La irrupción de la literatura de Rodolfo Walsh ha marcado los principios de un periodismo testimonial comprometido con las luchas sociales. Su figura es paradigmática del intelectual crítico que hace de la escritura un arma de batalla y de denuncia.
Antes que Truman Capote y su “A sangre fría”, Walsh realiza “Operación Masacre”. Allí inaugura un nuevo tipo de novela que utiliza el idioma de la crónica periodística para retratar los fusilamientos de José León Suárez. Walsh no tiene tiempo ni intención de jugar con la prosa, lo suyo es la urgencia, es la necesidad de denunciar y de sacar a luz lo que el poder quiere mantener en la sombra. Su escritura debe ser casi inmediata, comprensible para cualquier lector de diarios o de gacetilla sindical.
Lo que diferencia a Walsh de Capote es la forma de la denuncia. “A sangre fría” también es una obra “comprometida” con la crítica del sistema de vida americano. Sus protagonistas son marginales sin rumbo que asesinan a una familia ejemplar. Son la podredumbre que se gesta debajo de los padres afectuosos y las princesas de los bailes de graduación. Sin embargo su fría y medida narrativa nos deja un lugar para lo ambiguo, para la duda, más allá o más acá del maniqueísmo. Walsh en cambio quiere dejar en claro su posición, siembra héroes y terribles enemigos del pueblo. La prensa en Walsh se convierte en fúsil.
”¿Quién mató a Rosendo?” es un libro en donde la investigación periodística se mezcla con la lucha política hasta confundirse. El asesinato llevado a cabo por el sindicalista Augusto Vandor y su patota, será el principio para denunciar la corrupción del gremialismo vandorista, al cual Walsh juzga como el gran enemigo de la resistencia y de la revolución proletaria en la Argentina. Walsh reconstruye meticulosamente los hechos y descubre que la propia mano de Vandor apretó el gatillo contra su colaborador Rosendo García en medio de un extraño y repentino tiroteo en una pizzería de Avellaneda. En una mesa están los trabajadores de la resistencia junto con su mentor, el viejo Blajaquis, que les ha enseñado a los trabajadores como la lucha de clases hace avanzar a la historia y los hace tomar conciencia de la causa revolucionaria. En la otra mesa están Vandor y sus colaboradores, los corruptos, los oportunistas, los envilecidos y cobardes que no dejan de traicionar a su clase. El bien y el mal se tirotean entre moscactos, whiskys y muzzarela. El lector se estremece frente a la infinita corrupción moral de los asesinos, se indigna y en algunos casos toma las armas.
El mismo Walsh reflexiona sobre el ser de la novela en una entrevista realizada por Ricardo Piglia: “Habría que ver hasta qué punto el cuento, la ficción y la novela no son de por sí el arte literario correspondiente a una determinada clase social en un determinado período de desarrollo, y en ese sentido y solamente en ese sentido es probable que el arte de ficción esté alcanzando su esplendoroso final, esplendoroso como todos los finales, en el sentido probable de que un nuevo tipo de sociedad y nuevas formas de producción exijan un nuevo tipo de arte más documental, mucho más atenido a lo que es mostrable. Eso me preguntaron, me hicieron la pregunta cuando apareció el libro de Rosendo. Un periodista me preguntó por qué no había hecho una novela con eso, que era un tema formidable para una novela. Lo que evidentemente escondía la noción de que una novela con ese tema es mejor o es una categoría superior a la de una denuncia con ese tema. Yo creo que esa concepción es una concepción típicamente burguesa, de la burguesía y ¿por qué? Porque evidentemente la denuncia traducida al arte de la novela se vuelve inofensiva, no molesta para nada, es decir, se sacraliza como arte. Ahora, en el caso mío personal, es evidente que yo me he formado o me he criado dentro de esa concepción burguesa de las categorías artísticas y me resulta difícil convencerme de que la novela no es en el fondo una forma artística superior; de ahí que viva ambicionando tener el tiempo para escribir una novela a la que indudablemente parto del presupuesto de que hay que dedicarle más tiempo, más atención y más cuidado que a la denuncia periodística que vos escribís al correr de la máquina. Creo que es poderosa, lógicamente muy poderosa, pero al mismo tiempo creo que gente más joven que se forma en sociedades distintas, en sociedades no capitalistas o en sociedades que están en proceso de revolución, gente más joven va a aceptar con más facilidad la idea de que el testimonio y la denuncia son categorías artísticas por lo menos equivalentes y merecedoras de los mismos trabajos y esfuerzos que se le dedican a la ficción”.
En este fragmento quedan delineadas algunas de las ideas fundamentales de Walsh acerca de la poética: La novela como forma literaria típicamente burguesa, la superación de esta forma novelística y la denuncia, el testimonio y la presentación de los hechos como los pilares de una narrativa revolucionaria o por lo menos anti-burguesa. Y en este punto es donde podría localizarse un encuentro entre la literatura de Osavaldo Lamborghini y la de Walsh. También el autor de “El Fiord” esta preocupado por superar o por lo menos escribir desde otro lugar que no sea ya el de la representación orgánica de la novela burguesa. Los dos la ven falsa y caduca.
Frente a los cánones de la representación literaria Walsh comenta: “Yo prefiero simple presentación de los hechos. Eso quiere decir que la novela es lo difícil de decir, lo que se resiste a ser dicho. Lo que me compromete más a fondo. Otra variante que he pensado es que la novela es la última forma de arte burgués y por eso ya no me satisface.”
No podemos decir que esta forma narrativa haya superado a la novela convencional. Su potencia revolucionaria, en cambio, se ha institucionalizado y cualquier periodista de hoy en día utiliza estos recursos. Como el marxismo con Stalin o el dadaísmo y el mundo publicitario o tantos procesos rupturistas, lo que en principio era novedad y revuelta luego es disecado y neutralizado como mero formalismo discursivo. Al respecto David Viñas escribió: “si Walsh, con los rasgos artesanales de su producción, representa una suerte de cristianismo primitivo dentro de este linaje periodístico, ¿Verbistky, acaso, representa la institucionalización correspondiente al catolicismo?”.
Es decir que su literatura pierde la carga proletario-revolucionaria y se convierte en el pañuelo del pequeño burgués indignado.
Osvaldo Lamborghini desarrollará un arsenal literario muy diferente. Su “línea de fuga” estará dada menos por la denuncia que por la exacerbación de las imágenes grotescas y sangrientas. Utiliza a fondo la ironía y un humor descabellado para adentrarse también en el mundo de las luchas políticas y las luchas de clase. Lamborghini hace estallar al lenguaje en mil pedazos, forma y contenido se confunden pero de una forma muy diferente a la de la literatura de Walsh. Serán las terribles violaciones del niño proletario o la de los personajes de “El Fiord” la manera en que la injusticia social y la humillación se harán verbo y también carne.
“El Fiord” esta armado según una serie de referencias muy difusas y cambiantes a un afuera del espacio del texto. Todo el relato se desarrolla o se despliega en un navío en donde la figura paternalista y sádica del Loco Rodríguez viola y castiga sucesivamente a un grupo de personajes que se encuentran en un estado donde se mezclan el dolor, el encierro y el goce. Todos estos estados se confunden hasta alterar las identidades de los personajes. Uno representa a la CGT, otro a Vandor y también hay un representante de las bases del movimiento. Todo se desarrolla en un adentro implacable y claustrofóbico, un espacio de encierro donde casi no entra siquiera un haz de luz. Tanto es así que los personajes hasta terminan por devorarse. Su ambiente podría compararse al experimentado por Sartre en “a puerta cerrada” donde el infierno es una minúscula habitación donde sus habitantes deben permanecer toda la eternidad. También se podría pensar en el Marques de Sade y sus espacios cerrados de experimentación erótico disciplinarias tal cual lo vemos también en el film “Saló o Los 120 días de Sodoma” de Pasolini. Todo estos casos de encierro constituyen a su vez un afuera insondable, un afuera que problematiza y desespera el encierro. Es el fascismo en Pasolini, los Otros en Sartre y los conflictos del movimiento peronista y de la Argentina en “El Fiord”.
Al mismo tiempo o en un mismo movimiento, Lamborghini lleva el espacio representacional a su extremo, a su límite, no solo por las imágenes grotescas que suscita sino porque la propia forma escritural se vuelve confusa o inorgánica donde lo verosímil y la “legibilidad” se ponen en cuestión permanentemente. De esta forma Lamborghini rompe con la representación, la evidencia, la muestra desnuda y descuartizada en lugar de intentar alcanzar esa presentación de los hechos como en Walsh. No es el grado cero de la escritura, es una graduación elevada a la enésima potencia.
En “El Fiord” encontramos una clara alegoría acerca de la relación entre los sindicalistas y el gobierno y particularmente entre Vandor y Perón. A Lamborghini también le preocupa la “escena” política y sus “actores” concretos, pero no para denunciarlos sino para hacerlos entrar en una vorágine de un orden distinto al de los hechos en sí.
Como plantea Cesar Aira, Lamborghini inventa una nueva forma de alegoría. Ya no se trata de una forma vertical donde lo alegorizado y la alegoría se encuentran orgánicamente conectados y relacionados por las leyes de la representación, la semejanza o la identidad. Por el contrario aquí se produce una alegoría horizontal donde las formas de la alegoría mutan a lo largo del mismo texto. Los personajes cambian de nombre, el tiempo y el espacio se deforman y el encierro constituye no ya un universo ordenado sino un caos representacional. El sentido como reemplazo de un término por otro se desarrolla aquí como un tren descarriado que muta en el infinito. Esto quiere decir que no hay un sentido último para resolver esta alegoría sino que se multiplican y se fragmentan.
Aira comenta que “El Fiord” contiene una lógica monádica a la manera de Leibniz ya que en el se encuentra “plegada” toda la obra de Lamborghini y todos sus “temas” o como le gusta decir a Aira, su “procedimiento”. Además los textos de Lamborgini tienen una característica muy particular que es su mixtura entre el verso y la prosa, un mezclar lo estrictamente narrativo con imágenes poéticas o juegos de palabras que constituyen una dinámica que los distingue. En este sentido Cesar Aira también comenta: “Hay una arqueología poética en la prosa, y viceversa; una doble inversión, cuya huella es aquello en lo que muchos han visto lo más característico del estilo de Osvaldo: la puntuación. Por otro lado, él mismo lo ha dicho: «En tanto poeta, ¡zás! novelista»”. En Lamborghini se conjugan la prosa y el verso y dan una mezcla entre lo fijo y lo variable, entre lo intenso y la extensión, en un “entre” en donde se despliegan todas las potencias de una literatura mas allá de la representación, una literatura de la diferencia y que recuerdan el “caosmos” deleuziano.
Con Walsh siempre sabemos que esperar. Siempre se tratará de los nobles y virtuosos contra los despreciables traidores del pueblo. En este sentido también podemos volver al comentario de Viñas y ver en el discurso de Walsh una pastoral y un discurso moralista que en realidad no sería tanto el del profeta como el de la iglesia. En cambio Lamborghini desafía al lector, siempre se transforma, sabe que detrás de los disfraces y las máscaras no hay nada más que mascaras y disfraces.
Lamborghini entiende que a la novela burguesa o a la narrativa burguesa no se la supera a través del testimonio ni de la investigación balística o forense. Él cava mucho mas hondo y asocia novela burguesa con el mismo orden de la representación. Y ésta no es una diferencia para nada menor entre los procedimientos literarios de Walsh y de Lamborghini. El último se propone destruir el universo representacional desde una representación extasiada y llevada al límite, pretende desconcertar y constreñir la sensibilidad del lector.
Creo que puede verse en Lamborghini las formas de la representación orgiástica (casi literalmente) que Deleuze analizaba como propia de los universos alcanzados por Hegel y por Leibniz. Se trata de la aparición del infinito como lo esencial del movimiento del mundo. Leibniz encuentra en la monada lo infinitamente pequeño y Hegel encuentra en la dialéctica y las oposiciones lo infinitamente grande. En Hegel se trata del procedimiento de la contradicción y en Leibniz de la vice-dicción, de la fuerza de lo divergente más que de la conjugación de lo contradictorio. En este sentido la amistad entre César Aira y Osvaldo Lamborghini también filosóficamente se revela fructífera. Aira ha declarado reiteradas veces su interés por la filosofía de Leibniz y que su utilización del continuo la toma del filósofo alemán. A su vez Lamborghini también ha demostrado un gran interés por Hegel como por sus “hijas”. Para Deleuze estas formas de la representación se proponen adueñarse de la diferencia y del movimiento vital infinitamente “transformista” para reducirlo a la forma de lo Mismo y de lo Idéntico, acaso la gran ambición de la representación. Y si efectivamente hay un “mundo” clásico de la representación como plantea Foucault en “Las Palabras y las Cosas” este no puede escindirse del mundo burgués que aflora en el siglo XVII y de todos sus juegos de poder y de verdad. Hegel reducía la diferencia a la negación y ésta se convertía en la salvaguarda de todo el mundo representacional, que en la episteme clásica se concentraba en la vida, el trabajo y el lenguaje. Lamborghini en este sentido es más leibnizniano y tiene más en común con Cesar Aira que con Hegel ya que no opera a través de grandes contradicciones sino de vice-dicciones. No hay síntesis posible para el niño proletario. Además su escritura es profundamente “transformista” mas por la fuerza del par pliegue-despliegue que por el espiral ascendente de la fenomenología. En este punto es donde puede hallarse un barroco Lamborghiniano, siguiendo a Deleuze en su definición del barroco como la operatoria del pliegue, quien también planteaba que mientras Hegel llevaba la representación a su apogeo orgiástico, Leibniz abría el camino para su fin y para la aparición de formas de percepción verdaderamente diferentes gracias al mecanismo fundamental de la vice-dicción.
De todas formas, lo importante es la lucha de Lamborghini por alcanzar formas literarias que excedan y “enfermen” el orden de la representación, pero partiendo de las reglas de esta misma imagen de pensamiento para invertirlas. Solo de esta forma es posible superar la novela burguesa.
Walsh en cambio no solo no supera a la novela burguesa sino que la salva y la conserva. Su “presentación” de los hechos casi no se diferencia de la representación clásica.












