Archivos para Agosto, 2008

MILENIO BALLARD

Publicado en Uncategorized el Agosto 31, 2008 por gabrielmuro

“La televisión es la verdadera patria de la clase media. Personas que en estos años se enfrentan a un mundo que no les gusta y que, por lo tanto, se rebelarán, cansados de sentirse explotados durante años y sujetos a esa pulsión que, empeñada en hacernos felices, nos obligará a explorar cada vez más adentro las tinieblas del corazón de nuestras zonas más oscuras. De ahí que no me parezca mal en absoluto el aumento de los niveles de pornografía y violencia en la televisión. Es más, padres e hijos deberían sentarse juntos a mirarla, todas las noches, antes de irse a dormir… Dentro de poco tiempo todos vivirán dentro de un estudio de tv. A eso es a lo que aspiran los hogares de nuestros días. A que todos acabemos protagonizando nuestras propias sit-coms. Y van a ser sit-coms de lo más extrañas. Serán como el interior de nuestras cabezas”.

SERGE DANEY: COMO TODAS LAS VIEJAS PAREJAS, EL CINE Y LA TELEVISIÓN HAN TERMINADO POR PARECERSE

Publicado en Uncategorized el Agosto 28, 2008 por gabrielmuro

La guerra de posiciones entre el séptimo arte y los extraños tragaluces, con sus citas frustradas y sus dedos de resentimiento, no ha terminado. La vieja pareja aún no ha dicho la última palabra. ¿Resurge el cine? Sí ¿pero en qué estado? ¿se puede decir todavía, sin reír, el cine, la televisión?  Hoy sabemos que la supervivencia del cine depende en gran medida de la televisión. Que el cine es a la vez la renta, la bailarina y el rehén de la televisión. Pero lo que no es tan sabido es que también estéticamente el cine ha perdido su noble autonomía. Y sin embargo, no es la TV la que ha ganado sino un híbrido: el telefilm. El telefilm y el drama televisado. EN Niza este año, en ocasión de un festival de cine italiano, un jurado rebelde ha llegado ha decir que nunca tuvo la sensación de estar juzgando películas, sino telefims. Signo de los tiempos.   

Pues hay una historia de nuestra percepción de las imágenes y de los sonido pre-grabados (lo audiovisual, palabra tecnocrática y desagradable). Nuestra percepción de lo cine-visible y de lo cine-audible, como habría dicho Dziga Vertov, ha pasado por el cine, sordo pero parlante, y luego por la televisión. Esta última comienza a ser trabajada por el video. La pareja televisión-cine atrae todavía la atención en esta “historia del ojo”.       

Flash back, años ‘50, los inicios de la televisión. La televisión no vino después del cine, no vino a reemplazarlo. Vino cuando el cine dejó de ser eterno. Cuando lo asaltó la sospecha de ser mortal y por lo tanto moderno. Ligado a la actualidad. Sin retirada. Para llegar a esto fue necesaria una guerra mundial (la segunda) y un continente (Europa… más Orson Welles que es un continente por sí solo).

Ser moderno no es conmover el lenguaje del cine (idea ingenua), es sentir que ya no se está solo. Sentir que otro medio, otra manera de manipular las imágenes y los sonidos, se desliza en los intersticios del cine. Al principio, el cine estuvo muy seguro de sí mismo (basta releer los textos de Gance o de Eisenstein), empezó por “tragarse” todo lo que lo había precedido: el teatro, la danza, la literatura, fueron filmados despiadadamente. Y luego, un día, uno, dos, tres cineastas sintieron que la cosa ya no era tan real, que el cine tenía menos apetito, que había aparecido un monstruo todavía más voraz.       

Hay pocas películas tan perturbadoras como Un Rey en Nueva York (1957). Chaplin se pone en escena como un rey destronado, que escapó de su reino (el cine, América) obligado a ganarse la vida actuando en una publicidad (para una marca de Whisky, su único parlamente en ¡ñum, ñum!) El mayor cineasta del mundo indica apenas, con amarga ironía, que acaba de desplazarse el centro de gravedad del cine. No es el único. Entre el fin de la guerra y la irrupción de las nuevas olas (es decir, en unos quince años), los cineastas más modernos han sido a menudo grandes teleastas avant la lettre. La televisión se hallaba en el extremo de su línea de fuga, su horizonte, su inconsciente.

¿Y esto, por qué? Hipótesis: tras la guerra, en Europa. Ya no es cuestión de que el cine sirva a las grandes causas y a los ideales bisoños, se acabó “un arte total” al servicio de la “guerra total”, ya no música que exalte, o danza que haga guardar el paso. Empieza la época de la “caméra-stylo“, el gusto de los microanálisis, de las cantidades anónimas, de la caída de estrellas y, por intermedio de las técnicas de lo directo, la era de la vigilancia. El cine se pone al acecho. Encontramos todo esto en Rossellini (el primer gran periodista-viajero: Alemania Año Cero), en Tati (el primer gran periodista deportivo: Jour de féte), en Welles (el primer gran maestro de ceremonias, tramposas de ser posible: Mr. Arkadin), en Bresson (el primer inventor de juegos deportivos sádicos: Pickpocket). E incluso en el viejo Rendir (el primero en rodar con varias cámaras, para la televisión: Le Testament du Docteur Cordelier). Y, por supuesto, en el viejo Lang-Mabuse, el primer jefe de dirección video-paranoico. Todos ellos, de cerca o de lejos, sabiéndolo o no, anticiparon lo que tendría que ser común en la televisión.

Pues la televisión, inmediatamente después, es eso: un monstruo tibio, que nos observa, y que nosotros, por nuestra parte, también observamos, pero ni más ni menos que un gato o un pez rojo.

Es muy cómico: la parte más en carne viva, la más “artista” del cine (del neorrealismo italiano a la Nouvelle Vague francesa) se encuentra en sincronía con un nuevo continente de imágenes en bruto, bárbaras, todavía mal desbastadas. En los años ‘50, la televisión (que aún no conoce bien sus poderes) y el cine (que comienza a reflexionar sobre los suyos, que se entrega a la introspección) se cruzan. Entre ellos no habrá recambio… salvo en los sueños obstinados de algunos visionarios como Rosselllini o Godard que -¡horror!- harán televisión: de La Prise du Puvoir par Luis XIV a France Tour Détour Deux Enfants.

Pues, a parti de los años ‘60, el triunfo de la televisión ya más conciente de su peso social y de su rol de encuadramiento, va a despojar al cine poco a poco de su modernidad. El cine va a comenzar su regresión: cinefilia, necrocinefilia, modas retro, gusto del kitsch, cine que celebra el cine como una nostalgia, cine a la antigua que se hace revivir en viejas salas – y muy pronto en la TV- como helados de yeso, acomodadoras momificadas, variedades de época. El cine reducido a su rito.  

Pasemos a la TV. Al comienzo, naturalmente, la edad de oro. Los que la hacen son buscavidas. Aventureros, amateurs, animadores. Al principio, la televisión es muy animada. Llega (demasiado pronto) el momento en que el poder central (gaullista entonces) cree ver en la televisión un regulador social formidable, unido a una escuela nocturna. Ésta reforzando a aquél.

Hombres del poder (personajes importantes, no necesariamente gaullistas) se precipitan por esta brecha. Hoy veteranos de la ORTF como Spade o Dumayet situan hacia 1964 ese giro decisivo. Este derrape, más bien. La televisión se volvió menos animada, perdió su frescura. Se había decidio en las alt6as esferas que debía tener, también ella, su especificidad, pero ésta nunca fue hallada y con razón. Había estado ahí, completa, desde un principio. Pero no la querían ver, daba un pooco de vergüenza.

Jerry Lewis dijo una vez (condesprecio no fingido) que la televisión era perfecta para las informaciones y los juegos, news and games. Es cierto que en los EE.UU., fue rara vez otra cosa. En Francia, al contrario, le fue confiada una importante función social. En primer lugar instruir, después, divertir. En primer lugar, el curso permanente de instrucción cívica, la historia de Francia remachada hasta el vómito, toda la literatura del siglo XIX “dramatizada”. Después: news and games.

Tan noble tarea, desdichadamente, no tenía en cuenta lo que había de nuevo en el medio televisivo. Su especificidad, si se quiere. Sus pseudópodos propios. La lista es larga. Dicho rápidamente y en desorden: el impacto y los azares de la toma en directo, el noticiero y el folletín, el deporte y la cámara lenta que permite ver mejor, los intervalos y la tanda, la señal de ajuste, los juegos a menudo débiles pero siempre complejos, el erotismo de las locutoras, el tratamiento diferente de una imagen en sí misma diferente, las incrustaciones y las sobreimpresiones de color, el circo y las risas grabadas, los debates cronometrados y el show de aquéllos que nos gobiernan, los efectos de feedback del video, etc. Todo un mundo. Todavía muy poco explorado (a pesar de precursores como Averty).

La televisión tenía dos futuros posibles El video-juego y la escuela nocturna. Un devenir-flipper y un devenir-teatro. Dos maneras de percibir la imagen, de fabricarla. En pocas palabras, dos estéticas. Por el momento va ganando la escuela nocturna. Es el tele-reciclaje. Se reciclan las otras artes (y el cine más que ninguna), y se recicla al tele-espectador, ese eterno gran debutante. Esta situación, notémoslo al pasar, es muy francesa. Muy francesa, esta oposición entre televisión fútil y responsable. En todo el resto de los lugares ha ocurrido de otra manera. En Japón, por ejemplo, se puede llamar a la Terminal para interrogar todo tipo de temas, incluido el tema “valores tradicionales japoneses”, en caso de sufrir una laguna… ¡Qué bárbaro, el Japón! En Francia, el tele-reciclaje ha aspirado siempre a la dignidad cultural. Heredó entonces el academicismo de un cine francés ya moribundo (la Qualité Française y la tradición repulsiva del intimismo psicológico “a la francesa”), e hizo de él, pobre, su modelo, su superyó. El bien llamado “drama televisado” ha simbolizado este deslizamiento y esta elección. Quedará como una de las vergüenzas del siglo. Aunque aún no haya lanzado sus gritos más pretenciosos. Esperemos la octogentésimo vigésimo séptima versión de Los Miserables, la versión Houssein-Ventura. Esperemos la TV socialista. Temamos.    

La televisión, por lo tanto, ha despreciado, minimizado, reprimido, su devenir-video, lo único por lo cual tenía una chance de heredar al cine moderno de la posguerra. A este cine al acecho. El gusto de la imagen descompuesta y recompuesta, la ruptura con el teatro, una percepción distinta del cuerpo humano y de su baño de imágenes y sonidos. Hay que esperar que el desarrollo del video-arte amenace a su vez a la TV, le haga sentir vergüenza de su timidez.

Por el momento, la televisión sobre todo ha conservado en probeta (protegida por un corporativismo de hierro) un sub-cine, y este sub-cine se ha vuelto dominante. Económicamente y estéticamente. Pues el divorcio institucional entre cine y TV fue tal que trajo como consecuencia paradojal la restauración del cine. Esto tuvo que ver con los circuitos y se produjo en el curso de los años ‘70. Pero, estéticamente, el cine restaurado es un golem. No es tanto el heredero del viejo cine, como el modo en que el telefilm (y el drama televisado) han colonizado al cine. Sí, pero ¿en qué estado? ¿Qué quedará de las verdaderas invenciones del cine?

1- El cine había llevado muy lejos la percepción de la distancia. Distancia entre los personajes, entre ellos y la cámara, entre la cámara y nosotros. Distancias imaginarias (ya que la pantalla es plana), pero no obstante muy precisas. Esta profundidad de campo era esencial para el Star System ya que permitía aislar e iluminar figuras (ídolos o monstruos). Cuando un cineasta jugaba con las distancias, no era poca cosa. El travelling sobre Naná moribunda en Rendir, o el inverosímil movimiento de la cámara que abre El Héroe Sacrílego de Mizoguchi, son jeroglíficos trazados en el espacio. Sólo que ese lazo lo conmovía todo.

2- Otra cosa. El cine había llevado muy lejos el arte del fuera de campo, del off. Muchos efectos de miedo, de éxtasis o de frustración derivaban de la filmación de ciertas cosas en lugar de otras que permanecían fuera de campo. La erotización de los bordes del cuadro, el cuadro considerado como zona erógena, todos los juegos de entrada y salida de campo, los desencuadres, la relación entre lo que se veía y lo que se imaginaba, esto es -diría yo- casi un arte en sí. Todo un cine.

¿Qué paso luego? Cuando la TV empezó a dar películas recortadas, sin bordes, películas en nemascope y en bicolor, este arte se volvió caduco.

Boorman dijo una vez (con desprecio no fingido) que alojaba toda la acción de sus películas en el centro de la imagen para que, en caso de pasar a la TV, no se perdiera nada. Así, no hace mucho, en uno de sus números musicales, It´s Always Fair Weather sufrió la amputación de un bailarín (sobre tres).    

El desprecio de la TV por el cuadro no tiene límites. En la televisión no hay fuera de campo. La imagen es demasiado pequeña. Es el reino del campo único. Las fragmentaciones permiten, por otra parte, respetar este campo único, fracturándolo. Perspectivas inusitadas.

3- Por fin, el montaje. O más bien, el découpage. El cine clásico descomponía un espacio-tiempo continuo y lo recomponía con la ayuda de raccords, como un rompecabezas. El arte y la técnica de los raccords (con todas sus leyes idiotas), todas las maneras de inventar raccords aberrantes (sobre todo los japoneses, sobre todo Ozu), la trasgresión del falso raccord, de todo esto vivió el cine durante largo tiempo.

¿Qué paso luego? La TV no recompone un rompecabezas, es ella misma un rompecabezas. El orden de las imágenes en la televisión no tiene que ver con el montaje, no con el dècoupage, sino con algo nuevo, algo que habría que llamar inserage. La TV se reserva siempre la posibilidad de cortar un flujo de imágenes, de insertar otros, en cualquier momento, sin preocuparse por el raccord.

No son más que ejemplos. No estoy diciendo que el travelling, el fuera de campo o el découpage sean mejores que el zoom, el campo único o el inserage. Sería estúpido. Las formas de nuestra percepción cambian, eso es todo. Y en este cambio, la pareja TV-cine atrae todavía, por el momento, toda la atención. Como todas las viejas parejas, han terminado por parecerse. Un poco demasiado, para mi gusto.

La televisión, todavía prisionera de su voluntad de “hacer cine”, no va quizás suficientemente lejos en su fuga hacia adelante. Hacia el video-juego. El cine, rehén, bailarina y renta de la TV, quizás no va lo suficientemente lejos en la exploración de su memoria. La más arcaica. Hay excepciones, claro. En 1982, se espera mucho de Passion y de Parsifal. Del estudio y del trucaje. Pues, asintóticamente, la vieja TV y el viejísimo cine, se juntan, muy lejos hacia atrás. El lugar de la cita se llama Meliès. Hay que pedir la luna.

18 de enero de 1982

ADVENIMIENTO Y PROPAGACIÓN DE LA INFORMÁTICA

Publicado en Uncategorized el Agosto 1, 2008 por gabrielmuro

En la vigilia, sueños y pesadillas del siglo XXI, la informática ocupa el trono de los saberes. Su emergencia histórica (emergencia como aparición y como amenaza) ha trastocado nuestros modos de vivir, de trabajar y de hablar. La informática no implica sólo una herramienta técnica sino un saber muy particular que cuenta con la propiedad de ser capaz de aplicarse al conjunto de la vida y del conocimiento. Posee una voluntad enciclopédica, contagiosa y universalizante. No hay zona de la existencia y de la sociedad que no haya sido, ni pueda ser, informatizada. El binarismo, en apariencia el más simple de los lenguajes numéricos, es capaz de representar las operaciones más complejas y crear los mundos más diversos.
El lenguaje informático hace referencia a una batería de conceptos propios de la tradición filosófica, particularmente la bergsoniana, como la Memoria, lo Virtual o la Actualización ¿Se trataría por tanto de una nueva tecnología Bergsoniana, como lo fue el cine según el análisis de Deleuze? ¿O por el contrario hay una brecha infranqueable entre esta forma de espiritualidad inmanente y el proyecto informático?
Una primera manera de desentrañar esta coincidencia conceptual es recobrando la explicación que Bergson daba acerca de qué es lo que nos da risa: cuando lo mecánico se vuelve humano o lo humano se vuelve mecánico. Por lo tanto, el Bergsonismo informático y el proyecto general de informatización de la vida no pueden dejar de producir una soberana risotada.

Hablemos de números

La informática es, por definición, el tratamiento automático de la información. La información puesta a circular atraviesa tres etapas: entrada, procesamiento y salida. El otro fundamento de la informática es el sistema binario. A su través todos los números se transforman en ceros y unos. Los modernos circuitos informáticos combinan estas dos propiedades. Son sistemas trasmisores de información basados en dos estados: el 0, cerrado y el 1, abierto, es decir que dejan o no dejan pasar la corriente de información. En verdad, la historia de la informática es muy vasta y sorprendente. Para intentar una aproximación no puede dejar de referirse la prehistoria del cálculo matemático.
En el año 3000 a.c. los Chinos crearon el ábaco, la primera calculadora, la cual permitía desarrollar las cuatro operaciones aritméticas básicas por medio de un sistema de bolillas atravesadas por alambres. El primer sistema binario fue desarrollado por un matemático hindú, Pingala, en el siglo tres a.c. También el I Ching contiene elementos del sistema binario. Para quien desee encontrar en la informática un neo misticismo, se sabe que sistemas de adivinación africanos han utilizado la lógica binaria. La llamada numeración arábiga fue la introductora, en la edad media, del poderoso cero. En realidad los árabes, hoy supuestos enemigos de la racionalidad occidental, fueron tan sólo los que difundieron el cero en Europa a través de Al-andaluz, ya que ellos lo tomaron de la numeración india, que unos siglos antes ya utilizaba el cero representado como un punto. Pero se cree que los indios, a su vez, tomaron el cero de los Chinos vía peregrinos budistas, que lo utilizaban desde hacía mucho antes.
Se trata de una extraña confluencia: los progresos matemáticos de diversas culturas a lo largo de la historia han sido necesarios para dar lugar a la informática, que a su vez se expande a todos los dominios y rincones del planeta, deleteando a su paso los restos de la historia e imponiendo por su propio peso formas altamente racionalizadas de organización. Se sabe que toda data borrada de una computadora no desaparece sin más, sino que va a parar a una memoria fantasma, virtual, el Registro. Lo mismo quizás ocurra con la alteridad cultural.
Un antecedente fundamental en este encuentro entre filosofía e informática fue a través de Leibniz, quien recopiló lo que se sabía hasta su época de los sistemas binarios y quien le dio un nuevo impulsó a través de su artículo: Explication de l’Arithmétique Binaire. No es casualidad que en filósofos matemáticos como Leibniz, Pascal o Bacon y en filósofos con un fuerte interés por la física como Bergson puedan encontrarse fuertes relaciones con la informática.
Algunos años antes que Leibniz, el científico y filósofo Blaise Pascal, con sólo 19 años, desarrolló una sofisticada máquina de sumar y restar para ayudar con sus cálculos a su padre, un recaudador de impuestos muy atareado. La máquina, capaz de realizar operaciones de hasta 8 dígitos, fue bautizada La Pascalina. El filósofo Pascal fue capaz de plantear algo tan radical para su época como que “el universo es una esfera infinita cuyo centro está en todas partes, y la circunferencia en ninguna.”, o bien que “la reina del mundo es la fuerza y no la opinión”.
La filosofía pascaliana sostiene que la conciencia de la finitud en el hombre, producto del pensamiento, es lo que lo distingue radicalmente de los animales. Para Pascal los hombres solo pueden gozar olvidándose de la muerte en la distracción. De ahí la famosa sentencia: “He descubierto que todo el malestar de los hombres deriva de una sola cosa: no saber permanecer en reposo en una habitación”.
Las matemáticas y la ciencia eran seguramente para él una maravillosa y sofisticada distracción para la que además tenía un gran talento, por ello “muy débil es la razón sino llega a comprender que hay muchas cosas que la sobrepasan”.
A pesar de todas las razones del corazón que la razón desconoce, el Pascal es hoy día uno de los lenguajes de programación más complejos y eficaces. Desarrollado por Niklauss Wirth, profesor suizo, quién creo el lenguaje en 1968 y se utiliza aún hoy.
La apuesta pascaliana ya no arriesga por la creencia en Dios, sino por la eficacia instrumental del mero cálculo. La apuesta, así, termina y empieza en sí misma.
Para Leibniz la lógica binaria estaba íntimamente ligada a un fundamento teológico, según el cual el 0 era la nada y el 1 la sustancia. Leibniz intuyó que el sistema decimal podía ser reemplazado por el binario, no sólo para lograr una mayor eficacia de cálculo sino también para representar lo lleno y lo vacío. Retomando la vieja pregunta leibnizniana, “¿por qué hay algo en lugar de nada?”, podría finalmente responderse, tentativamente y a la luz de las nuevas técnicas, que en realidad hay de las dos, algo y nada, pero sólo en la medida en que se relacionen mutuamente. No hay ni algo ni nada, sino una corriente eléctrica que pasa o no pasa por entre los opuestos.
Leibniz publicó sus investigaciones acerca de los sistemas binarios a sus treinta años. Pero ya antes, según lo cuenta en un fragmento autobiográfico, había concebido la idea fundamental que sustenta su descubrimiento: «Cuando no era todavía más que un muchacho y conocía los rudimentos de la lógica común, ignorante como era aún de las matemáticas, tuve no sé por qué instinto la idea de que podía inventar un análisis de los conceptos del que podrían surgir, mediante una cierta combinación, verdades que pudiesen ser consideradas como números». Hacia fines del siglo XVII Leibniz establece una relación epistolar con el padre jesuita Joachim Bouvet, por ese entonces misionero en China. Bouvet le hace conocer a Leibniz la relación entre su lógica binaria y los hexagramas chinos del I Ching. Leibniz queda fuertemente impresionado y escribe luego a Bouvet: “Esta característica secreta y consagrada permitirá introducir también entre los chinos la verdad de la filosofía y de la teoría natural. Este descubrimiento puede tener grandes consecuencias para todo el Imperio chino, si entre vosotros, o mejor dicho, en Europa, se le sabe sacar el debido partido». Leibniz no sólo se percató de la gigantesca influencia que el binarismo tendría en las matemáticas y en la técnica, sino que también intuyó el impacto político de estos descubrimientos.
De hecho Leibniz fue el creador de una novedosa máquina de calcular, la rueda escalonada, la cual podía efectuar las cuatro operaciones aritméticas básicas. Su novedad residía en que esta máquina calculaba mediante la repetición de sumas, es decir el mismo algoritmo en que se basa la informática actual. Sin embargo, aunque en teoría era acertada, los conocimientos técnicos de la época no pudieron desarrollarla. Hubo que esperar al siglo XIX para que tome forma, con la creación del aritmómetro de Charles Thomas, basado en los mismos principios teóricos que la rueda escalonada de Leibniz.
Más aún, Leibniz soñaba con crear una máquina de razonar, la cual pudiese realizar operaciones deductivas mediante el encadenamiento de proposiciones lógicas. En pleno nacimiento de la era mecánica, Leibniz ya vislumbraba la posibilidad de la inteligencia artificial.

La inteligencia mecánica

Fue durante el siglo XIX, época de fuerte expansión del capitalismo, cuando se registraron los mayores progresos en el desarrollo de las máquinas de cálculo. Es insoslayable la relación entre la cada vez mayor necesidad de realizar cálculos complejos y el desarrollo de las fuerzas productivas.
El fundamento de este desarrollo fue justamente el sistema binario. El paso fundamental lo dió el matemático inglés George Boole, quién elaboró el llamado álgebra booleana. Su aplicación se basa en la utilización del binarismo en circuitos eléctricos. Para implementarlo se utilizaron relés, el cual no es más que un interruptor, que se acciona mediante procedimientos electromagnéticos. El relé, como todo interruptor, tiene solo dos posiciones: abierto o cerrado. Por lo cual se adapta perfectamente al código binario. El relé abierto no permite el paso de corriente, es el 1 binario, y el relé cerrado sí lo pemite, es el 0 binario. El aritmómetro electromecá¬nico de Leonardo Torres Quevedo fue la primera calculadora basada en el álgebra booleana y en el sistema de relés.

Hacia 1822, Charles Babbage, matemático e ingeniero mecánico inglés, se propuso crear una máquina de cálculo automatizada y eficaz. En ese entonces en Inglaterra existía una profesión muy especial: personas conocidas como “computers” las cuales se dedicaban a calcular manualmente cantidades interminables de tablas numéricas utilizadas en todos los campos sociales, como el comercio, el ejército, la industria y la enseñanza. Babbage había comprobado que muchas veces estas tablas contenían importantes errores, debido a que estaban realzados por seres humanos, criaturas frágiles y capaces de errar, más aún durante extenuantes jornadas de trabajo.
Frente a este estado de cosas Babbage se aboca a la construcción de una máquina a la que llamó “Máquina Diferencial”, la cual calcularía las tablas automáticamente y sin posibilidad de error. Su proyecto fue financiado por el estado inglés, muy interesado en resolver el problema de agilizar y hacer más eficaces los sistemas de cálculo. Sin embargo la máquina era demasiado compleja y costosa según la tecnología mecánica de la época. Contaba con 25.000 piezas y un gigantesco motor a vapor. Los artesanos que trabajaron en el proyecto exigían cada vez más dinero debido a la exigencia de la obra y el proyecto terminó por extenderse demasiado en el tiempo, lo que provocó que el estado inglés retirase su ayuda y así quedó inconcluso. Sin embargo, en los planos, la máquina funcionaba. Fue comprobado por técnicos del London Science Museum, que entre 1989 y 1991 crearon una Máquina Diferencial basándose estrictamente en los planos de Babbage y con tecnología mecánica.
Pero Babbage no se desalentó y siguió adelante. Diseñó la sucesora de la Máquina Diferencia, la Máquina Analítica, la cual es considerada propiamente la primera computadora mecánica. Mientras que la máquina Diferencial solo era capaz de ejecutar un solo programa, el cálculo de tablas, que formaba parte del diseño físico de la máquina, la Máquina Analítica podía leer tanto el programa a ejecutar, que ahora era variable, como los datos necesarios que debía procesar el programa. Los datos eran introducidos mediante tarjetas perforadas. Se trata de la creación del lenguaje de programación.
En este mismo sentido intervino la madre de la programación, la hija del poeta Lord Byron, ‬Ada Byron, una brillante matemática. Ella le aportó a la Máquina Analítica las instrucciones necesarias para que funcione de acuerdo a una secuencia de números racionales. Curiosamente, la casa de Lord Byron era frecuentada por Mary Shelley, la creadora, en el papel, de Frankenstein, la otra cara del deseo fáustico de crear un hombre mecánico. Sin embargo, la Máquina Analítica tampoco pudo ser terminada debido al costoso y ampuloso trabajo que requería la tecnología mecánica: ejes, engranajes y poleas que no podían ofrecer la exactitud necesaria para realizar las complejas funciones de cálculo.
No todo fue en vano. En la década de 1980 el Departamento de Defensa de los Estados Unidos desarrolló un lenguaje de programación en honor a la condesa, al cual nombró ADA.
No es posible imaginar lo que hubiese sucedido si la Máquina Diferencial se hubiese llegado a construir y comercializar. El impacto tecnológico, social, económico y político sin duda hubiese sido de enormes proporciones. William Gibson, autor ciberpunk y creador del concepto de “La Matriz”, escribió, junto a Bruce Sterling, una novela llamada “The Diference Engine”, en donde exploran la posibilidad contra fáctica de una Inglaterra decimonónica en donde las computadoras mecánicas se hubiesen llegado a difundir con tanta velocidad como lo hicieron cien años más tarde las computadoras electrónicas. Cabe imaginar que los Luddistas de entonces hubiesen sido los Hackers de hoy.
El creador de las tarjetas perforadas fue el industrial textil e inventor francés, Joseph Marie Jacquard. En 1801 realizó un aporte esencial. Modificó la maquinaria textil existente agregándole un sistema de tarjetas metálicas perforadas, que permitían programar y automatizar las puntadas del tejido obteniendo una impresionante diferencia de texturas y figuras.
El propio Napoleón quedó muy impresionado con el invento y condecoró a Jacquard con la medalla de La Legión de Honor y un premio de 50 francos por cada Telar que fuese comercializado en el período de seis años.
El invento de Jacquard inspiró y posibilitó la proliferación de todo tipo de máquinas y juguetes a base de tarjetas metálicas, como las pianolas automáticas, una suerte de antecedente del sampler, música mecánica antes que electrónica.
En 1880 el gobierno de Estados Unidos realiza un censo a nivel nacional. Transcurrieron siete años hasta que toda la información estuviese procesada por la oficina de estadísticas. Se estimó que el próximo censo, a realizarse en 1890, requeriría de 10 a 12 años para obtener los resultados. Por ello el gobierno llamó a licitación para un sistema de procesamiento de datos que obtuviese resultados en forma más veloz.
Herman Hollerith, destacado ingeniero y empleado en ese entonces de la oficina de censos, presentó su propio sistema de procesamiento de información basado en las tarjetas perforadas de Jaquard.
La información de los censados era introducida en las tarjetas perforadas y su máquina clasificaba y procesaba la información de cada tarjeta brindado resultados globales. Los resultados finales del censo de 1890 fueron obtenidos en solo dos años y medio.
A raíz del éxito del emprendimiento, Hollerith funda en 1896 su propia empresa, la Tabulating Machine Company. Hollerith se jubiló en 1921 y en 1924 su empresa cambia de nombre por Internacional Business Machine Corporation, es decir IBM.
Hasta aquí es posible señalar que la emergencia de las modernas máquinas de calculo no se debió solo al progreso del conocimiento científico. Más bien estuvo completamente signada por las necesidades de una época, donde era imperativa la aceleración de ciertos procesos de cálculo, eliminar el margen de error humano, maximizar los niveles de producción industrial y procesar o producir con eficacia y gran velocidad la información necesaria acerca de las condiciones de vida poblacionales.
No fue otro que el abuelo del escritor William S. Burroughs el inventor de la primera calculadora capaz de imprimir los resultados. William Burroughs abuelo fue un ex empleado bancario e inventor que durante diez años trabajó por construir una sumadora o calculadora capaz de imprimir los resultados en lugar de sólo exhibirlos. Esta máquina, la Adding and Listing Machine, contaba con un teclado completo. Fue patentada en 1888. Desde entonces Burroughs se dedicó a su comercialización, intentando persuadir a empresarios y banqueros de la magnífica utilidad del nuevo invento. Lamentablemente Burroughs murió al año siguiente, en 1889, y no pudo atestiguar el principio del fenómeno altamente redituable de automatización de las oficinas. Sin embargo, la empresa que fundó, la Burroughs Adding Machine Company, terminó por convertirse en la mayor compañía de calculadoras de Estados Unidos. Luego la empresa empezó a fabricar y comercializar una amplia gama de productos, como máquinas de escribir, etiquetadotas y más tarde computadoras.
Una verdadera familia de creadores y visionarios. El nieto Burroughs fue quién pensó con la mayor lucidez las implicancias humanas de la empresa familiar. Burroughs pensaba que el lenguaje era un virus orgánico que se alojaba en nuestras mentes, el cual una vez instalado invadía al hombre y propagaba la enfermedad del entendimiento y como en Pascal, la conciencia de la muerte individual. El lenguaje parece aportarnos libertad y sin embargo no podemos pensar más que dentro los estrechos límites estructurales y gramaticales que lo constituyen. Gran parte de su obra, y de su vida, están atravesadas por esta guerra contra el lenguaje y la recuperación de lo Real, lo innombrable. De ahí que en su obra abunden las fusiones entre organismos vivos y máquinas, como la máquina de escribir-cucaracha de El Almuerzo Desnudo, o bien La Máquina Blanda. Lo menos que se puede señalar es que el lenguaje informático y sus procesos virales han encarnado las visionarias ideas de Burroughs.
El siglo XX del aunque intempestivo William Burroughs dará el salto decisivo hacia la puesta en marcha de los sistemas informáticos electrónicos, las computadoras.

¿Máquinas de guerra o guerra de máquinas?

Esta segunda parte de la historia de la informática es vasta y compleja. Me propongo recorrer sólo algunos de los sucesos clave.
Durante las tres primeras décadas del siglo se consiguen desarrollar varios modelos de computadoras analógicas a base de tubos de vacío. En los años treinta las dificultades que estas máquinas planteaban, como la baja fiabilidad, o lo costoso de su cambio de programación, impulsaron simultáneamente en distintos países del mundo el desarrollo de máquinas de cálculo digitales.
En 1937, el americano Claude Shannon publica un escrito fundacional de la cibernética que explica como producir circuitos electromecánicos capaces de realizar operaciones según el álgebra booleana, de corte binario y leibnizniano. En pleno nazismo, el alemán Honrad Zuse toma estas ideas y en ellas se basa para el desarrollo de sus calculadoras binarias electromecánicas, de las cuales tuvo que desarrollar tres modelos hasta alcanzar la primera computadora programable digital de la historia, la Z3. Esta computadora, desarrollada en la Alemania nazi en plena segunda guerra mundial, estaba basada en el sistema de relés (unos 2.000), era capaz de utilizar 22 bits y variaba los programas, leyéndolos desde los mismos films de 35mm que se utilizan para el cine. La Z3 original fue destruida en 1944 debido a un bombardeo en Berlín. Años antes, Zuse había pedido fondos estatales para construir una sucesora de la Z3 completamente electrónica. Su pedido fue denegado por considerarlo estratégicamente insignificante.
Paralelamente, en la universidad de Iowa, el físico de origen búlgaro John Vincent Atanasoff, con la ayuda del estudiante Clifford Berry, construyó su propia calculadora digital, la Atanasoff-Berry Computer (ABC). Para 1942 la ABC ya estaba en funcionamiento. Al igual que la Z3, almacenaba la información en forma binaria, trabajaba con 50 bits, y en lugar de relés utilizaba válvulas. Era menos versátil que la Z3 ya que para reprogramarla había que cambiar todo el sistema.
Atanasoff, luego de Pearl Harbor, abandona la ABC y se enlista en las filas de científicos que trabajaban para el aparato militar americano, que comprendió la necesidad de desarrollar dispositivos capaces de procesamientos veloces que pudiesen realizar cálculos de balística y descifrar los mensajes criptográficos de las comunicaciones nazis, particularmente la emisora Enigma. De ahí surgen las supercomputadoras Colossus en Inglaterra, y la ENAC americana. Se trataba de monstruos electromecánicos, de miles de válvulas, relés y 5 millones de puntos de soldadura hechos a mano.
También fue encomendado a IBM el desarrollo de una supercomputadora. IBM ya había fabricado armas a pedido del gobierno americano y ahora se trataba de su primera computadora. Fue diseñada por un experto de la universidad de Harvard y desarrollada por ingenieros de IBM, la Mark I.
En suma, las primeras computadoras fueron desarrolladas por necesidades táctico militares. Sólo los grandes estados de la época eran capaces de invertir en su diseño y construcción. Además eran unas máquinas colosales de varias toneladas que ocupaban pisos enteros. El próximo paso era conseguir bajar sus costes y su tamaño, simplificando y al mismo tiempo optimizando su funcionamiento. La informática es hija del militarismo y del capitalismo salvajemente tecnificado. Queda ver, como plantea Donna Haraway en el “Manifiesto Cyborg”, si el hijo es capaz de romper con el criptográfico mandato paterno de velar por los grandes secretos de estado y corporativos.
Así, finalizada la segunda guerra mundial e iniciándose un nuevo ciclo económico y una nueva era cultural, la fabricación de computadoras quedó en manos privadas. No fue otro que el ex nazi Honrad Zuse el primero en lograr comercializar su Z4, la primera de ellas vendida en 1951 a un instituto de investigación francés. Unas semanas después, la empresa de electrónica Ferrantti vendió su primera computadora, la Ferranti Mark I. Curiosamente en el grupo de ingenieros que fabrico esta computadora en la universidad de Manchester estaban Conway Berners-Lee y Mary Lee Woods, padres de Tim Berners-Lee, el creador de la World Wide Web en 1990.
A partir de este momento fueron varias las empresas lanzadas a la fabricación y comercialización de computadoras. Por supuesto IBM fue una de las más importantes. También la compañía radiofónica RCA, la cual dió con el primer caso de un error a causa de un malfuncionamiento al interior de computadora. Documentado por los desarrolladores de la máquina, que cuando detectaron un extraño error abrieron los gabinetes y encontraron una polilla. De ahí el uso del término “bug”, o insecto en inglés, para referirse a un error en el sistema. En esta nada inocente anécdota encontramos el problema abordado por Burroughs de lo orgánico como un error o incompatibilidad con la máquina. También cabe preguntarse si lo que Marx llamaba “cuerpo inorgánico del hombre” no sea tanto la naturaleza como la técnica, vuelta definitivamente un segundo y más primordial medio natural.
Sin embargo, el modelo que mayor éxito comercial alcanzó fue la UNIVAC 1, la versión comercial de la ENIAC desarrollada por el aparato militar americano y erróneamente considerada la primera computadora de la historia (en verdad fue la Z3 alemana). Fue la empresa Remington Rand, fabricante de la famosa máquina de escribir Remington, la comercializadora de UNIVAC 1. La primera vendida fue, una vez más, a la oficina de censos del estado americano. Entre 1951 y 1954 Remington Rand fabricó 20 computadoras y las vendió a diferentes organismos estatales americanos, así como a grandes empresas privadas, como General Electric y Metropolitan Life, las primeras privilegiadas en informatizar sus empresas y contar con poderosos sistemas de cálculo.
De aquí en más el desarrollo de las computadoras avanzó a pasos agigantados, por un lado gracias a la demanda por parte de empresas privadas o los avances técnicos que economizarían y miniaturizarían los dispositivos. Los microchips se convertirán en moléculas, y los dispositivos se harán ligeros y móviles.
Gracias a la guerra fría el departamento de defensa americano crea la ARPA (Advanced Research Projects Agency), Diez años después de su creación, en 1968, ARPA crea ARPANET (Advanced Research Projects Agency Network), el antecedente de Internet, la cual fue creada como medio informático de comunicación interna entre los distintos organismo estatales.

Bajo control

El arte de gobernar griego, desarrollado por Platón en La República, consistía en todo un trabajo ético del sujeto sobre sí, siendo imprescindible que el gobernante llegase a ser capaz de gobernarse a sí mismo, gobernar a su familia, y sólo luego sería capaz de gobernar a otros hombres. El nombre que Platón utilizó fue el de kybernetes o “arte de pilotear un navío”.
Durante la segunda guerra mundial, una vez más, Norbert Wiener trabajó para las fuerzas armadas americanas en la investigación y desarrollo de sistemas automatizados de dirección de la artillería antiaérea mediante la utilización de radar. El sistema operaba mediante correcciones entre trayectorias planeadas y reales de los aviones bombarderos. Su experiencia militar lo llevó a desarrollar el concepto fundamental de retroalimentación, y poco más tarde a realizar el mayor intento, después de Hegel, de realizar una teoría totalizadora: la cibernética, teoría claramente política, pero diametralmente diferente a la kybernetes griega.
La cibernética estudia los flujos de información que circulan a través de un sistema y la manera en que el sistema utiliza esta información para controlarse a sí mismo. Es una ciencia multidisciplinaria, capaz de aplicar este esquema información-sistema-control al conocimiento tanto de seres vivos como de máquinas, al cerebro humano o a una computadora, a un reptil o a una sociedad humana. El timón se convierte en radar, el control reemplaza a la virtud. La política y la comunicación se convierten en problemas de orden, se trata de la eficacia técnica del dar una orden más que del gobierno en relación al logos.
Dice Wiener: “Hemos modificado tan radicalmente nuestro entorno que ahora debemos modificarnos a nosotros mismos para poder existir dentro de él”.
El ser humano es naturaleza y cultura, es decir un ser artificial. La pretensión metafísica es reducir la cultura a la tecnología. La frontera entre naturaleza y cultura se vuelve tenue, móvil. La utopía es dar con un cuerpo-red, la Nueva Carne, un cuerpo poblado de biochips que potencien las capacidades lógicas del… ¿individuo?, y lo conecten a la red biocorporal global. Ya lo estamos viendo, ya nos están preparando, las mega ciudades en las que vivimos han comenzado a virtualizarse.
Las ciencias de la comunicación, familiares de la cibernética, traducen el mundo humano a un mundo de códigos. Lo mismo ocurre con la genética y la biología contemporánea, donde lo orgánico es reducido a códigos que es necesario leer y descifrar correctamente para tomar decisiones. Es el problema criptográfico de la segunda guerra mundial ampliado a todos los campos de experiencia y a todos los “signos vitales”.
Dice Halloway: “Desde una perspectiva, un mundo de cyborgs es la última imposición de un sistema de control en el planeta, la última de las abstracciones inherentes a un apocalipsis de Guerra de Galaxias emprendida en nombre de la defensa nacional, la apropiación final de los cuerpos de las mujeres en una masculinista orgía de guerra (Sofía, 1984). Desde otra perspectiva, un mundo así podría tratar de realidades sociales y corporales vividas en las que la gente no tiene miedo de su parentesco con animales y máquinas ni de identidades permanentemente parciales ni de puntos de vista contradictorios. La lucha política consiste en ver desde las dos perspectivas a la vez, ya que cada una de ellas revela al mismo tiempo tanto las dominaciones como las posibilidades inimaginables desde otro lugar estratégico. La visión única produce peores ilusiones que la doble o que monstruos de muchas cabezas. Las unidades ciborgánicas son monstruosas e ilegítimas. En nuestras presentes circunstancias políticas, difícilmente podríamos esperar mitos más poderosos de resistencia y de reacoplamiento.”.

La Risa

Aceleración de los flujos de información, de los sistemas de control y de la capacidad de cálculo, aumento indiscriminado de la Memoria y del almacenamiento de datos. Los dos pilares del proyecto cibernético clásico.
Nada más distante de la memoria y del tiempo bergsonianos. Allí la memoria no es una base de datos sino un órgano vivo, subordinado a la necesidad del actuar pero al mismo tiempo capaz de albergar en lo Virtual infinidad de recuerdos. La Memoria es el hogar del espíritu, pero a los fines de la acción es tan importante como el olvido. En los ardores tecnocráticos, los puros números binarios, con su increíble capacidad creativa y destructiva, más que desterrarlo, llegan a confundirse con el puro espíritu.
La percepción Bergsoniana es lo material. La percepción pura está en las cosas, sólo hay una diferencia de grado y no de naturaleza en relación a los objetos. La percepción pura se prolonga en intuición. En cambio, la Memoria pura, no están en las cosas, ni en el cerebro, sino en el tiempo. A los fines necesarios e imprescindibles de la acción humana, toda percepción tiende a la prolongación en recuerdos y luego en acciones. Hay una función motora que liga memoria y acción, pero este es sólo un uso, importante pero no único, de la memoria humana. La percepción conciente no es contemplación sino que siempre está ligada a la acción. Y las cosas también perciben, sólo que esa percepción no se refleja en ninguna conciencia. . El cerebro subordinado a la acción suspende la memoria, seleccionando el recuerdo útil, en lugar de almacenar siempre toda data y de llenar todo de información, como sucede en nuestros tiempos que sólo actualizan el presente.
Si el sujeto se encuentra inactivo, si no tiene intereses inmediatos en una acción presente, entonces memoria y pensamiento se liberan y se hace posible acceder a estratos más profundos de la conciencia. Cuando se cortan las amarras de la acción y el espíritu ya no se propone “ver para actuar sino ver para ver”, es realmente cuando el espíritu y el pensamiento afloran. La inteligencia artificial es y será incapaz de cortar estas amarras funcionales por su intrínseca tendencia a la calculabilidad.
Sin embargo, cortar del todo estas amarras es peligroso, desesperante, rayano en la locura, como analizó Deleuze en la Imagen-Tiempo, ya que corremos el riesgo de quedar desvinculados del mundo y de ser incapaces de actuar sobre él, o peor aún, de creer en él, dejando así la puerta abierta para que la tecnocracia totalizante se encargue sola del mundo y de los hombres. Al mismo tiempo, la tecnocracia informática es también responsable de producir esa desvinculación del mundo, debido a que llena el espacio-tiempo de todo tipo de flujos de información codificable, cualquiera sea su contenido, impidiendo el recuerdo libre y el olvido.
Sólo cabe rehacer el vínculo entre acción y pensamiento, la Praxis como lo irreductiblemente humano. Otra forma de llamarla es la Duración, en el sentido Bergsoniano, como flujo de la experiencia vital en donde percepción y memoria, acción y pensamiento, están estrechamente ligados a través de la inmanencia del tiempo profundo.
Para Bergson nos causa risa una percepción de un efecto de “automatismo y rigidez”, el cuerpo humano provoca risa cuando se objetiva, cuando adquiere una rigidez mecánica y automática. En el teatro cómico Bergson identifica estos elementos en la repetición de acciones y en la inversión de roles.
Devenir-cyborg, sí, siempre y cuando la técnica sirva para la creación de nuevos territorios existenciales y corporales, de otra manera sólo se tratará de la comedia de la maquinación alienante. Que las máquinas, antes que hacernos reír, nos hagan capaces de reír mejor.
Sin embargo, Bergson no menciona que estos mismos elementos dramático maquinales están presentes en la tragedia, y sin embargo no causan ninguna gracia, sino temor y conmiseración.