
La exposición de Duchamp en la “hypeada” casa Proa, con su típico estilo museo de arte moderno, bien funcional, bien acondicionado, bien diseñado, bien aséptico, supone una interesante posibilidad de volver a la obra y pensamiento del padre de las vanguardias. Pero Duchamp termina acorralado en el marco de una plataforma de marketing del renovado museo, bancado por el gigante Techint. Museo que se ubica frente al pestilente riachuelo, al lado de caminito, donde miles de turistas son llevados a visitar los orígenes de la marginalidad porteña. Doble museificación de lo marginal: el conventillo ya era un ready made.
El edificio conserva, aparentemente, identidad propia. Se presenta bajo la conservada fachada de un viejo edificio de principio de siglo. Sin embargo, apenas entramos al lugar nos encontramos con un espacio despojado y estandarizado, un estilo que respeta la homogeneidad total del espacio museril “internacional”, con sus salones funcionales, sus ventanales, su librería de catálogos y su cafetería exclusiva. La fachada inicial enseguida se desvanece, el truco rápidamente se descubre.
Nada más alejado del terrorismo duchampiano, que soñó con un arte sin museos, o bien museos como extrañas obras de arte, siempre mutantes y desconcertantes. Nada brinda mayor seguridad, mayor sensación de cómoda expectación, que un museo de esta especie. Los museos modernos e “internacionales” son el lugar menos propicio para toparse con el caos y con la sensación innombrable. Abundan las guías, los planos, el ordenamiento temático y cronológico, la cafetería siempre impecable, y las micro cámaras de seguridad, en donde se encuentra el verdadero meta-espectador. Son espacios de poder que normalizan, explican y catalogan.
El museo-mercancía no se compromete ni se mimetiza con lo que expone, es “branding” frío y elegante. La primera regla de estos lugares (o bien no-lugares, ¿quien distingue al Guggenheim de Bilbao del de New York?) es hacerse invisibles, no perturbar ni al espectador ni a la obra, el precio de la entrada bien lo vale, los baños están impecables, hay un nombre-marca al que es fundamental lustrar y cuidar.
Duchamp, de esta forma, se vuelve él mismo “ya-hecho”. ¿Será el objetivo último del artista? ¿O acaso se trata de una nueva estocada contra la lucha del arte frente a su total museificación? He aquí, nuevamente, la encrucijada: la llama de Duchamp sólo puede continuar viva en una fuga permanente, en una revolución inventiva interminable, continua, que escape a la brusca territorialización del museo. Es una fuga que pronto ha caído en la fatiga y en la nadería conceptual. Baste reconocer que Pierre Bourdieu ha sido uno de los últimos Duchampianos.
La infaltable guía de la exposición nos habla de la lucha de Duchamp contra la museificación y su permanente obsesión por desmontar los mecanismos que entran en juego en la relación artista-obra-espectador. El mingitorio-fuente generó hace ya casi 100 años todo tipo de polémicas. Hoy se ha realizado totalmente como pieza de museo, Duchamp vuelve como profecía autocumplida: el arte no cuenta, lo que cuentan son los museos.
Las obras van y vienen, los museos quedan. Eso sí, se remodelan.
