Archivos para Febrero, 2009

Lamborghini y Walsh, el verbo hecho carne

Publicado en Uncategorized el Febrero 22, 2009 por gabrielmuro

La irrupción de la literatura de Rodolfo Walsh ha marcado los principios de un periodismo testimonial comprometido con las luchas sociales. Su figura es paradigmática del intelectual crítico que hace de la escritura un arma de batalla y de denuncia.

Antes que Truman Capote y su “A sangre fría”, Walsh realiza “Operación Masacre”.  Allí inaugura un nuevo tipo de novela que utiliza el idioma de la crónica periodística para retratar los fusilamientos de José León Suárez. Walsh no tiene tiempo ni intención de jugar con la prosa, lo suyo es la urgencia, es la necesidad de denunciar y de sacar a luz lo que el poder quiere mantener en la sombra. Su escritura debe ser casi inmediata, comprensible para cualquier lector de diarios o de gacetilla sindical.  

Lo que diferencia a Walsh de Capote es la forma de la denuncia. “A sangre fría” también es una obra “comprometida” con la crítica del sistema de vida americano. Sus protagonistas son marginales sin rumbo que asesinan a una familia ejemplar. Son la podredumbre que se gesta debajo de los padres afectuosos y las princesas de los bailes de graduación. Sin embargo su fría y medida narrativa nos deja un lugar para lo ambiguo, para la duda, más allá o más acá del maniqueísmo. Walsh en cambio quiere dejar en claro su posición, siembra héroes y terribles enemigos del pueblo. La prensa en Walsh se convierte en fúsil.   

 ”¿Quién mató a Rosendo?” es un libro en donde la investigación periodística se mezcla con la lucha política hasta confundirse. El asesinato llevado a cabo por el sindicalista Augusto Vandor y su patota, será el principio para denunciar la corrupción del gremialismo vandorista, al cual Walsh juzga como el gran enemigo de la resistencia y de la revolución proletaria en la Argentina. Walsh reconstruye meticulosamente los hechos y descubre que la propia mano de Vandor apretó el gatillo contra su colaborador Rosendo García en medio de un extraño y repentino tiroteo en una pizzería de Avellaneda. En una mesa están los trabajadores de la resistencia junto con su mentor, el viejo Blajaquis, que les ha enseñado a los trabajadores como la lucha de clases hace avanzar a la historia y los hace tomar conciencia de la causa revolucionaria. En la otra mesa están Vandor y sus colaboradores, los corruptos, los oportunistas, los envilecidos y cobardes que no dejan de traicionar a su clase. El bien y el mal se tirotean entre moscactos, whiskys y muzzarela. El lector se estremece frente a la infinita corrupción moral de los asesinos, se indigna y en algunos casos toma las armas.     

El mismo Walsh reflexiona sobre el ser de la novela en una entrevista realizada por Ricardo Piglia: “Habría que ver hasta qué punto el cuento, la ficción y la novela no son de por sí el arte literario correspondiente a una determinada clase social en un determinado período de desarrollo, y en ese sentido y solamente en ese sentido es probable que el arte de ficción esté alcanzando su esplendoroso final, esplendoroso como todos los finales, en el sentido probable de que un nuevo tipo de sociedad y nuevas formas de producción exijan un nuevo tipo de arte más documental, mucho más atenido a lo que es mostrable. Eso me preguntaron, me hicieron la pregunta cuando apareció el libro de Rosendo. Un periodista me preguntó por qué no había hecho una novela con eso, que era un tema formidable para una novela. Lo que evidentemente escondía la noción de que una novela con ese tema es mejor o es una categoría superior a la de una denuncia con ese tema. Yo creo que esa concepción es una concepción típicamente burguesa, de la burguesía y ¿por qué? Porque evidentemente la denuncia traducida al arte de la novela se vuelve inofensiva, no molesta para nada, es decir, se sacraliza como arte. Ahora, en el caso mío personal, es evidente que yo me he formado o me he criado dentro de esa concepción burguesa de las categorías artísticas y me resulta difícil convencerme de que la novela no es en el fondo una forma artística superior; de ahí que viva ambicionando tener el tiempo para escribir una novela a la que indudablemente parto del presupuesto de que hay que dedicarle más tiempo, más atención y más cuidado que a la denuncia periodística que vos escribís al correr de la máquina. Creo que es poderosa, lógicamente muy poderosa, pero al mismo tiempo creo que gente más joven que se forma en sociedades distintas, en sociedades no capitalistas o en sociedades que están en proceso de revolución, gente más joven va a aceptar con más facilidad la idea de que el testimonio y la denuncia son categorías artísticas por lo menos equivalentes y merecedoras de los mismos trabajos y esfuerzos que se le dedican a la ficción”.

En este fragmento quedan delineadas algunas de las ideas fundamentales de Walsh acerca de la poética: La novela como forma literaria típicamente burguesa, la superación de esta forma novelística y la denuncia, el testimonio y la presentación de los hechos como los pilares de una narrativa revolucionaria o por lo menos anti-burguesa. Y en este punto es donde podría localizarse un encuentro entre la literatura de Osavaldo Lamborghini y la de Walsh. También el autor de “El Fiord” esta preocupado por superar o por lo menos escribir desde otro lugar que no sea ya el de la representación orgánica de la novela burguesa. Los dos la ven falsa y caduca.

Frente a los cánones de la representación literaria Walsh comenta: “Yo prefiero simple presentación de los hechos. Eso quiere decir que la novela es lo difícil de decir, lo que se resiste a ser dicho. Lo que me compromete más a fondo. Otra variante que he pensado es que la novela es la última forma de arte burgués y por eso ya no me satisface.”

No podemos decir que esta forma narrativa haya superado a la novela convencional. Su potencia revolucionaria, en cambio, se ha institucionalizado y cualquier periodista de hoy en día utiliza estos recursos. Como el marxismo con Stalin o el dadaísmo y el mundo publicitario o tantos procesos rupturistas, lo que en principio era novedad y revuelta luego es disecado y neutralizado como mero formalismo discursivo. Al respecto David Viñas escribió: “si Walsh, con los rasgos artesanales de su producción, representa una suerte de cristianismo primitivo dentro de este linaje periodístico, ¿Verbistky, acaso, representa la institucionalización correspondiente al catolicismo?”.

Es decir que su literatura pierde la carga proletario-revolucionaria y se convierte en el pañuelo del pequeño burgués indignado.  

Osvaldo Lamborghini desarrollará un arsenal literario muy diferente. Su “línea de fuga” estará dada menos por la denuncia que por la exacerbación de las imágenes grotescas y sangrientas. Utiliza a fondo la ironía y un humor descabellado para adentrarse también en el mundo de las luchas políticas y las luchas de clase. Lamborghini hace estallar al lenguaje en mil pedazos, forma y contenido se confunden pero de una forma muy diferente a la de la literatura de Walsh. Serán las terribles violaciones del niño proletario o la de los personajes de “El Fiord” la manera en que la injusticia social y la humillación se harán verbo y también carne.

“El Fiord” esta armado según una serie de referencias muy difusas y cambiantes a un afuera del espacio del texto. Todo el relato se desarrolla o se despliega en un navío en donde la figura paternalista y sádica del Loco Rodríguez viola y castiga sucesivamente a un grupo de personajes que se encuentran en un estado donde se mezclan el dolor, el encierro y el goce. Todos estos estados se confunden hasta alterar las identidades de los personajes. Uno representa a la CGT, otro a Vandor y también hay un representante de las bases del movimiento. Todo se desarrolla en un adentro implacable y claustrofóbico, un espacio de encierro donde casi no entra siquiera un haz de luz. Tanto es así que los personajes hasta terminan por devorarse. Su ambiente podría compararse al experimentado por Sartre en “a puerta cerrada” donde el infierno es una minúscula habitación donde sus habitantes deben permanecer toda la eternidad. También se podría pensar en el Marques de Sade y sus espacios cerrados de experimentación erótico disciplinarias tal cual lo vemos también en el film “Saló o Los 120 días de Sodoma” de Pasolini. Todo estos casos de encierro constituyen a su vez un afuera insondable, un afuera que problematiza y desespera el encierro. Es el fascismo en Pasolini, los Otros en Sartre y los conflictos del movimiento peronista y de la Argentina en “El Fiord”.    

Al mismo tiempo o en un mismo movimiento, Lamborghini lleva el espacio representacional a su extremo, a su límite, no solo por las imágenes grotescas que suscita sino porque la propia forma escritural se vuelve confusa o inorgánica donde lo verosímil y la “legibilidad” se ponen en cuestión permanentemente. De esta forma Lamborghini rompe con la representación, la evidencia, la muestra desnuda y descuartizada en lugar de intentar alcanzar esa presentación de los hechos como en Walsh. No es el grado cero de la escritura, es una graduación elevada a la enésima potencia.

En “El Fiord” encontramos una clara alegoría acerca de la relación entre los sindicalistas y el gobierno y particularmente entre Vandor y Perón. A Lamborghini también le preocupa la “escena” política y sus “actores” concretos, pero no para denunciarlos sino para hacerlos entrar en una vorágine de un orden distinto al de los hechos en sí.

Como plantea Cesar Aira, Lamborghini inventa una nueva forma de alegoría. Ya no se trata de una forma vertical donde lo alegorizado y la alegoría se encuentran orgánicamente conectados y relacionados por las leyes de la representación, la semejanza o la identidad. Por el contrario aquí se produce una alegoría horizontal donde las formas de la alegoría mutan a lo largo del mismo texto. Los personajes cambian de nombre, el tiempo y el espacio se deforman y el encierro constituye no ya un universo ordenado sino un caos representacional. El sentido como reemplazo de un término por otro se desarrolla aquí como un tren descarriado que muta en el infinito. Esto quiere decir que no hay un sentido último para resolver esta alegoría sino que se multiplican y se fragmentan.   

Aira comenta que “El Fiord” contiene una lógica monádica a la manera de Leibniz ya que en el se encuentra “plegada” toda la obra de Lamborghini y todos sus “temas” o como le gusta decir a Aira, su “procedimiento”. Además los textos de Lamborgini tienen una característica muy particular que es su mixtura entre el verso y la prosa, un mezclar lo estrictamente narrativo con imágenes poéticas o juegos de palabras que constituyen una dinámica que los distingue. En este sentido Cesar Aira también comenta: “Hay una arqueología poética en la prosa, y viceversa; una doble inversión, cuya huella es aquello en lo que muchos han visto lo más característico del estilo de Osvaldo: la puntuación. Por otro lado, él mismo lo ha dicho: «En tanto poeta, ¡zás! novelista»”. En Lamborghini se conjugan la prosa y el verso y dan una mezcla entre lo fijo y lo variable, entre lo intenso y la extensión, en un “entre” en donde se despliegan todas las potencias de una literatura mas allá de la representación, una literatura de la diferencia y que recuerdan el “caosmos” deleuziano. 

Con Walsh siempre sabemos que esperar. Siempre se tratará de los nobles y virtuosos contra los despreciables traidores del pueblo. En este sentido también podemos volver al comentario de Viñas y ver en el discurso de Walsh una pastoral y un discurso moralista que en realidad no sería tanto el del profeta como el de la iglesia. En cambio Lamborghini desafía al lector, siempre se transforma, sabe que detrás de los disfraces y las máscaras no hay nada más que mascaras y disfraces.

Lamborghini entiende que a la novela burguesa o a la narrativa burguesa no se la supera a través del testimonio ni de la investigación balística o forense. Él cava mucho mas hondo y asocia novela burguesa con el mismo orden de la representación. Y ésta no es una diferencia para nada menor entre los procedimientos literarios de Walsh y de Lamborghini. El último se propone destruir el universo representacional desde una representación extasiada y llevada al límite, pretende desconcertar y constreñir la sensibilidad del lector.

Creo que puede verse en Lamborghini las formas de la representación orgiástica (casi literalmente) que Deleuze analizaba como propia de los universos alcanzados por Hegel y por Leibniz. Se trata de la aparición del infinito como lo esencial del movimiento del mundo. Leibniz encuentra en la monada lo infinitamente pequeño y Hegel encuentra en la dialéctica y las oposiciones lo infinitamente grande. En Hegel se trata del procedimiento de la contradicción y en Leibniz de la vice-dicción, de la fuerza de lo divergente más que de la conjugación de lo contradictorio. En este sentido la amistad entre César Aira y Osvaldo Lamborghini también filosóficamente se revela fructífera. Aira ha declarado reiteradas veces su interés por la filosofía de Leibniz y que su utilización del continuo la toma del filósofo alemán. A su vez Lamborghini también ha demostrado un gran interés por Hegel como por sus “hijas”. Para Deleuze estas formas de la representación se proponen adueñarse de la diferencia y del movimiento vital infinitamente “transformista” para reducirlo a la forma de lo Mismo y de lo Idéntico, acaso la gran ambición de la representación. Y si efectivamente hay un “mundo” clásico de la representación como plantea Foucault en “Las Palabras y las Cosas” este no puede escindirse del mundo burgués que aflora en el siglo XVII y de todos sus juegos de poder y de verdad. Hegel reducía la diferencia a la negación y ésta se convertía en la salvaguarda de todo el mundo representacional, que en la episteme clásica se concentraba en la vida, el trabajo y el lenguaje. Lamborghini en este sentido es más leibnizniano y tiene más en común con Cesar Aira que con Hegel ya que no opera a través de grandes contradicciones sino de vice-dicciones. No hay síntesis posible para el niño proletario. Además su escritura es profundamente “transformista” mas por la fuerza del par pliegue-despliegue que por el espiral ascendente de la fenomenología. En este punto es donde puede hallarse un barroco Lamborghiniano, siguiendo a Deleuze en su definición del barroco como la operatoria del pliegue, quien también planteaba que mientras Hegel llevaba la representación a su apogeo orgiástico, Leibniz abría el camino para su fin y para la aparición de formas de percepción verdaderamente diferentes gracias al mecanismo fundamental de la vice-dicción.

De todas formas, lo importante es la lucha de Lamborghini por alcanzar formas literarias que excedan y “enfermen” el orden de la representación, pero partiendo de las reglas de esta misma imagen de pensamiento para invertirlas. Solo de esta forma es posible superar la novela burguesa.

Walsh en cambio no solo no supera a la novela burguesa sino que la salva y la conserva. Su “presentación” de los hechos casi no se diferencia de la representación clásica.

El Diablo te canta la postalina

Publicado en Uncategorized el Febrero 21, 2009 por gabrielmuro

A la orden del día,  el diccionario del diablo, de Ambrose Bierce.

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El Confiteor del Artista

Publicado en Uncategorized el Febrero 21, 2009 por gabrielmuro

De Spleen de París
Por CHARLES BAUDELAIRE

friedrich 

    ¡Qué penetrante es el final de los días de otoño! ¡Ah, penetrante hasta el dolor! Pues hay ciertas sensaciones deliciosas, cuya vaguedad no excluye la intensidad; y no hay punta más acerada que la del Infinito.

    ¡Gran delicia la de ahogar la mirada en la inmensidad del cielo y del mar! La soledad, el silencio, la incomparable castidad del azul, la pequeña vela que se estremece en el horizonte, y que por su pequeñez y su aislamiento imita mi irremediable existencia, la melodía monótona del oleaje; todas esas cosas piensan por mí, o yo pienso por ellas (¡pues en la grandeza de la meditación, el yo se pierde rápido!); esas cosas piensan, digo, pero musical y pintorescamente, sin argucias, sin silogismos, sin deducciones.

    No obstante, esas ideas, ya salgan de mí o broten de las cosas, se toman bien pronto demasiado intensas. La energía dentro dé la voluptuosidad crea un malestar y un sufrimiento positivos. Mis nervios demasiado tensos sólo producen ya vibraciones dolorosas y chillonas.

    Y ahora, la profundidad del cielo me consterna; me exaspera su limpidez. Me sublevan la insensibilidad del mar, la inmutabilidad del espectáculo …

    ¿Habrá que sufrir eternamente, o eternamente huir de lo bello? ¡Déjame, Naturaleza, hechicera sin piedad; rival siempre victoriosa! ¡Cesa de tentarme, en mis deseos y en mi orgullo! El estudio de la belleza es un duelo en el que el artista grita de espanto antes de ser vencido.

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Internet y gratuidad

Publicado en Uncategorized el Febrero 17, 2009 por gabrielmuro

Internet es la más avanzada elaboración de la inteligencia colectiva. Asombrosa por su capacidad de almacenamiento, por su velocidad y por su infinitud. La red es también el escenario del mayor despliegue de patetismo humano que jamás haya dado la humanidad. Las relaciones humanas, ya de por sí sofocadas por la lógica totalitaria del consumo, se ven aún más dañadas por la lógica del anonimato y de la gratificación instantánea. La gran coincidencia entre pornografía e Internet posee muchas connotaciones. El proceso de descorporalización y deserotización de las relaciones humanas se refleja tanto en la gratificación masturbatoria del sexo virtual, como también en la descarga discursiva de mil millones de anónimos a través de mil millones de blogs.  No hay que confundirse: la aparente gratuidad de Internet se paga con un alto precio, el del aislamiento total de los individuos cobijados por una burbuja fantasmática donde nada de lo que hacen ni de lo que dicen conlleva compromiso ni responsabilidad, peor aún, ni siquiera incertidumbre. La experiencia compleja del otro, con todo su dolor e incomodidad, se ve borrada, deleteada por la pretendida democracia del anonimato. Una oleada de rostridad, sin embargo, inunda las páginas de las redes sociales. Son rostros que se exponen como en un catálogo infinito de ventas, sin rastro de espontaneidad, de emoción expresiva no premeditada, sin nada que los saque de sí mismos, sin fuera de campo.    

Internet es una herramienta antiexistencialista y se ha vuelto un arma de disuasión política (nunca olvidemos la genealogía militar de la red). Así como la naturaleza se venga por verse sometida a una superexplotación total, también lo hace el cuerpo olvidado de los hombres mediante la irrupción de un indecible malestar psicosomático. Así mismo, la alteridad sofocada vuelve bajo la forma de una hostilidad que no deja de impedir la autoafirmación y estimula la hipercompetencia.

La gratuidad de Intenet en un mundo donde absolutamente todo es materia transable no puede sino generar sospechas. Internet no es una amenaza a las identidades, es la enfermedad de la hiperidentidad vaciada, la hipertrofia de un yoismo autoinmune que se marchita en un hermetismo descartable. 

El hackeo de hoy, para el que al mismo tiempo tan bien se presta la red, sólo puede tomar la forma de la seducción baudrillardiana, aquélla que nada tiene que ver con la web cam erotizada, sino con el desvío de los valores establecidos y las identidades rígidas a través del juego del desafío y la reversibilidad del intercambio simbólico.

Intensidad que se desvanece

Publicado en Uncategorized el Febrero 15, 2009 por gabrielmuro

Intimidades que se hacen públicas, cuantificación de afectos, espionaje social y sobrevaloración de lo cotidiano se dan cita en un mundo a la medida de exhibicionistas y fisgones, que redefine la fama y la compañía en el siglo XXI.

facebook

Por Julián Gorodischer

“X y N ahora son amigos”

Un rato antes, X estaba matando tiempo en su trabajo y fue a parar a la página de su “amigo” Q. Con la codicia habitual con que se revisan catálogos de amigos ajenos en Facebook, se entregó a prácticas antes objetadas por una ética de la sociabilidad: ahora se legitiman masivamente acciones y creencias antes censuradas como cuantificar afectos, reducir el interés humano a la fotogenia, acumular “amigos” para sumar status, celarle el patrimonio amistoso a un tercero. Hoy que todo eso está permitido, X estudia el catálogo de Q con la certeza de que empezará a cazar.

Las reglas de la etiqueta que ya rigen en Facebook (publicadas por la llamada “Biblia del Protocolo británico” Debrett’s) enfrentan los impulsos primarios con una catarata de restricciones; se recomienda: “No es una competencia para ver cuántos amigos puedes agregar: ¡piensa antes de sumar nuevos contactos!”. La red, creación de un estudiante de Harvard, Mark Zuckerberg, nacida para vincular e integrar a los estudiantes en el campus, y luego con otros campus, ahora tiene un módico stock de 120 millones de usuarios mundiales que, en contacto con la diversidad de rostros y nombres de variadas proveniencias nacionales, se olvidan del ceremonial. Entonces, se evalúan los candidatos a “amigos” como suele hacerse en Facebook: surfeando entre los pocos datos que los llamados Perfiles ofrecen; siempre es poca la información y por lo general mentirosa.

La mayoría de los usuarios oculta el año de su nacimiento. Si se escribe Buenos Aires como lugar de procedencia, además, Facebook lo cambia mecánicamente por San Juan de Puerto Rico. No se expande mundialmente respetando (como Google y Yahoo, ambos con múltiples sedes regionales) el marketing de lo local; se desentiende del valor autóctono como arma de seducción de audiencias alejadas de los Estados Unidos. En el Sur queda acatar y figurar como boricua. No hay un “moderador”, figura antigua propia del chat, al que se pueda increpar. La gran bolsa de nombres y fotitos es un territorio anárquico.

X, nuestro hombre, sigue revisando los rostros de los amigos de Q.

Su intención es simplemente engrosar su catálogo porque se sigue rigiendo, a pesar de las recomendaciones de Debrett’s, por la idea de que “muchos es más”. La regla de etiqueta aconseja, sin embargo: “No tienes que hacer amigos con gente que no conoces: ¡no es una competencia para ver cuántos puedes agregar, así que espera 24 hs. antes de aceptar o rechazar a alguien, ya que el retraso te ayudará a calmarte y ordenar tus pensamientos”. Pero X envía igualmente el pedido de amistad a N, a quien supone una celebridad de Facebook.

Una celebridad de Facebook levanta el nivel general de la habitual reunión de ex compañeros de jardín de infantes en que se convierte una página (la función mayoritaria en la red es de “reencuentro” de fantasmas). Pero la celebridad (esa que X supone que es N) se presenta ante el mundo virtual como un faro; por lo general, deja ver muchas declaraciones de amor acumuladas en el Muro (una cartelera en la que se expresan dedicatorias públicamente). En el muro de N hay un piropo tras otro: “Tu vida transcurre cual arroyo lento, cristalino, potable, donde calmamos la sed los que nos acercamos a tus plácidas orillas”, le escribieron.

X se esperanza en tener una celebridad como N en su lista; pone todas sus fichas en N, se dedica a esperar ese mensaje que derivará desde Facebook y le avisará que “X y N ahora son amigos”.

Llega la confirmación de que “X y N ahora son amigos”.

Entonces X enloquece en el envío de informes de acciones cotidianas, que se disparan a todo su catálogo de amigos. Es común levantarse y leer en el informe diario que “X -por ejemplo- se quedó sin leche descremada”. Esas notas se dan a conocer mediante una herramienta digital conocida como Twitter: informa “en vivo” las acciones empleando frases cortas con gerundios. Las notificaciones se dirigen a lectores de diarios íntimos. “X duda.” “X se ha hecho fan de Juana y sus hermanas”, “X está feliz por conocer gente nueva.” “X se prepara para la guerra total”, “X se ha hecho fan de Mick Jagger”, “X etiquetó a H en una foto”.

La celebridad de esta nota, N, modifica las reglas de la fama televisiva por generar un nuevo modelo basado en comunicaciones hechas públicas “de uno a uno” (a diferencia de la celebridad de masas que le habla a un auditorio indiferenciado); juega mucho con la autofoto y la foto tomada por webcam para transmitir cercanía con sus fanáticos; parece estar ahí nomás, aunque luego no conteste un solo mensaje, ni responda al Toque (un modo de contactar que permite demostrar interés sin usar palabras), y permanezca en el chat bajo el rótulo de “Inactivo”. X entiende finalmente el concepto de “amor líquido” (la figura que Zygmunt Bauman atribuyó a las relaciones fugaces e incorpóreas reguladas por Internet), donde el vínculo falsea la intensidad, se hiperreferencializa de entrada y languidece sin -algunas veces- llegar a crecer/ nacer.

N -celebridad de Facebook, el nuevo amigo de X- lleva a su máximo exponente la comunicación de acciones nimias, repetidas, cotidianas… A todo le otorga importancia; su deseo de figuración abarca lo que cocinó, lo primero que se le pasa por la cabeza…, bajo la condición de combinar luego con un enunciado que connote profundidad: después de “Haciendo la lista para el Coto” se lee inmediatamente “Decidiendo el rumbo de mi vida”.

La estelaridad de Facebook no es progresiva ni gradual; las celebrities estallan; se llenan de amigos de un día para otro; se dan a conocer por fogonazos. Cada tanto N se “hace fan de” una estrella de rock o un literato muerto hace por lo menos un siglo para robustecer una mística propia. N jamás solicita amistad pero acepta todos los pedidos que le realizan. Jamás responde a un mensaje o un toque, a no ser que provenga de una celebridad más alta (Debrett’s insiste: “Nunca el status tiene que ver con el número de amigos; es un intangible que se trabaja con discreción y prudencia”).

A pesar de que la regla es olvidar rápido al nuevo “amigo” y pasar a otro, X no puede dejar de pensar en N: eso es lo que provoca una celebridad. El inmenso magma de nombres propios acompañados de fotitos (amigos) prevé jerarquías diferenciadas; las celebridades organizan el flujo constituidas como faros siempre encendidos; en sus sedes se rozan con indiferencia o desdén los seres comunes; en los muros de celebridades se pasa gran parte de la estadía diaria en Facebook; allí se dan los colmos de morbosa curiosidad.

El presunto mar de subjetividades, esa supuesta constelación de “yoes” que parecía rendir culto al individuo, divide otra vez el mundo entre gente que espía a otra gente que se muestra, y es muy difícil que un usuario asuma las dos funciones al mismo tiempo. N deslumbra a X por ser de la casta dominante, de los que se muestran: es la que regula el tránsito, la que marca los ritmos e impone tendencias. X se habitúa rápido a no esperar respuestas de N, a seguir a su amigo con la mansedumbre de un cordero.

Poco después X se cansa y anuncia su ultimátum en Facebook: “Viviendo mi última semana en Facebook”, avisa. Contra su pronóstico, no suscita un escándalo entre sus amigos, ni le piden que recapacite. Finalmente, antes de comprobar lo difícil que es darse de baja (y terminar conformándose con abandonar la página sin suprimirla del ciberespacio) X se une al Grupo de arrepentidos de Facebook, un movimiento residente en el Monstruo que basa su accionar en la actitud opositiva a todo lo que se encuentra en ese universo virtual. “No tengo nada que poner pero igual pongo, así ven que puse algo”, se lee en las notas de un opositor de Facebook.

En las de otro: “Dos amigos que no conozco se han vuelto amigos sin conocerse”. Las descripciones exactas del funcionamiento de el Monstruo se basan siempre en la parodia y la ironía. “X comienza a molestarse con la gente que no conoce, que le pide amistad y después ni mu”, escribe. Y luego está la crónica de su despegue, narrado como una redención, una desalienación…, un éxodo del castillo en el aire que habitó durante el último año: “X volviendo al mundo”. Luego: “X rehumanizándose”. Después: “X llamando por teléfono a un amigo de toda la vida”. “X preguntando a su papá cómo se siente”. Está saliéndose de lo que algunos llaman “la vida paralela”. De ahí escapan multitudes hacia lo que consideran “la verdadera vida”. Hasta ver televisión se convirtió en “la verdadera vida” en comparación con Facebook, según el último testimonio del desertor, antes del vacío: “X dispuesto a disfrutar (con tonito de desplante) de un excelente programa de televisión”.

Página 12

Entrevista a Germán García

Publicado en Uncategorized el Febrero 14, 2009 por gabrielmuro

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Por Emilia  Cueto

¿Cómo fue el tránsito de la literatura al diván?

No fue de la literatura al diván. Empecé a analizarme a consecuencia de dos acontecimientos casi simultáneos: que se murió mi padre y que nació mi primer hijo. Había publicado hacía poco tiempo mi primera novela, las coordenadas de mi vida estaban un poco cambiadas de lugar entonces me empecé a analizar, a partir de lo cual comencé a interesarme por el psicoanálisis, cursado por un interés por la crítica literaria. Estudiaba lingüística, después me fui a estudiar con Masotta en el ‘69.

En esa época escribí un prólogo, que publiqué con seudónimo, a un libro muy violento, El Fiord de Osvaldo Lamborghini. Allí hacía, sin haber leído a Lacan, algunas afirmaciones algo estrambóticas que eran un poco lacanianas y entonces Masotta me invitó a estudiar Lacan con él. Cuando en 1972 Masotta quiso armar su escuela, la gente que estaba con él, primero estuvo en contra pero yo, como era muy amante de las máquinas institucionales, lo apoyé muchísimo. En ese momento me dedicaba a la enseñanza; cuando él se fue, en el ‘74, me dejó cuatrocientos alumnos, era una universidad privada.

Y después se tuvo que ir usted también.

Eso fue en el ‘79. Ya en el ‘76 había ido a Barcelona, Italia, París -fue allí donde tuve una entrevista con Lacan-, y precavidamente había dejado los hilos más o menos tendidos por si me tenía que ir. No era fácil para mí porque tenía dos hijos chicos y no tenía plata. Cuando en el ‘79 murió Masotta, fui a Barcelona, donde ya me conocían. Me instalé ahí a dirigir lo que había dejado Masotta. Él tenía un circuito de enseñanza, y yo lo amplié por Madrid, Galicia, Granada, Córdoba, Valencia. Vivía viajando, allí me encontré con los franceses y me empecé a analizar con Eric Laurent y metí todo ese aparato bajo el paraguas del campo freudiano.

¿Hasta ese momento no se había dedicado a la clínica?

No, en España empecé a dedicarme, por pedido de los españoles, no había prejuicios como aquí. Acá había como una especie de separación entre los epistémicos o los teóricos y los clínicos y, casualmente, los clínicos terminaban siendo siempre los médicos y los teóricos los psicólogos, filósofos. Observemos que casi todas las personas que enseñaron psicoanálisis en la Argentina, no vienen de la psicología ni de la medicina: Masotta, Sciarretta o el mismo León Ostrov que era filósofo, y había muchos más. La cuestión aquí era así, muy prejuiciosa, y además los psicólogos vivían todos aterrorizados por la ley del psicólogo, si se les suicidaba el paciente, por ejemplo, entonces todos los psicólogos preferían tener un médico en casa. Todavía quedó la inercia de eso, en la Facultad de Psicología, uno encuentra que casi todos los tipos importantes son médicos. Si yo fuera psicólogo, los apretaría, diría: viejo, hagamos un cambio, ustedes enseñan acá, y nosotros enseñamos psicología médica en la Facultad de Medicina. Los psicólogos son así de esclavos. Heredan de las madres, psicólogas el gusto por el médico, el guardapolvo, todas esas cosas. Y un psicólogo no es un psicoanalista, pues tiene una confusión total en la cabeza. Un médico sabe que no sabe, entonces va y estudia, hace el didáctico. O no lo hace, depende de su responsabilidad personal. Un psicólogo tiene una confusión en la cabeza, porque cada materia es una cosa diferente, contradictoria con la anterior. No es ni psicoanálisis ni psicología, si hubiera una carrera perfectamente organizada, las cosas estarían claras. Pero no, toda la carrera está como teñida de psicoanálisis. Le agregás a eso la minusvalía académica y te da esa dependencia.

Bueno, pero además está toda la cuestión de la ley del psicólogo y la carrera hospitalaria…

Pero a un psicoanalista, por ejemplo, no le preocupa eso. Ahí está la confusión. Un psicoanalista, en términos freudianos o lacanianos, es un señor que tiene un consultorio y que la ciudad lo conoce y lo consulta. No tiene nada que ver con el hospital ni con la salud pública ni con la sanidad.

¿Un psicoanalista no tiene nada que ver con los hospitales?

No.

Por ahí, como primera etapa de formación, mucha gente hace la concurrencia en el hospital.

Allí está el mito, ¿qué tipo de teoría tiene uno si imagina que viendo muchas veces una cosa que no entiende, la va a entender. Yo no sé nada de botánica, voy todas las mañanas a ver árboles al botánico ¿qué va a pasar? El psicoanálisis no dice que hay un montón de personas hermosas que quieren saber la verdad, dice que hay un montón de neuróticos que reprimen las cosas. No veo por qué nosotros escaparíamos de eso mismo que decimos. No podemos pensar que la humanidad está compuesta por neuróticos, infantiles, etc., y custodiada por nosotros que seríamos gente adulta y madura, que todo lo que hacemos tiene explicación racional. Que haya cientos de concurrentes en un hospital no tiene ninguna explicación racional, exceptuando la idea de que la gente hace laborterapia, van a verse con amigos, es como continuar bajo un aparato institucional. No franquear un umbral que los haga a ellos mayores de edad “kantianos”, gente que se maneja con su razón y no con hábitos sociales, etc. Un ejemplo, muchas veces he ido a dar clase a hospitales, nunca encontré un psiquiatra que me enseñara nada, más vale yo le voy a dar clase a él. No hay una psiquiatría en serio, no veo que los psicólogos que van a los hospitales a ver locos avancen algo sobre la demencia o sobre la locura. Cuando se quiere avanzar hay que tomar un libro por ejemplo sobre la epistemología psiquiátrica, entonces se aprende algo. Pero mirando locos no se estudia nada, de hecho, los psicólogos pasan años en hospital y no saben nada. ¿Por qué no son sabios, por qué no publican libros, por qué no hacen artículos, por qué no renuevan algo? Si una persona después de aludir a su práctica, lo que dice, ya lo leíste, ¿qué aprendió de su práctica?

¿Y esto para usted tiene que ver con el reconocimiento de alguien como analista?

Lacan decía que cada uno se autoriza a sí mismo: frente a algunos otros. Porque si no es una locura, te parás frente al espejo y decís: soy analista. Es obvio que al decir: soy analista, es en relación con un conjunto, a un tipo de profesionales, a una historia, que hay gremio, un grupo. Yo pertenezco a la Sociedad Argentina de Escritores, pero eso no garantiza que escriba bien, dice que me reconozco en eso, que me gusta ser de la República de Cervantes, de Quevedo.
De hecho, se autoriza como psicoanalista cualquiera. Por ejemplo, publicás en Página 12, y te convierten en “psicoanalista” automáticamente, seas lo que seas, no te preguntan, es como un título honorífico. Cuando se hizo el encuentro del Campo freudiano en el 84′, Clarín decía “se reunieron dos mil psicoanalistas” lo único que tenían de psicoanalista era que habían pagado la entrada. Nadie les pidió la credencial de psicoanalista, estaban ahí adentro nada más.

No existe la credencial de psicoanalista.

¿Entonces cómo sabe Clarín que había dos mil psicoanalistas? Hubiera dicho dos mil personas en un Congreso de Psicoanálisis y no prejuzgaba qué eran. Cada vez que charlo con franceses, o italianos, o españoles me harto de contarles que no hay tantos psicoanalistas en la Argentina, es el único país donde los psicólogos se llaman psicoanalistas. En España hay sesenta mil, ochenta mil psicólogos, pero se llaman psicólogos y dicen “yo soy psicólogo clínico” “yo soy psicólogo pedagogo”. No solamente que hay millones de psicólogos, sino que hay distintas categorías de psicólogos que se diferencian unos de otros y que es intrusivo meterse en el campo del otro. En la Argentina hemos invertido las cosas pero nadie se toma el trabajo de aclarar este malentendido porque es productivo, porque ese psicólogo va a tener que sudar un poco para ser psicoanalista o soportar los efectos angustiantes de la propia impostura. Entonces es un campo de histerización perfecto, inventado por la APA, que se metió en la Universidad cuando cayó Perón y se metió en la Universidad de Psicología, no se metió en Medicina. Por un lado te enseñaban psicoanálisis, te analizaban y por otro te decían no sos analisista.

Podríamos decir que para la APA la Facultad de Psicología era un campo de clientela importante.

Frente a eso, la operación que hace Masotta en un momento político de mucha revuelta es, tomar a los psicólogos, unos pobres huérfanos, y sublevarlos contra el aparato de la APA, en nombre del saber de Lacan. Esa es la operación y el éxito de Masotta. Los que seguimos sabemos que no solamente se trata del saber Lacan, era un paso, pero la guerra no era solamente epistemológica. Había que dar un segundo paso que era la organización institucional y un tercer paso, que para mí, Masotta fue el único que se dio cuenta porque él se puso a hacer una escuela. Lo fue a ver a Lacan, se tomó en serio el asunto de armar un aparato de estructura alternativa al aparato de la IPA siguiendo un poco a Lacan. Esa fue para mí la originalidad de Masotta, se dio cuenta que el segundo paso era que los psicólogos se organizaran en una escuela que diera algún tipo de garantía, que garantizara los análisis de la gente.

¿Cuál es su lectura de por qué Lacan no se fue, no renunció a la I.P.A. y prefirió la excomunión?

No creo que Lacan quisiera quedarse, usó de manera adecuada ese incidente. Como se dice en psicoanálisis, transformó una contingencia en algo necesario, útil. Una especie de judo.

Pero, la expulsión de Lacan ¿no tuvo que ver con el hecho de que él había empezado a trabajar con tiempo libre y esto no era aceptado por la IPA?

Sí, pero había muchas cosas que la IPA no aceptaba y aceptó. Quiero decir: me parece que Lacan siguió ese asunto porque quiso y en un momento se dio cuenta de que su mensaje iba a llegar más lejos fuera de la IPA que dentro de ella. De hecho, no se equivocó. Perdió un montón de viejos inútiles, que no servían para nada, solo para estar sentados ahí escuchando cosas y ganó una generación brillante, que tenía una formación lógica, matemática. Ganó por todos lados.

El pecado de Freud, según Lacan, fueron las histéricas. ¿Cuál fue, según Germán García, el pecado de Lacan?

El pecado de Lacan, según él mismo lo dice podríamos pensarlo a partir de un texto que termina con unas siglas, con unas letras, que no se sabía qué querían decir, y el traductor al español, Segovia, que era amigo de Lacan le preguntó que quería decir y resultaron ser las iniciales en francés de la frase “has empezado un poco tarde”.
Esto está escrito al final de La instancia de la letra, texto de los años cincuenta y sería una confesión por parte de Lacan de no haber cortado antes con ese grupo. Allí está el problema de la psiquiatría, Lacan defendió hasta el fin de su vida una tradición francesa de atención de enfermos en hospitales, pero no iba a analizar gente a hospitales ¡Ojo! Iba a aprender de la psicosis. Se podría decir: el psicótico es a Lacan lo que la histeria es a Freud. Freud aprende de la histeria, la transferencia, el amor de transferencia, el síntoma, etc. Y Lacan aprende de la psicosis la existencia de la voz áfona, una voz que no pasa sentido y aprende la cuestión de la pulsión escópica. Cualquiera que crea que el inconsciente y todo esto eso es un camelo, basta con que escuche al psicótico: después va a preguntar “¿y esta máquina de donde salió?” Si pecado quiere decir el punto límite, uno podría decir que la psicosis lo era para Lacan. El dijo en los Estados Unidos: yo soy un psicótico. Él veía a un neurótico como una persona que se contradice a sí misma, mientras que el psicótico es aquel que hace un desarrollo hasta el límite más delirante.
Si uno conoce un poco la tradición de la psiquiatría alemana y francesa sabe que eran muy cultos, sabían filosofía. Tenían una idea de que la psiquiatría era como una especie de antropología, por lo tanto sentían que tenían que comprender al conjunto de la humanidad, eso quedó claro en Jaspers. Mientras que los psicoanalistas, con los que se encuentran Lacan, no son psiquiatras, son médicos. Como después de la guerra el psicoanálisis era muy prestigioso, decidieron meterse en el psicoanálisis y hacer dinero con eso. Pensemos en la Segunda Guerra Mundial, la Shoá, el exterminio de los judíos en Alemania, veinte millones de muertos en la Unión Soviética, pensemos en todo eso y en los psicoanalistas diciendo que la vida es para llegar a ser maduro y genital. Un grado de debilidad mental. Entonces, Lacan les empezó a inyectar cosas a la altura de los tiempos: el Marqués de Sade, Kant. El Kant que dice: si un tirano monstruoso persigue a tu amigo y tu amigo está escondido ahí. Entonces el tirano te pregunta: ¿dónde está su amigo? Vos le respondés. Porque el hecho de que él sea un tirano no quiere decir que uno sea un mentiroso. Esto es una lógica realmente sadiana. Lacan trata de inyectarle al psicoanálisis algo de la dimensión de lo que estaba ocurriendo y ése fue el triunfo de Lacan. Un discurso que era de una tontería absoluta, frente al mundo de horror que se estaba viviendo.

Retomando el texto “Más allá del Principio del Placer”, Freud allí plantea que la meta de todo ser viviente es regresar a un estadio anterior, que no hay en el ser humano un instinto de perfeccionamiento. ¿Usted acuerda con esto?

Lo que Freud plantea es simplemente romper un mito platónico que dice que la belleza, la verdad y el bien van juntos. Negar la idea de progreso es una estafa, no se puede confundir el progreso técnico. Un televisor en color es más complejo que el primer televisor y el primer televisor es más complejo que la radio, pero no quiere decir que mi vecino es más complejo que Sócrates, no quiere decir que ha nacido alguien que tenga una cabeza tan bien armada como la de Hegel. Lo que niega Freud es la confusión que había, hasta la primera Guerra Mundial, entre progreso técnico y progreso de la humanidad como tal, se puede pensar al revés, el progreso técnico nos vuelve cada vez más inútiles, una serie de funciones que estaban incorporada en sí mismo, pasan a ser hechas por aparatos, por máquinas. Freud niega todo eso, pero no era el único. Era todo un resentimiento producido por la primera Guerra Mundial.

Freud expresa en “El porvenir de la terapia analítica”: “Suponed que si hubiéramos logrado encerrar en unas cuantas formulas sintéticas las distintas formas de neurosis nuestro pronóstico adquiriría mucha mayor seguridad.” ¿Sigue teniendo vigencia esta formulación freudiana?

Desde Newton, el ideal de la ciencia es liberarse de la percepción. Cuando se habla de la formalización de un campo se dice que el campo deja de depender de la percepción y empieza a desarrollar su capacidad, digamos su potencia alterna de coherencia, de explicación. La matemática no depende de la percepción, la astronomía tampoco. Ese es el ideal de toda ciencia, por eso es que yo digo qué tipo de teoría implica que uno crea que viendo, percibiendo cosas va a descubrir algo.

Volvamos a la formación del analista. ¿Hay saberes imprescindibles?

Freud pensaba en la certeza del propio inconsciente adquirida a través del análisis personal, y en ciertos saberes que hacen falta, pero que quizás no alcancen porque pueden servir para tapar todo. El inconsciente es un agujero de los saberes constituidos. Puedo decir cualquier cosa o dar una conferencia sobre algo, acostarme a dormir y tener un sueño que me revela alguna cosa respecto de mis intenciones, que no tiene nada que ver con lo que creía que era lo que estaba haciendo. El control es un poco como mantener abierta esta diferencia entre lo que se sabe como saber constituido o “saber sabido”, dice Lacan y ese elemento que hay que mantener de ignorancia, de espera que induce a la búsqueda, cierto grado de insatisfacción, de lo contrario analizar a alguien sería insoportable. Por eso Lacan inventó una escuela donde hay un análisis, hay una manera de verificar esos análisis que sería el famoso pase, donde se induce a la gente a que haga control de su práctica, seminarios, etc. Son los tres polos que hay para la formación de un analista. Se espera que el que va a ser analista primero sepa algo de la doctrina, se haya analizado y que cuando empiece a practicar haga algún control simplemente para no envanecerse. Hay un problema y es que hay que tener cuidado con la práctica, porque es una cosa que adormece. Adormece al analista por lo que Lacan llama sujeto supuesto saber. El silencio del analista para el otro es un saber, y la palabra, siempre alguna cosa de la que el analizando no está muy seguro. Esto es algo que tiene que ver con la estructura transferencial misma, no está seguro si es una tontería o es algo tan sabio que él no puede entender. Quiere decir que la responsabilidad no se puede compartir con el paciente. Uno no le puede decir: ¿le parece que vamos bien?, Estás solo ahí, sos responsable.
Estamos obsesionados por el objeto, que goce te atraviesa, pero ser analista es aprender a hablar la lengua del paciente, aprender a plantear los conflictos en los términos en que él se los plantea, no como uno se los plantearías. A lo mejor a vos te parece una tontería, sobre todo cuando uno es un poco grande y analiza adolescentes por ejemplo, ¿y eso qué tiene que ver? yo analizo el conflicto tal como se plantea para él, si yo tengo que analizar una jugada de ajedrez de otro, voy a analizar cómo puso las piezas él, no cómo las pondría yo. Que la gente aprenda a contar su historia en términos que no son los de su familia es un paso grande en la vida. Hay un problema que no tiene que ver con el saber, es el problema del juicio, lo que Kant llamaba el juicio, la razón pura (que sería la formalización, etc.) y la razón práctica (las acciones que realizamos) hay algo que no es unívoco, entonces hay que tener un juicio, hay que decidir, hay un acto. Es como cortar una sesión o interpretar. Alguien llama y dice: estoy angustiado ¿Por qué decirle “venga para aquí” o “lo veo la semana que viene”? Son decisiones, a veces salen bien y a veces no. Hay alguien que tiene que aprender a decidir, tiene que tener esa sutileza. El secreto del pase es que si a un analista le dicen que no pasa y realmente funciona como un analista, no le va a importar. En cambio, si queda dolido, tendrá que seguir analizándose porque no es analista. Un analista no depende de la aceptación o rechazo del otro, como no depende de la aceptación o rechazo de un paciente.

En el libro D èscolar Ud. plantea en el artículo “Presentación de los inclasificables” que la estructura perversa misma ya no es considerable como tal. ¿Cómo llega a esta formulación? ¿Qué indicadores de la clínica darían cuenta de ello?

Respecto del tema de la perversión, Lacan ha planteado que el neurótico pide prestado su fantasma al perverso, quiere decir que la perversión está planteada, no a nivel de la estructura del sujeto, en este caso, sino al nivel del fantasma. Eso es interesante para diferenciarse de la idea kleiniana de que hay una homología puntual entre fantasía y estructura, no es que si un sujeto tiene fantasías sádicas es sádico. Un sujeto, por ejemplo, si es un obsesivo puede tener fantasías sádicas y la función es autoatormentarse, con lo cual es una operación superyoica, no es la estructura de un sádico. A partir de allí, no es muy claro que se pueda hablar de una estructura perversa, por eso Lacan al final de su vida habla de la “père-version” haciendo un juego de palabras, diciendo que hay distintas versiones del padre o el padre da distintas versiones de lo que es la dimensión del deseo. Eso me parece interesante. Es evidente que hay que actualizar todo eso, que Lacan tenía la pretensión quizás de que el lenguaje que venía de la psiquiatría: neurosis, perversión, psicosis; podría sustituirse. Lacan hablaba de las fijaciones imaginarias de la perversión, de los enredos simbólicos de las neurosis, del intercambio, y hablaba de lo real en la psicosis. O sea que su pretensión parecía ser que los registros real, imaginario, simbólico y sus distintas maneras de mudar podían dar cuenta de sustituir ese viejo lenguaje y plantear otra cosa. En vez de perversión, plantear la dimensión imaginaria del deseo humano, en vez de neurosis plantear la dimensión simbólica del deseo humano, en vez de psicosis plantear la dimensión real del deseo humano. En la cita a la que aludías no me estaba refiriendo a algo que afirmase, sino a una tendencia a dejar de lado el tema de la perversión. Pienso que mientras no sea sustituido realmente por una nueva formalización se deja de lado porque hay una inercia ligada a la propia inserción social del psicoanálisis, en el sentido de que la perversión aparece más como un fantasma de los neuróticos que se analizan que como una práctica del psicoanalista, porque el perverso en cuestión no lo consulta. Lo mismo con respecto al fin de análisis, cuando se habla en el fin de análisis de una identificación al síntoma, se han dicho dos cosas. Lacan por lo menos ha dicho dos cosas: una ha sido atravesar el fantasma, esto siempre crea una idea medio iniciática, cuestionable. Lo que sí es cierto es que existe para el que se analiza cada vez más una mayor perseverancia en su propio ser, como diría Spinoza, por lo tanto me parece que la idea de identificarse al síntoma es más seria ¿por qué? porque plantea que hay síntoma cuando hay una creencia en el síntoma, ¿qué quiere decir? yo puedo considerarme a mí mismo una persona cuidadosa, ordenada, limpia, puntual. Eso cualquiera desde afuera podría decir es un carácter obsesivo, pero no podría decir que es una neurosis obsesiva, para que sea una neurosis tengo que padecerla. Simplemente puedo decir mire usted es desordenado, sucio, etc. eso quiere decir que no se puede analizar un síntoma a quien no se plantea que algo sucede. Por ejemplo, un hombre se enamora de alguna posmoderna histérica que lo empieza a acosar diciéndole “sos un rutinario, aburrido” entonces él se empieza a angustiar, no se plantea ninguna pregunta, pero lo que era parte de su carácter se vuelve un síntoma empieza a conectar su deseo de cambiar. Ahí diríamos que ha transformado su carácter en síntoma, pero uno puede decir al revés, que a través de esa rendija el sujeto va a dar una vuelta por la nada, el vacío, si él vuelve al punto de partida está analizado. Ahora ya no tiene un síntoma, es lo que llamamos “saber hacer” con un síntoma, hay algo de transformar la tragedia edípica familiar, la compulsión de repetición, todo eso que Freud plantea, en una comedia. Haré de persona ordenada y correcta o no haré de eso. Entonces supongo que el final de análisis tiene que ver con una comedia ¿qué quiere decir una comedia? que no hay destino, que hay contingencia. Uno quiere darle un sentido a su vida, porque es un poco triste escuchar, por ejemplo, a la propia madre, los que tienen la posibilidad, yo tengo madre todavía y le he preguntado: ¿y vos por qué te casaste? A lo cual ella responde: “y bueno,estaba ahí, el viejo se quería casar, mi abuela no quería aguantar más a sus hijas, tenía muchas hijas”.

No es nada ni muy terrible ni muy fantástico.

Fue una contingencia, y uno le dice: pero algo te tenía que gustar del tipo. Bueno, usaba unos zapatos que tenían botones de vidrio, unos zapatos de compadrito que eran con unos botones de vidrio al costado. ¿Y los hijos? tenía una amiga que estaba embarazada. Después cae de ahí, el padre, la madre, Edipo, el falo, la castración. Hay una cosa como dice Lacan el “epos” (epopeya) de la estructura, hay una estructura que es el intercambio, y después está la épica, pero en verdad por un lado suena a la tragedia terrible, el Edipo, y por otro lado Freud dice que solamente nuestra variedad antropológica, antropomórfica nos puede hacer creer que la vida humana tiene algún sentido, nuestros antepasados pensaban que todo fue una contingencia. Pero evidentemente no se puede vivir en una contingencia, entonces se trata de transformar esa contingencia en algo necesario eso para mí sería la identificación al síntoma. Las contingencias de mi vida, unas las dejo caer, dejar caer identificaciones, otras las asumo como parte de mi ser y con eso hago mi historia.

Piletas

Publicado en Uncategorized el Febrero 14, 2009 por gabrielmuro
Por Alfredo Zaiat
El empresario dueño de una de las dos distribuidoras de energía eléctrica de la Capital Federal exhibió la factura de luz de uno de sus principales ejecutivos. El saldo eran monedas en relación con sus ingresos. Era el argumento más impactante para justificar la necesidad de un aumento de las tarifas. Una persona con un patrimonio abultado pagaba poco y nada por un servicio básico. La propuesta, que fue presentada en forma insistente ante el Ministerio de Planificación informó, era subir mucho la tarifa para ese segmento de usuarios y nada para los de bajo y medio consumo. Esa estrategia, que se denomina subsidio cruzado, que se presenta en teoría equitativa presenta algunos problemas. Por caso, una familia que habita en un barrio periférico del área metropolitana, con la mujer trabajando en el hogar y con hijos tiene un elevado consumo por las tareas diarias de planchar, cocinar, lavar y calefaccionar la vivienda con estufa o aire acondicionado, según la estación. La mejora de los ingresos de los últimos años junto a la reducción en términos relativos de los precios de los aires acondicionados derivó que la utilización de esos aparatos se extendiera en forma masiva, modificando la pauta de consumo eléctrico, entre otros factores. Ese usuario de ingresos bajos o medios está registrando un consumo elevado y será castigado por un ajuste brutal de la tarifa. Además del consumo racional, los abanderados del nuevo esquema tarifario pueden invitarlo a desprenderse de aparatos eléctricos que mejoraron su confort para ahorrar. En tanto, ese u otro ejecutivo, con departamento en la avenida Libertador, con escasa presencia de la familia en el hogar durante el día por las múltiples actividades de sus integrantes, puede registrar un consumo bajo, quedando exceptuado del alza en el precio de la luz y el gas. “¿Qué porcentaje de usuarios estiman que se encuentran en esa situación de medianos ingresos y alto consumo?”, se le preguntó a ese empresario eléctrico. “El 10 por ciento”, contestó el dueño de esa compañía que posee un universo de clientes de 2,2 millones. Esto implica que ya se sabía que esa controvertida estrategia de subsidio cruzado iba afectar en forma negativa a 220.000 hogares de una de las dos distribuidoras. Estaba previsto en esa propuesta que ese número elevado de clientes recibirían la boleta de luz con un extraordinario aumento pese a que sus ingresos no se correspondían con ese nivel de tarifas. “¿Cómo piensa solucionar esa injusticia, con las consecuencias políticas que derivarán de las previsibles protestas?”, se provocó al empresario. “Se analizará caso por caso”, respondió, sin precisar cuánto tiempo llevaría semejante tarea.

El desproporcionado aumento de tarifas de luz y gas tranquilizará las almas de progresistas sensibles que durante años estuvieron indignados por lo poco que pagaban los clientes por el gas utilizado para climatizar sus piletas en invierno. También satisfará con creces el corazón de bolsillos de los grupos privados que controlan la cadena privatizada de producción, transporte y distribución de servicios públicos básicos para la población. A la vez, analistas del pensamiento económico ortodoxo recibirán como una reivindicación esa fortísima alteración del cuadro tarifario. Y por último aliviará a los funcionarios con convicciones frágiles sobre el papel que cumplen los subsidios en la economía como herramienta de distribución de ingresos.

La insistente prédica fiscalista sobre el destino de los subsidios, con un doble estándar de evaluación si están destinados a grupos concentrados o si benefician a la mayoría de la población, ha tenido éxito: se recortaron en el segundo grupo. El momento para realizar el ajuste no podía ser menos inoportuno, como si lo hubiera elegido el enemigo. Se aplicó cuando comienzan a verificarse signos de reversión del ciclo económico, instancia que requiere preservar el dinero disponible para sostener la demanda vía consumo en lugar de reducirlo con aumentos de tarifas.

No es una labor sencilla eludir el bombardeo reduccionista de realidades complejas, más aún en un escenario donde se juega con pasiones inusitadas. Debido a que una reforma tributaria con sesgo progresista no ha sido considerada por la administración kirchnerista, el modo de intervención que ha privilegiado para esa redistribución ha sido la de los subsidios por varios mecanismos, con las limitaciones que ofrece esa política. Con una calificación arbitraria, que tiene que ver con los factores de poder económico involucrados, se consideran subsidios distorsivos algunos y razonables otros. El rubro Energía sumó 17.875 millones de pesos el año pasado, en un período donde el barril de crudo alcanzó el record de 150 dólares, y hoy cotiza cerca de 40, lo que derivaría en un ritmo de crecimiento de esas transferencias mucho más suave. En la categoría Transporte el dinero involucrado fue de 9990 millones de pesos. A valores de hoy, ambas cuentas totalizaron unos 8000 millones de dólares en 2008. Dinero que ha beneficiado a millones de personas, seguramente algunas sin necesidad. Pero así funcionan las asignaciones (subsidios) universales, política que entusiasma al arco progresista cuando propone una suma de dinero por hijo para todas las familias argentinas sin discriminar por ingresos para supuestamente terminar con la indigencia.

El sector público también destina millonarios recursos a otros sectores sin despertar tantas pasiones por el ajuste. Promoción industrial, desgravaciones impositivas para inversiones, programas específicos para el rentable sector de hidrocarburos, entre otros planes, involucran millonarios recursos que se concentran en pocos y poderosos grupos económicos. Esos fondos no reciben observaciones tan contundentes como los destinados a servicios públicos masivos. Por caso, el sector agroalimentario tuvo la fortuna de que en el año de la más violenta protesta del campo privilegiado recibiera 3337 millones de pesos en subsidios-compensaciones, 183 por ciento más que en 2007.

La aplicación de subsidios es una medida que genera controversias porque el sector público determina en forma arbitraria, en base a ciertos objetivos, los favorecidos de esa política. Discutirlos permite mejorar la transparencia de su asignación y, en especial, su eficacia para evitar el despilfarro y la captura de ese dinero por grupos económicos que no lo merecen. Por ejemplo, ¿el Estado debería pagar una de las tres semanas del sueldo de los trabajadores con suspensiones rotativas del poderoso y de rentabilidad fabulosa grupo Techint, conglomerado que quería despedirlos al frenar su plan de inversiones?

Frente a los complejos escenarios que se presentan, el debate sobre subsidios resulta más enriquecedor cuando es amplio y general, y no recortado según quien sea el beneficiario. Sin embargo, en el doble estándar dominante se destaca en forma crítica solamente los subsidios destinados a la mayoría de la población, ocultando otros millonarios que reciben unos pocos. Resulta a la vez una pícara hipocresía observar a los analistas que durante años reclamaron un descongelamiento de las tarifas de luz y gas criticarlo ahora con la convocante consigna de tarifazo.

Ahora bien, entendiendo la prioridad de contar con una política de subsidios en sectores sensibles como contribución al presupuesto del trabajador vía salario indirecto, se requiere precisar el marco de funcionamiento de esa administración de recursos públicos. Detenerse solamente en el cuadro tarifario, o sea en el monto de los subsidios girado al sector privado, como eje principal para abordar el complejo sistema de transporte y energético desvía la atención sobre lo fundamental: la subordinación de la política pública a la lógica de mercado, debilitando así la imprescindible gestión estatal en áreas estratégicas. A la privatización de los noventa se le sumó millonarios subsidios estatales durante la administración kirchnerista, lo que ha terminado creado un híbrido poco transparente régimen de servicios públicos. Esto ha colaborado a la confusión que se refleja en la coincidencia de dar la bienvenida al extraordinario ajuste de las tarifas de luz y gas, y también a las del transporte público de pasajeros, por parte de una previsible ortodoxia así como también por una peculiar heterodoxia que ya no tendrá que preocuparse por las piletas climatizadas en invierno.

 pileta

Intelectuales y experiencia

Publicado en Uncategorized el Febrero 9, 2009 por gabrielmuro

Por Damián Tabarovsky

Hace casi veinte años vivía en París y trabajaba de dar clases de castellano. Era un empleo más bien tranquilo: alumnos de nivel avanzado que no querían perder el idioma, empresarios que tenían que viajar a Latinoamérica a ocupar cargos en las empresas privatizadas, jóvenes que, en un viaje, se habían enamorado de un español o española y que querían hablar en la lengua de su amado o amada. La mayoría de las clases eran almuerzos en restaurantes elegantes (pagados por el instituto que me contrataba) y por lo general charlábamos de política, deportes, cine. Mi función residía simplemente en corregir algún error o darle alguna tarea para el hogar. Uno de esos ejercicios consistía en traducir un artículo, precisamente de la sección deportiva, de un diario argentino. Trabajé casi once meses, y en ese tiempo ningún alumno, ni uno solo, pese a su alto nivel, logró traducir esta frase: “La mató con el pecho y de volea la clavó en el segundo palo”. Es curioso, porque el fútbol es el deporte más popular del mundo, y sin embargo los diarios y las revistas especializadas están escritos con un lenguaje altamente sofisticado, por momentos críptico, inaccesible para el que no conoce del tema. E inclusive las conversaciones cotidianas -el lenguaje oral- están también cargadas de frases en clave y códigos secretos. ¿River va a jugar con un 4-4-2 o con un 4-3-1-2? ¿Es lo mismo un lateral-volante que un carrilero? ¿Ya no hay más enganches? Tengo al menos una decena de amigos que, puedo asegurar, no entendieron una palabra de las preguntas que acabo de hacer. Frente a esto, siempre me surge una duda: ¿por qué está aceptado que cuando se habla o se escribe sobre fútbol pueda utilizarse la lengua en su versión más sofisticada y, en cambio, cuando se habla o se escribe sobre temas culturales muchas veces se exige que sea entendible por todos, incluso por los que no les interesa la cultura?

Aparece inmediatamente la figura del intelectual/cartero, aquel que se presupone capaz de llevar la cultura “para todos”. Como si la cultura estuviera en un lugar, y su tarea fuera acarrearla, repartirla, transportarla hacia zonas y poblaciones donde no habría cultura. En nombre de esa supuesta democratización se encierra una idea aún más elitista y aristocrática (unos tienen cultura y otros no). Ocurre que por debajo de esas falsas buenas intenciones, el intelectual/cartero en verdad intenta disimular lo que es bien sabido: que su formación es muy escueta. Hay algo que no deja de sorprenderme, pese al paso del tiempo: la cantidad impresionante de intelectuales, escritores, ensayistas, profesores que no leen (o que leen muy poco). Estoy convencido de que una película se disfruta más si antes se vieron cien otras películas. Que un libro se vuelve más interesante si antes leímos muchos y muchos otros libros. Que ver una pintura se hace más rica si antes vimos otras obras.

El actual parece ser un tiempo en el que basta con la experiencia (concepto sobredeterminado si los hay y que, sin embargo, siempre es descripta de la forma más trivial): un escritor vive en un suburbio, toca la guitarrita, juega al fútbol, y lo suyo sería entonces simplemente “contar esa experiencia” sin necesidad de tener un pensamiento crítico sobre la lengua, sobre la tradición literaria, sobre el campo intelectual, sobre la sintaxis. “Cuenta lo que le pasa” y listo. O también: el intelectual supuestamente crítico del habla mediático, y que sin embargo va trazando sus intervenciones en función de la agenda de los medios: hoy un artículo sobre Cromañón, mañana uno sobre los 70, ayer otro sobre el conflicto en Gaza, sosteniendo su pensamiento (es decir: no sosteniendo ningún pensamiento) otra vez en la experiencia y en su opinión personal (una para cada tema), desprovisto del rigor de la lectura, de la relectura, de la puesta a examen de sus interpretaciones pasadas, del armado de una red teórica. Como pocas veces, éste es un tiempo populista y antiintelectual.

La guerra rizomática

Publicado en Uncategorized el Febrero 9, 2009 por gabrielmuro

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Durante los años ‘90, el brigadier general (hoy retirado) Shimon Naveh fundó y dirigió el Instituto de Investigación de Teoría Operacional, cuya función era tratar de pensar la guerra a contrapelo de viejos conceptos militares. Los textos elegidos para ser difundidos entre las Fuerzas de Defensa de Israel fueron los de pensadores posmodernos franceses, pero el autor favorito resultó Gilles Deleuze, sobre todo su libro en colaboración con Félix Guattari, Mil mesetas. Así, muchos comandantes del ejército israelí se familiarizaron con un modelo descentralizado e irregular para enfrentar a la resistencia palestina en su propio terreno.

Por Osvaldo Baigorria

Que un yuppie en el Metro de París pueda leer ¿Qué es la filosofía? de Deleuze y Guattari mientras se traslada a hacer negocios a la Bolsa de Comercio ya no debería sorprender a nadie. Más difícil sería que un oficial israelí en un tanque en la Franja de Gaza se pusiera a leer Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia antes de disparar sobre niños terroristas (o terroristas-niños). Sin embargo, esto también ya ha ocurrido.

Para evitar francotiradores y trampas “cazabobos”, los soldados israelíes aprendieron a entrar por el costado de las casas abriendo agujeros en paredes laterales y así poder moverse de una habitación a otra, con un dispositivo de observación manual que produce representaciones tridimensionales de cuerpos orgánicos entre obstáculos. También a usar bombas ligeras y precisas, como la GBU-39, que minimiza daños colaterales sobre la superficie, pero puede penetrar bajo tierra para destruir túneles y escondites. O a llamar por teléfono a residentes de Gaza haciéndose pasar por árabes preocupados de países limítrofes que preguntan por familias vecinas y así obtienen datos sobre la situación en el barrio. A golpear rápido, disparar y ocultarse, huir pero llevándose un arma, entrar por donde menos se espera, como milicianos islámicos o guerrilleros de todas las épocas, máquinas de guerra nómades, flexibles, móviles, errantes, dispersas.

Las nuevas tácticas no sólo fueron posibles por el desarrollo técnico de la industria militar norteamericana ni evolucionaron meramente en forma espontánea sobre el campo de batalla, ajustándose “por instinto” a condiciones cambiantes. Los textos deleuzeanos habrían tenido efectos impensados y acaso anómalos pero duraderos en las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), donde fueron introducidos en los años ‘90 por el brigadier general (hoy retirado) Shimon Naveh, director del Operational Theory Research Institute (OTRI), en el cual participaron militares en actividad junto a académicos civiles. Allí los oficiales pudieron leer en hebreo a Deleuze y Guattari, entre otros pensadores franceses. Y comenzaron a familiarizarse con conceptos como el de rizoma, cuyos principios de conexión, heterogeneidad, multiplicidad, ruptura y cartografía ofrecieron al ejército israelí un modelo de despliegue descentralizado e irregular para enfrentar a las guerrillas palestinas en su propio terreno.

Un espacio estriado

En el rizoma, dice Deleuze, cualquier punto puede ser conectado con cualquier otro, la línea no sigue un contorno, no está subordinada a la horizontal ni a la vertical, la diagonal se libera, rompe o serpentea, pasa entre los puntos y entre las cosas (y las casas). El rizoma pertenece a un espacio liso, no estriado, otro concepto que también comenzó a discutirse en las FDI en términos de operatividad militar. Un espacio estriado es siempre limitado y limitante. Como la ciudad o la ruta: en él se ordenan las vías fijas y hasta las variables en la circulación, se va de un punto a otro, se distingue de modo tajante entre lo exterior y lo interior, lo público y lo privado, en él rige lo sedentario, la propiedad, el Estado y la Ley. Un espacio liso, en cambio, es abierto e indefinido como el mar o el desierto, es el espacio de los nómades, de la variación continua, allí donde los puntos tienden a subordinarse al trayecto, donde es posible trazar una diagonal pura y se producen los flujos y movimientos de manada, enjambre o cardumen, con todas esas multiplicidades que siempre escapan, contagian, infectan, desenraizan, sorprenden.

“Las áreas palestinas podrían entenderse como estriadas, en el sentido en que están cercadas por vallas, muros, zanjas, obstáculos”, decía Shimon Naveh en una entrevista con Eyal Weizman, autor del libro Hollow Land: Israel’s Architecture of Occupation. “En las Fuerzas de Defensa de Israel se utiliza ahora con frecuencia el término ‘alisar el espacio’ cuando quiere referirse a realizar una operación en el espacio como si éste no tuviera fronteras. Antes que contener u organizar nuestras fuerzas de acuerdo a fronteras existentes, el ‘alisamiento’ nos permite movernos a través de cualquier barrera.” Naveh, un hombre que según algunos periodistas tiene el cuerpo de Rambo y la cabeza de Foucault (incluso la calva), ha utilizado a Deleuze para pensar contra la lógica binaria que opone teoría y práctica, modelo y terreno, uso y función, a fin de emancipar la acción militar de toda restricción y transformar, cada vez que sea necesario, el espacio privado en una superficie pública y sin fronteras.

Uno de sus mejores alumnos fue el brigadier general Aviv Kochavi, comandante de Brigada de Paracaidistas que aplicó sus lecturas de Mil mesetas al ataque al campo de refugiados de Balata y a la ciudad vieja de Nablus en la Ribera Occidental en 2002. Allí, en una operación de “geometría urbana inversa”, Kochavi implementó por primera vez en forma masiva el método de “caminar a través de las paredes”, es decir, abriendo boquetes en las casas para evitar el desplazamiento por calles, rutas y puertas de entrada donde pudieran hallar trampas o francotiradores. Así lo explicó Kochavi al arquitecto Weizman: “Este espacio al que diriges tu mirada, esta habitación que miras, no es más que tu interpretación de la misma… ¿Cómo interpretas un callejón? ¿Tal como lo haría cualquier arquitecto o urbanista: un lugar a través del cual se puede caminar? ¿O como un lugar por el que está prohibido caminar? Nosotros optamos por la metodología de caminar atravesando paredes como un gusano que se abre camino comiendo, surgiendo en ciertos puntos y después desapareciendo”. Esa “maniobra rizomática” provocó la destrucción de 800 viviendas y la muerte de cerca de 500 palestinos. Y Kochavi, ya como comandante general de división en Gaza, tuvo que cancelar en 2006 un viaje a Londres tras advertir que podía ser detenido y juzgado por crímenes de guerra.

No sólo los autores de Mil mesetas, sino Jean-François Lyotard, Paul Virilio e incluso Guy Debord fueron estudiados -diríase, como mínimo, “fuera de contexto”- dentro del instituto fundado por Naveh, en el que cursaron, entre otros, el comandante de colegios militares israelíes Gershon Hacohen, el jefe de una unidad de inteligencia Nitzan Alon y el brigadier general Gal Hirsch, comandante de la División 91 que actuó en Líbano en 2006. Pero el principal referente que tomaron para pensar en contra del viejo concepto militar de segmentos estrictos, con batallones y regimientos en formación lineal, para que el soldado israelí se ajuste a la capacidad furtiva de sus oponentes y actúe en enjambre, de modo disperso, difuso y flexible, fue sin duda el “comandante Deleuze”. Como dijo Naveh a Yotam Feldman, periodista del matutino Haaretz, cuando se le preguntó si era consciente de que el pensamiento de resistencia y liberación de Deleuze había sido influido por las revueltas de 1968: “Por supuesto. Y esta guerra tiene que conducir a la liberación de los palestinos. Liberación es crear una prisión y desmantelarla, crear una forma de pensamiento y desmantelarlo: liberación es la idea de cambio permanente… Y el movimiento de ejércitos implica liberar al pensamiento de sus cadenas”.

Bajo cada judio, un egipcio

Alguno dirá que no lo leyeron bien, que olvidaron la condena de Deleuze a la ocupación israelí en 1987. Otro observará que ciertas apropiaciones de este autor tienden a crear jerga para uso y abuso. Otro, que una lectura sesgada y fragmentaria puede perfectamente oponer a los sacerdotes despóticos del Islam y a los arcaicos estados teocráticos, árabes o persas, toda la artillera teórica deleuzeana, con sus trazados conectivos y contagios del pensamiento producido en estados capitalistas “avanzados”. Y aun otro podrá lamentar que en la guerra las palabras no sirvan o que también entren en guerra las palabras.

De cualquier manera, la introducción de estos textos en las fuerzas armadas israelíes no dejó de ser una aventura marginal. Naveh tuvo que retirarse en 2005 tras un informe negativo acerca de su instituto, cuestionado porque la mayor parte de la investigación había tenido producción oral y no escrita, y por otras críticas de académicos militares que señalaban que su trabajo estaba viciado por una “indistinción posmoderna entre mentira y verdad”.

Hoy Naveh es ya un autor publicado en Londres (In Pursuit of Military Excellence: The Evolution of Operational Theory) y consultor en EE.UU., da conferencias en varios países y, sintiéndose incomprendido, suele lanzar agresiones de cierto calibre (“idiotas”, “ignorantes”) sobre muchos jefes militares israelíes, a quienes acusa de no haber sabido conducir con inteligencia la guerra. Pero los efectos de las lecturas que introdujo pueden tener largo alcance. La última intervención en Gaza parece confirmar la intención de las FDI de operar tanto a escala convencional, con bombardeos masivos sobre poblaciones civiles, como a través de “maniobras fractales” más selectivas para “alisar” el terreno. En fin, ya se sabe: ser fluidos, cambiantes, apelar a todos los recursos, entrar por la ventana en vez de usar la puerta. Queda por ver si terminarán teniendo más capacidad de mutación y conectividad que los milicianos de Hamas en Palestina.

En Mil mesetas, Deleuze y Guattari describen cómo los Estados convierten las máquinas de guerra inventadas por los nómades en instituciones militares, cómo las adaptan a la forma estatal, y cuáles son las consecuencias de esa adaptación. Una de ellas es que pueden terminar convirtiéndose en máquinas de (auto)destrucción, con la guerra como único objetivo. “Es cierto que la guerra mata y mutila espantosamente. Pero lo hace tanto más cuanto el Estado se apropia de la máquina de guerra.” Refieren al ejemplo del nazifascismo europeo, por cierto: un nihilismo realizado, una pura línea de autoabolición. El Estado suicida del que habló Virilio. Pero ¿qué lejos estamos del encuentro con ese peligro final en Medio Oriente?

“Bajo cada negro y cada judío hay un egipcio”, decía Deleuze. En jerga criolla básica: aun las minorías más perseguidas y las formas más evolucionadas recubren una inscripción despótica, un sueño de faraón o emperador, un Führer en potencia. Cierta miopía puede ilusionar a algunos con que esas lecturas habrían de volverlos más claros, mejores, superiores. La claridad del microscopio, del radar que mira a través de las paredes, la claridad que enceguece. De esa oscura claridad al delirio del poder hay un solo paso. Y de ese poder a la guerra por la guerra en sí, apenas otro.

Página 12/Suplemento Radar

Instantáneas de una catástrofe

Publicado en Uncategorized el Febrero 6, 2009 por gabrielmuro

Las mejores imágenes del “período Bush”.

Imágenes reveladas que develan al velado:

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Para ver la galería completa junto a entrevistas a los fotógrafos:

http://morris.blogs.nytimes.com/2009/01/25/mirror-mirror-on-the-wall/