado, limitado por derechos y leyes que le son exteriores.

El liberalismo de los fisiócratas y luego Adam Smith significará un corte fundamental en el arte de gobernar moderno, la introducción de algo radicalmente nuevo y poderoso. Se trata del mercado como espacio de racionalización social, de informador de la sociedad. Los liberales conciben al mercado como algo enorme, incontrolable por sujeto alguno, peor aun, todo intento de controlarlo derivaría en su perjuicio fatal. El mercado será el lugar en donde los hombres podrán ser libres. Los hombres desean intercambiar y servir a sus propios intereses. El pensamiento liberal opera un importante desplazamiento en relación al pensamiento contractualista anterior. Este se basaba en sujetos de derecho, los cuales poseían estos derechos por naturaleza. En un momento dado, aquél que da origen a la historia los hombres, deciden ceder parte de sus derechos para organizarse socialmente. De esa forma se creara una división entre gobernados y gobernantes y el soberano será quien gobierne, aunque estará limitado por aquellos derechos naturales inalienables que posee todo hombre.

El liberalismo barre con esta concepción contractualista. No necesitan del juego de los derechos, del estado, del soberano, del origen mítico de lo social. Su antropología será mucho mas humilde, mucho menos “humanista”. Para los liberales el hombre no hace más que pensar en su propio interés. Por ello se aboca al intercambio y al trabajo. El campo económico será el lugar en donde el hombre puede satisfacer sus propios intereses en la interacción con otros sujetos a su vez preocupados por su interés propio. Por lo tanto, desplazamiento fundamental desde el sujeto de derecho al sujeto de interés. No es un borramiento, el sujeto de interés forja una ley, pero lo preponderante será el interés.

Lo curioso y milagroso del sujeto de interés es que al perseguir su propia necesidad, su propia ganancia, estará contribuyendo al desarrollo y el aumento de la riqueza de toda la sociedad. Como las abejas, cada uno buscara la dulce miel para su necesitado paladar y así se formara un gran trabajo en común, inconsciente como el trabajo que hace la naturaleza sobre las especies no racionales. Es la mano invisible del mercado ¿Pero como puede suceder este contrasentido? ¿cómo evitar la guerra de todos contra todos? Bueno, no es tan simple, puesto que no se trata simplemente de dejar librado al azar el desarrollo económico. Se trata de optimizarlo según una serie de reglas e intromisiones que no son otra cosa que el gobernar. El liberalismo, dice Foucault, no se hace llamar así tan solo porque defienda una libertad dada, espontánea, sino que mas profundamente produce esa liberad, la fabrica, la regula.     

El liberalismo clásico crea la encomia política, ciencia que se encargará de limitar la acción del estado y analizar los mecanismos por los cuales el mercado crea riqueza y progreso. La discusión ya no será entre legitimidad-ilegitimidad como en el pensamiento juridicista, sino que se tratará del par éxito-fracaso. Ya no se trata de derechos naturales del hombre que habría que respetar sino de los procesos naturales del mercado, los cuales analizados meticulosamente nos darían la verdad y los prinicios para gobernar. El mercado como espacio de veridicción. El análisis de la oferta, la demanda, los precios naturales, la competencia, los fenómenos poblacionales, serán los guías para alcanzar aquel estado que Kant llamó la paz perpetua, un estado en el cual la naturaleza se realiza en el hombre, la naturaleza de lo económico. En este sentido se podría ver en Kant un antecedente de un pensamiento afín a la globalización, puesto que el comercio planetario sería la utopía liberal.

El cruce entre economía política y el utilitarismo filosófico inglés contribuirán a formar la noción de homo economicus, el hombre regido tan solo por su propio interés y el cálculo que lo hace evitar el displacer y conseguir gratificarse. El homo economicus reemplazará al homo juridicis, el sujeto de derecho. La política entonces será la forma de influir en los intereses de los hombres, como producirlos, como encauzarlos. Una política de lo interesante.

El libre mercado necesita de todo tipo de libertades para funcionar: libertad de comercio, libertad de trabajo, libertad de discusión, etc. Sin embargo todas estas libertades no están dadas, deben regularse y preverse para que no generen una superioridad de un estado sobre otro o monopolios. De esta forma el siglo XIX, siglo de nacionalismos y explotación fabril a gran escala, al aplicar las ideas liberales en la práctica tendrá que implementar todo tipo de medidas que protejan el mercado interno o cuidarse de la proliferación de monopolios. La contraparte de las libertades económicas será el desarrollo de un enorme dispositivo de seguridad que intentará cuidar que ni los intereses individuales choquen con los colectivos ni que los intereses colectivos afecten los intereses individuales. Así nacerán los seguros contra la vejez, contra el desempleo, contra los accidentes de trabajo, contra los sabotajes de las fábricas. Este juego entre libertad y seguridad será lo que constituya la dinámica de la economía de poder liberal. A su vez aparición de una suerte de cultura del peligro. El siglo XIX verá aparecer peligros por doquier, peligros contra los que hay que protegerse, peligro de la delincuencia, peligro de la degeneración, peligro de la falta de higiene. Es el correlato psicológico de este juego entre libertad y seguridad.

A su vez  el dispositivo disciplinario analizado por Foucault exhaustivamente enganchará con esta gubernametabilidad liberal, la disciplina se encargará de construir, vigilar, controlar y coaccionar hombres aptos, útiles, sujetos normalizados por el interés.

Llegado el caso, el gran problema que enfrentan estos dispositivos llamados por Foucault “liberógenos”, estos dispositivos de producción de libertad, es que no dejan de producir su contrario, el bien no deja de suscitar el mal, o sea el peligro, la enfermedad, la coacción. Es así como la biopolítica puede convertirse en tanatopolítica.

 

EL NEOLIBERALISMO 

 

 

 

El siglo XX supondrá una radicalización del modelo liberal y a su vez su reinvención. La crisis económica de los años treinta hizo tambalear todo el sistema económico. Surgen movimientos totalitarios como el nazismo, el fascismo o el estalinismo que amenazan las libertades del sistema capitalista. Esto hará que el propio sistema acuda al estado como salvaguarda de una crisis terminal. El Welfare en Estados unidos, el plan Beveridge en Inglaterra, y lo que globalmente se conoce como keynesianismo operaran como una suspensión del juego del libre mercado. Se tratará de una crisis del liberalismo. Para ese entonces un grupo de economistas alemanes comienzan a reunirse para crear la escuela de Friburgo, el ordoliberalismo. Entre la preguerra y la posguerra se cocerá la crítica del modelo intervencionista keynesiano y la revitalización del modelo liberal, la reivindicación del libre mercado pero con importantes desplazamientos con respecto al liberalismo tal cual había sido practicado y pensado hasta ese entonces. La crítica de estos economistas hacia el keynesianismo se basaba en que con una excesiva intervención del estado en la vida económica y civil no se distaba demasiado de los modelos totalitarios que brotaban por doquier. Para los ordoliberales cualquier tipo de intervención estatal corría el riesgo de derivar en una situación de totalitarismo, es lo que Foucault crítica como una suerte de irracional fobia al estado, la cual se ha extendido cada vez más con el correr del tiempo. Sin embargo, plantea Foucault, el estado no es intrínsecamente totalitario si se lo deja intervenir, lo que caracteriza a los totalitarismos no es una omnipresencia del estado, sino del partido. Plantea que la fobia al estado esta ligada a los exilios políticos de muchos intelectuales europeos durante el siglo XX. Así como lo que alimentó al liberalismo fue la fobia al despotismo, el neoliberalismo se alimenta de la fobia al estado, tanto en sus formas totalitarias como en sus formas intervencionistas de tipo estado benefactor.

Por otro lado, y esta es una de las ideas mas polémicas del análisis, Foucault plantea que el estado no tiene esencia. Es un efecto de múltiples gubernamentalidades. No se trata de arrancar la esencia del estado ni de sus aparatos, como un análisis de corte marxista podría pretender. Solo de esta forma puede evitarse tanto la fobia al estado como su glorificación. El estado es un corte móvil, no hay estado sino estatizaciones. Lo importante es siempre el gobernar y el socialismo, de lo que carece, es de esa idea propia de gubernamentalidad. Nuevamente, el poder está hecho de relaciones, siempre variables, en una combinación compleja entre lo local y lo global, en términos económicos: lo micro y lo macro.

El neoliberalismo va a tener sus referentes principales en el ordoliberalismo alemán, influido por la republica de Weimar, la crisis del 29, el nazismo y la posguerra, y el neoliberalismo americano, atravesado por el New deal, la posguerra y el asistencialismo estatal demócrata llevado a cabo por Truman, Kennedy y Johnson. El gran adversario de las dos escuelas económicas va a ser el keynesianismo.

Las exigencias alemanas luego de la guerra eran numerosas y urgentes. Se trataba de reconstruir la economía y el aparato político, y al mismo tiempo de desarrollar un sistema de asistencia social que contuviera la reaparición de lo que acababa de suceder. Para esto sin duda se necesitaba de una gran planificación estatal. Sin embargo hacia 1948, una organización muy influyente llamado Consejo Científico, que operaba en la bizona alemana y estaba constituido por miembros de la escuela ordoliberal de Friburgo estableció todo un programa gubernamental para el porvenir de la nación. Planteaban la necesidad de establecer un marco de libertad económica que posibilitase la recuperación del país atrayendo inversiones extranjeras. Se trataba de seducir a los inversores, a los trabajadores, a los sindicatos para trabajar en el marco de una economía de mercado con capacidad de crear bienestar. Lo novedoso de este plan será que la reconstrucción del estado tendrá como objetivo asegurar y perfeccionar la libertad económica. El nuevo estado estará al servicio de un juego económico que terminará por establecer la legitimidad o no del estado. Esta inversión es fundamental. Se trata de lo contrario al liberalismo clásico, que partía de un estado dado para crear un mercado. Ahora se trata de un mercado que limita, que restringe al estado. Por lo tanto, a partir de 1948 empiezan a liberarse progresivamente los precios y el tipo de cambio, que si bien en un principio generan grandes subas luego se estabilizan. Pronto la economía alemana comienza a crecer, en parte gracias al lobby americano beneficiado por estas medidas. El nuevo modelo produce un gran consenso (puesto que ese es uno de los objetivos principales de toda política económica) y hasta el socialismo alemán pocos años después abdicara se sus reivindicaciones tradicionales, es decir lucha de clases y apropiación de los medios de producción, para asimilarse al modelo neoliberal alemán pero con asistencia social.

Ya no se tratará tampoco de la idea liberal de intercambio y equivalencia. De lo que se preocupa el neoliberalismo, y este es quizás el corazón de su sistema, es de asegurar la optimización de la competencia, que esta pueda ser lo mas transparente posible. Si la competencia funciona, todo andará bien, esa será su máxima. Y justamente de eso es de lo que se tendrá que encargar el arte de gobernar neoliberal, de regular ese famoso “marco” para que la competencia económica funcione aceitadamente, sin fijación de precios ni monopolios.  Para ello hará falta también asistir a los que queden afuera del juego, a los desocupados, a los marginados, para que no entorpezcan el juego de la competencia. Necesitará crear “sujetos competentes”, hombres capaces de soportar el fragor de la competencia. Y como se trata de un juego las reglas son muy importantes,  tienen que ser claras y el estado debe velar por ellas. El mercado determina la función del estado. Se tratará de corregir toda forma de “irracionalidad” no acorde con la racionalización total que hará el mercado de la sociedad. El mercado le dará forma a toda la vida social. Los neoliberales saben, a diferencia de los liberales, que la competencia no es perfecta por naturaleza, que es preciso realizar una fuerte administración y producción de lo social para acercarse a esa competencia perfecta, la cual será el nuevo horizonte utópico.  Fundamentalmente hay que comprender que el neoliberalismo no se trata de una no intervención, sino de una fuerte intervención en ámbitos no económicos para optimizar el desenvolvimiento de la economía.  

 

 

 

Misck, uno de los representantes del ordoliberalismo alemán dice: “En esta política liberal bien puede ser que las intervenciones económicas sean tan grandes como en una política planificadora. La diferencia está en su naturaleza”.

El marco sobre el que actuara el neoliberalismo no será otro que el de la población. Hay que regular fenómenos demográficos, jurídicos, culturales, técnicos, etc. para desplegar las potencias del mercado. A esto lo llaman “el orden de la competencia”. El neoliberalismo como biopolitica para y por el mercado. No es solo un gobierno económico, es más bien un gobierno de la sociedad.

El ordoliberalismo alemán también implementará una política social relativamente generosa como para no causar desigualdades sociales demasiado grandes. Asegurara el acceso más o menos equitativo de los bienes de consumo, subsidios de desempleo, etc. Sin embargo para que haya competencia no puede haber igualdad total ya que tiene que haber diferencia de precios, competencia entre los trabajadores, etc. Por lo tanto de lo que se trata es de permitir un grado tolerable de desigualdad. Esto lo lograrán mediante la simple transferencia de un máximo, de los que mas tienen, hacia un mínimo, aquellos que por uno u otra razón menos tienen y quedan afuera del juego de la competencia, los incompetentes. Es que si los anormales eran el deshecho social durante el siglo XIX bajo el signo de la norma, la segunda mitad del siglo XX construirá esta nueva figura del paria social, el incompetente. 

 

 

Otro aspecto importante del programa neoliberal será la privatización de los servicios públicos, de forma tal que el estado no se encargue de brindar estos servicios sino que el mercado asegure un nivel de ingresos lo suficientemente altos como para que cada individuo pueda contratar estas prestaciones. Nada más. Si bien esto no fue completamente aplicado de esta forma en Alemania esa es la tendencia neoliberal: apuntar a una economía social de mercado o una privatización de la política social.

Será mucho más evidente en el modelo norteamericano ya que Alemania no podrá desprenderse del todo de una historia con un gran estado benefactor, de Bismarck en adelante.

Ahora bien, Foucault plantea que no se trata de instaurar una sociedad mercantil, no es tanto una sociedad de consumo o una sociedad del espectáculo lo que busca el neoliberalismo. Lo fundamental en esta nueva racionalidad no es el intercambio de mercancías que a Marx tanto le preocupaba sino la dinámica de la competencia. Ya no se trata de sujetos mercantiles masificados, se trata de sujetos empresa. El nuevo homo economicus es empresarial. Y los neoliberales se alimentaran del análisis de la ética de empresa llevada a cabo por Max Weber, Schumpeter y Sombrat. Se trata de hacer del modelo empresa el poder informante de la sociedad, expandirla a todo el campo social. Asegurándole a cada uno un acceso a la propiedad privada, ajustando los defectos de la división del trabajo, creando pequeñas comunidades con perfil empresarial, etc.   

El modelo de la sociedad mercantilista y masificadora ya ha sido superado dice Foucault. Ello ha estado en el horizonte del poder desde los años veinte a los sesenta. El modelo neoliberal empresarial busca la diferenciación, la multiplicidad. De nuevo la necesidad de asegurar ciertas libertades. Pero se trata de una libertad producida, atravesada por el cálculo económico y el marketing. No hay nada de espontáneo y singular en esta exigencia de libertad. A su vez no podemos dejar de ver el crecimiento desmesurado del dispositivo de seguridad contemporáneo y la cultura del peligro y la violencia que es su contracara.

 

EL NEOLIBERALISMO AMERICANO

 

En estados unidos el liberalismo tiene otro cariz. El liberalismo constituye el ser norteamericano desde sus orígenes. Implica toda una forma de ser y pensar. Allí, el mercado siempre fue el garante de las libertades, desde la misma revolución. Lo novedoso del neoliberalismo norteamericano del siglo XX va ser su introducción del concepto de capital humano. Parten de la crítica de la economía política y de cómo ella analizaba los principios de la riqueza en cuanto capital, trabajo y tierra. Sin embargo, dicen los neoliberales, el aspecto trabajo quedaba reducido por completo a un análisis de tipo salarial y específicamente a la cantidad de tiempo invertido en el trabajo. Aún el keynesianismo dicen, dejó de lado el problema del trabajo, analizándolo solo en términos de agente de producción dependiente de las inversiones.

Por supuesto el neoliberalismo no toma en cuenta el importante análisis hecho por Marx del trabajo en términos de fuerza de trabajo y de la abstracción que ello conllevaba, la forma de la enajenación. El trabajo en Marx pierde su dimensión humana ya que lo que se vende es la fuerza de trabajo de acuerdo a leyes de oferta y demanda para un trabajo que crea valor pero que en parte le es arrancado al trabajador sin una justa retribución. Los neoliberales no discutirán directamente con Marx pero buscarán la forma de superar esta contradicción de la lógica capitalista a través de una reorientación del análisis del trabajo. Para ello redefinen el concepto de economía: se trata de aquella actividad mediante la cual los individuos asignan bienes escasos a fines alternativos, es decir fines que hay que elegir entre una serie de posibilidades. La economía ya no será tanto el análisis de procesos sino de la racionalidad interna de los individuos y la relación que hacen entre medios y fines. Se trata de hacer del trabajador no un mero vendedor de su fuerza de trabajo sino un sujeto activo que actúa estratégicamente. La mira estará puesta en como actúa el que trabaja y en los factores que orientan sus decisiones. Su subjetividad.

 

 

El trabajador será de esta forma portador de un capital. Este consiste en la idoneidad del trabajador para realizar cierta tarea. El trabajador se hará maquina, pero no en el sentido clásico de alienación, de maquinización del hombre, sino en un sentido positivo de producción de flujos de ingreso (imposible no recordar el maquinismo deleuziano). Estamos muy lejos de la idea de fuerza de trabajo, ahora se trata de un trabajador capitalista que no deja de producir ingresos actualizando su idoneidad. Se trata del trabajador como empresario de sí mismo. El neoliberalismo cumple su objetivo: no busca reencontrar al individuo ni grandes procesos económicos, busca la forma empresa en el individuo. Una sociedad hecha de unidades-empresa. El neoliberalismo reinventa al homo economicus y lo hace empresario de si mismo, fuente de sus propios ingresos, orientados por inversiones hacia sí mismo, por gastos necesarios para su empresa-vida, y por cálculos estratégicos. Un management de sí. A su vez el consumo de mercancías no va a ser tanto un consumo pasivo, sino una forma de producción. El consumidor produce su propia satisfacción de acuerdo a todo tipo de cálculos.

El capital humano se compone de dos tipos de elementos: innatos y adquiridos. Los innatos son aquellos que por genética o por naturaleza determinan una cierta habilidad o capacidad. El horizonte de la intervención genética está a un paso de este tipo de análisis. Cuando llegue a comercializarse no cabe duda de que su objetivo y principal atractivo será esta intervención sobre el capital humano innato. De esa forma el costo de la intervención se verá amortiguado a posteriori cuando el individuo pueda desarrollar esas capacidades dispuestas en él en un laboratorio. Ya podemos vislumbrar el slogan: “invierta hoy en sus hijos para su seguridad y el rendimiento del mañana”.  La política genética está sin duda ligada a este desarrollo del capital humano.

De la misma forma, los elementos adquiridos del capital humano van a estar ligados a la inversión sobre la educación de los hijos. Pero no sólo esto. Toda una serie de detalles vivénciales serán de influencia: el afecto de una madre sobre el hijo, el cuidado de la salud, etc. Se tratará de analizar que aspectos ambientales influyen en el perfeccionamiento del capital humano. Qué estímulos son beneficiosos y cuáles no. A partir de aquí también puede verse como la psicología conductista y cognitiva será de gran utilidad para el perfeccionamiento de esta maquina humana.

Los neoliberales encuentran en el capital humano la solución contra la idea marxista de baja tendencial de la tasa de ganancia en el capitalismo. Si el capitalismo no entra en crisis por la baja, dice Shumpeter, no es por el imperialismo analizado por Rosa Luxemburgo o Lenin, sino por la innovación y la aparición permanente de nuevas tecnologías, de nuevos bienes, de nuevas organizaciones del trabajo que vuelven a abrir el juego, que vuelven a dar ganancia y crecimiento. Esta innovación solo puede aparecer gracias al capital humano. 

No se trata de eliminar la crítica de todos estos elementos dice Foucault. Por el contrario una nueva política y una nueva forma de resistencia solo será posible mediante la comprensión y el estudio de los mecanismo específicos de las nuevas tecnologías de poder que nos coaccionan y nos hacen vivir.  

A través de estos análisis también pueden verse bajo una nueva luz los problemas de cuidado y técnica de sí a los que Foucault se abocará  poco tiempo después de este curso.  

EL TIEMPO LOS HARÁ LIBRES

Publicado en Uncategorized el Junio 9, 2008 por gabrielmuro

 

En un campo de concentración todo está reglado, geometrizado. El campo de concentración es la patología de la totalidad y el totalitarismo es la peor pesadilla de la razón. Nada escapa porque no hay lugar para la nada en la totalidad. Hay vigías por doquier. Alambres electrificados. No se trata del panóptico. Lo que rige es la fuerza matematizada. No hace falta interiorizar la vigilancia ya que se trata de un espacio fuera de la sociedad pero que al mismo tiempo lleva al límite los mecanismos latentes en una determinada racionalidad social. En el campo se está solo. Apenas se puede contar con la ayuda de algún otro condenado. Todo vínculo se fragiliza, pende de un hilo. Es una selva donde el resultado de la lucha ya está calculado antes de atravesar el umbral. Las relaciones de fuerza no pueden desplegarse. No hay relación, ni poder. Es un darwinismo de probeta.

Imre Kertész, en su gran novela SIN DESTINO, narra la experiencia del campo combinando sus memorias con un cierto distanciamiento descriptivo. El grado cero de la escritura para el grado cero de la existencia.

Ese tono descriptivo, de inventario, lo lleva a puntualizar los tres modos posibles de supervivencia en el campo.

El primero es apelar a la imaginación, proyectarse fuera de la terrible experiencia cotidiana y trasladarse a un mundo interior. La imaginación “es un don eterno que le permite al hombre no caer en la locura”. El protagonista se imagina a sí mismo en su casa sentado en su sillón mientras en realidad se encuentra realizando un trabajo brutal, monótono y sin descanso. La imagen evocada no debe ser demasiado fantasiosa, sino no surte efecto. No funciona soñar con una playa paradisíaca o con una hermosa pradera donde se corre sin ataduras. Algo sencillo, humilde, como estar en la casa de uno mirando el techo. 

La segunda forma de evasión es el “abandonarse”. “¿Quién no ha tenido la tentación, aunque sea una sola vez, de abandonarse?”, nos pregunta Kertész.  El preso busca un lugar dónde esconderse, debajo de una edificación, de una montaña de paja, de cualquier recoveco que encuentre en la fría arquitectura que lo envuelve. El cansancio ya es intolerable.  Se acuesta, se escabulle un poco, cierra los ojos, y simplemente deja que pasen las horas sin moverse, en un reposo fatal. Se puede tener la suerte de dormir todo el día y pasar desapercibido o ser descubierto y dar fin a la pesadilla.

Luego está la tercera forma de escapar. Literalmente. Conseguir burlar los alambres, los centinelas, encontrar un resquicio por el que salir y una vez fuera del campo, en alguna ciudad o pueblo de los alrededores, conseguir la ayuda y el refugio de algún buen vecino para luego tomarse un tren e irse muy lejos. De las tres hay que decir que está es la menos probable. Recordémoslo una vez más, en el campo todo está calculado. El hombre no puede ser reducido al cálculo, excepto para la muerte. Es la eficacia tanática del campo.  La operacionalización del hombre sólo es posible cuando refiere al extermino, a la solución final.  

Hay una cuarta manera de sobrevivir, una manera que será revelada sólo al final de la experiencia del campo, una vez que el narrador pueda realizar por primera vez un atisbo de evaluación retrospectiva de lo que le ha tocado vivir.

“El tiempo ayuda” le dice el niño prematuramente envejecido al primer tipo que, una vez en libertad, le pregunta cómo es posible tolerar el horror del campo.

“Por ejemplo llegar a una estación, sino lujosa por lo menos aceptablemente limpia y cuidadosa donde cada cosa se nos va esclareciendo con el tiempo; poco a poco, de manera gradual, pasas un nivel, y cuando ya lo has pasado viene otro, y otro, y entonces ya lo sabes todo, lo has asimilado todo. Mientras lo asimilas, también estás ocupado: haces cosas nuevas, te mueves, actúas, cumples con los deberes de cada nuevo nivel. Sin embargo, si no existiese ese orden temporal, y todo el saber, toda la información nos llegara de golpe, quizás nuestro corazón y nuestra mente no lo aguantarían”.

Sólo en esta experiencia del tiempo, en esta temporalización del campo, es posible la supervivencia. Es un tiempo cronológico, ordenado, pero irreductible. El tiempo es lo que se resiste a la domesticación.

El peor campo de concentración, el más temible, el definitivo, sería entonces aquél que anulara completamente el tiempo. Aquél donde todo el horror cayera de golpe, en un instante indivisible.