La relación entre marxismo y judaísmo es por lo menos compleja y ambivalente. ¿Cómo pudo un descendiente directo de judíos haber manifestado en numerosas oportunidades posiciones antisemitas? Al mismo tiempo muchas de las grandes personalidades del pensamiento y de la política marxistas han sido también judíos. Parece haber una gran laguna negra en relación a este extraño desencuentro entre Marx, su historia familiar, su filosofía y el lugar de lo judío. Para Marx está claro que hay una cuestión judía. Una cuestión es un problema, un interrogante. Algo que permanece irresuelto. Nos estamos adentrando en el intrincado doble terreno de la cuestión de la cuestión.
El padre de Karl Marx, Heinrich, junto con su madre, Henrietta, y otros seis hermanos, conformaban una familia judía de clase media oriundos de Tréveris, un poblado perteneciente a la región alemana de Renania. La familia Marx apoya fervientemente las invasiones Napoleónicas. La llegada de Napoleón implica la concesión hacia los judíos de la emancipación, la cual los igualaba jurídicamente con el resto de los ciudadanos. Los franceses modernizaron Renania. Abolieron las cargas feudales y la región experimentó un fuerte proceso de industrialización. Contaban con recursos naturales como el carbón y hierro y su explotación produjo una cierta revolución industrial que da lugar a la transformación de los tradicionales campesinos y artesanos en proletarios. Con la caída del imperio Napoleónico, Renania es anexada a Prusia y los judíos pierden sus efímeros derechos civiles. Heinrich era abogado y ante el riesgo de quedar incapacitado de ejercer su profesión se convierte a la iglesia Luterana en 1824, cuando Karl Marx contaba con sólo 6 años de edad. Heinrich Marx era una persona culta y educada, un liberal que desde temprano le transmitió a su hijo el interés por la filosofía, el derecho y la política, particularmente la filosofía ilustrada. Al parecer el judaísmo no fue de mayor importancia en la familia Marx debido a la influencia de las corrientes emancipatorias y la haskalá, la ilustración judía.
Aquella Renania Prusianizada, sin embargo, no era lo mismo que Prusia. A pesar de empezar a pertenecer a un régimen administrativo de enormes proporciones, Renania seguía siendo diferente en su carácter social en relación a la gran burocracia Prusiana. Esta relación de excentricidad frente a Prusia puede ayudar a comprender el rechazo posterior de Marx hacia el Estado. Muy lejos de su glorificación hegeliana, que hace del Estado la encarnación de la razón universal.
Alemania dejaba poco a poco de ser una zona feudal, atrasada y fragmentada políticamente. Comenzaban a convivir las viejas relaciones feudales con las nacientes relaciones capitalistas mediadas por un gran aparato burocrático. Hacia los años 30 empiezan a surgir tendencias opositoras hacia el nuevo estado de cosas. Tendencias que combaten las nuevas formas de organización social y “ponen en cuestión” las nuevas formas de opresión y dominación que se estaban instalando.
Marx se va a estudiar Derecho a Berlín siguiendo los pasos de su padre. Allí se encuentra por primera vez con la aclamada filosofía de Hegel. Marx queda deslumbrado por ciertos aspectos del pensamiento hegeliano. En particular por su crítica de la religión y su visión de la historia como proceso de transformación del espíritu y de la conciencia en un espiral cada vez más elevado. Pero Hegel fue un férreo defensor del estado prusiano y veía en el pueblo germánico la posibilidad y la misión de la realización universal de la historia. Los pueblo germánicos, a pesar de su atraso, serían portadores de la verdad absoluta, la verdad del cristianismo.
Marx encarna el caso del discípulo que supera al maestro, no sin cierta ironía, ya que hay una cierta “burla de la historia” (en el sentido de Hegel) en esta superación.
Sin embargo, y especialmente en sus primeras obras, Marx va a conservar aún resabios del hegelianismo, si bien bajo la influencia de Feuerbach realizó la más radical y despiadada crítica de la religión. Hay que recordar que Feuerbach fue otra influencia fundamental en Marx y sin la cual la ruptura con el idealismo hubiese sido mucho más ardua.
Feuerbach basa su crítica de Hegel y de la teología en la enajenación del hombre en Dios. En verdad el hombre ha transferido sus cualidades a un ser imaginario ante el que se arrodilla. Pero Dios, a fin de cuentas, no es otro que el hombre, más específicamente el ser genérico de la especie. Todo de lo que el hombre en su individualidad carece, Dios lo posee: “Dios es el eco de nuestro grito de dolor.” El hombre no se reconoce en su ser social, sólo puede padecer su limitación individual. Esta creación imaginaria termina por dominar al propio creador, como el Golem, se vuelve real por efecto de la enajenación del espíritu.
La profunda mirada de Marx retomará este análisis para aportarle un giro decisivo: lo que se aliena en Dios no es el espíritu del hombre, sino su ser real, práctico. Son las relaciones del hombre con la naturaleza, con el trabajo y con la sociedad lo que lo limitan, lo hacen sufrir, lo vuelven extraño de sí mismo. No se trata de una mera confusión del espíritu sino de las reales condiciones en que viven y se relacionan los hombres. Razonamiento que abre un nuevo mundo, una de las más grandes revoluciones en la historia del pensamiento, en donde éste queda indisolublemente ligado a la política y a la historia, ya no a nivel espiritual, sino material. La lucha de clases se da en el lodo, ya no en la cristalina mitología del amo y el siervo.
La crítica de la religión es un paso fundamental hacia la crítica de la sociedad y del estado. Se invierte el ideal hegeliano.
Otro importante discípulo de Hegel fue Bruno Bauer. En su juventud estudió con Hegel quién le elogió su tesis sobre Kant. Luego de la muerte de Hegel integró las filas del hegelianismo de derecha, es decir aquél que interpretaba con fidelidad al maestro. El hegelianismo de derecha hace eje en la revelación divina. Pero luego, a raíz de una fuerte polémica académica, Bauer se muda a las filas del hegelianismo de izquierda, es decir aquél crítico de la religión. Bauer fue profesor de Marx en la universidad de Berlín. Allí, curiosamente, también fue profesor de Friedrich Nietzsche.
Desde esta posición teórica Bauer elaboró una profunda investigación acerca de lo orígenes del cristianismo, concluyendo que los evangelios fueron una pura fantasía, y que el cristianismo no estuvo en pugna con la cultura greco-latina, sino que fue su realización. Argumentaba que la influencia de los judíos en tiempos de los romanos había sido muy superior a lo que se creía.
Bauer reconocía el talento del joven Marx y cuando se trasladó a la universidad de Bonn invitó a Marx a trabajar con él. Marx se negó, lo suyo no era la academia sino la práctica, el participar de un movimiento político vivo.
Cerrado el camino del claustro universitario Marx se lanza a la más excitante ocupación del periodismo. En 1842 empieza a colaborar con la Gaceta Renana que le servía como un canal de lucha y de agitación. Pero más aún, el contacto cotidiano en el periódico le sirvió para observar las luchas sociales y económicas que agitaban a Europa y seguir de cerca los movimientos de la nueva clase: el proletariado.
La originalidad radical que aporta Marx frente a los hegelianos de izquierda de su época es que abandona toda posición contemplativa. Su originalidad radica en la intuición de que por un lado todo conocimiento implica una práctica, una manera de intervenir sensorialmente sobre el objeto o una manera de ser afectado por éste, y por otro lado una epistemología irreductiblemente política, donde la orientación de la filosofía es transformar al mundo.
La tesis 1 sobre Feuerbach ilumina y sintetiza esta visión:
El defecto fundamental de todo el materialismo anterior -incluido el de Feuerbach- es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal. Feuerbach quiere objetos sensoriales, realmente distintos de los objetos conceptuales; pero tampoco él concibe la propia actividad humana como una actividad objetiva. Por eso, en “La esencia del cristianismo” sólo considera la actitud teórica como la auténticamente humana, mientras que concibe y fija la práctica sólo en su forma suciamente judaica de manifestarse. Por tanto, no comprende la importancia de la actuación «revolucionaria», «práctico-crítica».
Sin embargo no deja de saltar la expresión que utiliza sobre la manera de entender la práctica en Feuerbach: “suciamente judaica”. Por esto entiende el comportamiento “terrenal” alienado, donde el hombre ejerce la violencia y la dominación sobre el hombre enmascarándolas en el orden jurídico. Aún así fue Feuerbach quien le dio el nuevo sentido al concepto de alienación del que Marx se inspiró fuertemente para formar toda su “espectrología” social. Pero Marx entenderá a la alienación ya no como mero problema de conciencia sino como una cuestión social que tiene efectos en la conciencia. Sin embargo parece haber un fantasma judío que atormenta a Marx, sin caer en psicologismos filiales se diría que no dejó de confundir él mismo al judaísmo real con el judaísmo abstracto. Lo que él llamaba el judaísmo real era un judaísmo abstracto, estereotipado, que no tomaba en consideración las condiciones reales de relación social en que las comunidades judías de toda Europa fueron llevadas, por la fuerza, a ejercer la usura, confundiéndolo con algún tipo de propiedad inherente a la doctrina judaica. Que efectivamente el judío haya sido usurero no significa absolutamente nada si no se toman en cuenta los condicionamientos históricos que lo llevan a interpretar ese poco apreciable rol social.
El argumento principal que recorre La Cuestión Judía es que en realidad la humanidad debe emanciparse del judaísmo real, del judaísmo usurero y tramposo, más que promover la emancipación de los judíos en el marco de una sociedad jurídicamente igualitaria. Su ataque va dirigido a la concepción jurídica de la libertad y la igualdad a las que considera como completamente falsas. El texto aparece como una polémica con el mismo Bruno Bauer, a quien le achaca los mismo errores que a Feuerbach. En el prefacio a Contribución a la crítica de la Economía Política anota: Mi investigación desembocaba en el resultado de que, tanto las relaciones jurídicas como las formas de Estado no pueden comprenderse por sí mismas ni por la llamada evolución general del espíritu humano, sino que radican, por el contrario, en las condiciones materiales de vida cuyo conjunto resume Hegel, siguiendo el precedente de los ingleses y franceses del siglo XVIII, bajo el nombre de ‘sociedad civil’, y que la anatomía de la sociedad civil hay que buscarla en la Economía política.
El hombre debe, para abandonar el reino de la necesidad y alcanzar el reino de la libertad, romper con todo lo que lo esclaviza a la sociedad de clases que desarrolla las fuerzas productivas pero impide la realización de las potencialidades del hombre. La sociedad civil es entendida como una construcción abstracta que encubre las verdaderas relaciones de explotación entre los hombres. Y en La Cuestión Judía es la figura del judío y el discurso emancipatorio lo que encarnan la mentira de la sociedad civil. Se trata ciertamente de una figura retórica, pero también de un ataque al judío concreto. En ese texto escribe: “¿Cuál es el culto secular del judaísmo? La usura. ¿Cuál es su Dios secular? El dinero.” Y luego: “Pues bien, la emancipación de la usura y del dinero, es decir del judaísmo práctico, real, sería la autoemancipación de nuestra época”.
Son numerosos los fragmentos de cartas personales en dónde Marx se refiere despectivamente hacia los judíos. Como ejemplo puede citarse una carta que Marx le escribe a Engels con motivo de una invitación que le hace a Lasalle a Londres. Lasalle era un importante dirigente socialista judeoalemán que nunca había participado de la liga comunista pero que al mismo tiempo le pasaba información a Marx acerca de las luchas proletarias en Alemania: “Es ahora perfectamente claro para mí que, como la forma de su cabeza y el crecimiento de su cabello lo indican, él desciende de los negros que se unieron en la huida de Moisés de Egipto (a menos que su madre o su abuela por el lado de su padre se uniera con un negro). Esta unión de Judío y Alemán en una base negra tenía que producir necesariamente un híbrido extraordinario… Lo molesto del tipo también tiene algo de negro”. Aquí se destaca también una mirada racial darwinista pseudo científica típica del ambiente de su época. Marx, a pesar de haber sido brillante, fue un ser humano permeable a los prejuicios filisteos de los que La Cuestión Judía dan prueba suficiente.
Lamentablemente la palabra de Marx en la tradición militante marxista ha sido tomada en forma “incuestionable”. Este torpe antisemitismo de Marx fuertemente influido por su época no ha sido sólo un problema teórico o hermenéutico sino que ha terminado en las sangrientas persecuciones bolcheviques hacia los judíos, cuando muchos de ellos paradójicamente abrazaban el marxismo. Hacia 1919 se prohibió en Rusia el estudio del hebreo y hasta la publicación de obras seculares en ese idioma, se cerraron las sinagogas y se disolvieron las comunidades judías. Cientos de miles de sionistas rusos fueron enviados a campos de concentración y nunca volvieron
Al mismo tiempo buena parte de la tradición de pensamiento marxista ha sido judía, es el caso de muchos de sus principales dirigentes (Kautsky, Trotsky, Rosa Luxemburg) Irónicamente, los mismos antisemitas de derecha no han vacilado en calificar muchas veces al marxismo y al comunismo como una turbia conspiración de judíos.
El judaísmo real, nómade, multidimensional, se escurre por entre los vericuetos de toda estrategia de codificación y de captura.
Pero quizás lo que más interesa en este contexto es la crítica del Estado de Marx. En realidad la cuestión judía es de lo que se sirve Marx para tratar la cuestión del derecho jurídico burgués. Su crítica fue sin miramientos: el Estado debía desaparecer y los derechos individuales que protegía eran ilusorios. Semejante crítica del Estado, ciertamente más reaccionaria en sus efectos prácticos que la teoría liberal, sólo puede explicarse por razones históricas: el nivel de desarrollo del Estado en tiempos de Marx, aún poco contemplativo en relación a la participación de la clase trabajadora.
Todo fantasma deja una herencia. La herencia de Marx todavía sigue pendiente. En la actualidad se trata de recogerla a través de una nueva crítica del Estado capitalista, de lo inédito en el capitalismo, aquello que de ninguna forma Marx pudo vislumbrar. Y también de una crítica del propio Marx. Y ciertamente hay una serie de pilares de la teoría marxista que han quedado o deben quedar atrás: la dialéctica teleológica de la lucha de clases, la forma que adopta su crítica del Estado y en parte la teoría del valor del trabajo. La tarea actual de recoger la llamada de Marx requiere de aplicar la crítica sobre ciertos elementos del Marxismo en relación a lo inédito en el capitalismo. Sólo de esa forma es posible hacer algo con aquél otro fantasma, el que invoca la transformación del mundo.

