Intelectual al servicio de la vida cotidiana, pope del medioactivismo europeo, Berardi es un lúcido crítico del capitalismo neoliberal en la era informática. Atento a la íntima relación entre economía y salud, propone una lectura de la crisis financiera y una “nueva cultura de la frugalidad” que pueda superarla, además de señalar límites y justificaciones al entusiasmo por el flamante nuevo gobierno en Estados Unidos, donde él vivió a principios de los 80.

Nacido en Bolonia en 1949, donde hoy reside, licenciado en Estética, partícipe como estudiante del movimiento del 68, agitador intelectual del autonomismo obrero en los 70, fundador de la primera radio comunitaria italiana en 1977 (Radio Alice), medioactivista consuetudinario, Franco Berardi, apodado Bifo desde joven, es uno de los más originales pensadores actuales del funcionamiento de las redes productivas, es decir, de la renovación de los modos de ser del capitalismo.
Así, quien a fines de los 70 huyó de la policía italiana hacia Francia, donde frecuentó a pensadores como Felix Guattari y Michel Foucault, en los últimos años viene publicando diversos libros donde analiza la “mutación antropológica” protagonizada por la humanidad desde las primeras generaciones educadas frente a la pantalla, superficie tecnológica a través de la cual a los hombres nuevos se les presenta el mundo (“les enseña a los niños más palabras que su madre”).
O también habla, Bifo, del “capitalismo recombinante”, donde las cadenas productivas no necesitan personas sino momentos puntales, aptitudes, cualidades, backgrounds; momentos y ejecuciones que luego se recombinan con otros, sin hacerse cargo necesariamente del cuerpo y la vida de la cual el momento tomado como insumo forma parte; momentos fuera de los cuales todos resultamos prescindibles, causando -además de workaholics- esa sensación de vacua contingencia tan denunciada por los teóricos de la posmodernidad.
Bifo es un autor que, desde el espectro intelectual trabajado por Gilles Deleuze y Toni Negri, ofrece intuiciones e interpretaciones singulares y aperturistas para los rasgos fundamentales de la sociedad contemporánea. Pero lo hace partiendo muchas veces de problemas urgentes para todos, como, por ejemplo, los asesinatos colectivos en las universidades y escuelas estadounidenses, que vincula con la gestión farmacológica de las depresiones (que desinhibe sin sanar), con el retiro del sentido de la vida social y la frustración siempre agazapada en los proyectos de vida basados en el éxito individual. A su vez, vincula al metodismo calculador propio del puritanismo con la lógica binaria de internet y sus respectivas capacidades de albergar diversas poblaciones, en un caso, y de información en el otro.
Berardi es especialmente sensible hacia la cultura estadounidense porque vivió en Nueva York entre el 80 y el 83. Al respecto cuenta: “La situación italiana era muy tensa para mí. En los 70 había participado en el movimiento de autonomía, que era libertario, anticapitalista pero también antiestalinista. Sin embargo, las Brigadas Rojas, que sí eran estalinistas, ocuparon la atención política más tarde; me sentía enemigo tanto suyo como del Estado. Decidí escapar. ¿A dónde? A la ciudad cuya escena cultural y musical parecía más interesante: Manhattan. El sitio era fantástico para participar en los acontecimientos de la época, la radicalidad punk y el experimentalismo new wave. Además, la mutación tecnológica video-electrónica estaba en el aire, y se mezclaba al sentimiento de catástrofe del punk. Pero lo que más me interesó fue el sentimiento de vivir en una situación completamente nueva a nivel cultural, porque Europa, de donde venía, era -y en cierto sentido sigue siendo- un lugar culturalmente homogéneo, donde los extranjeros son una diferencia lejana y difícilmente asimilable, mientras que la realidad neoyorkina me golpeaba con una heterogeneidad feliz, con la locura alegre de la población multiétnica; una explosión de vitalidad urbana hecha de una mezcla de indigenismo, punk, droga y creatividad. Después, allí las cosas cambiaron profundamente, con la ola reaganiana antilibertaria, manifestada en la ideología de la seguridad durante el período del alcalde Giuliani”.
ALMA MAGAZINE: Esa corriente ideológica se correspondía con el neoliberalismo -en ciernes desde la crisis del petróleo de fines de los 70-, que, como es oportuno señalar, es el modelo que actualmente se cae a pedazos. ¿Cómo interpreta usted la actual crisis financiera?
FRANCO BERARDI: La crisis financiera (y económica) puede leerse como una consecuencia de la devastadora política de hipercrecimiento e hiperconsumo promocionada, en efecto, por el capitalismo neoliberal. Hace poco, el periodista estadounidense Thomas Friedman escribió en el International Herald Tribune que lo que se verificó en los últimos años ha sido una transferencia de recursos gigantesca, histórica, que supera hasta precedentes como la revolución bolchevique de 1917. Pero, dice, no se trata en este caso de una transferencia de riquezas y poder de una clase social a otra, sino que asistimos a una transferencia de recursos del futuro hacia el presente. Porque recursos financieros, económicos y naturales, destinados a las generaciones venideras, han sido consumidos en la actualidad de manera destructiva. Es por eso que las nuevas generaciones se encuentran esencialmente desprovistas de los elementos necesarios para proyectar una vida económica.
AM: ¿Cómo pueden afrontar ese peso las generaciones jóvenes?
F.B.: Lo que tendrá que ser pagado por las generaciones del futuro es el inmenso gasto del plan de rescate bancario. La deuda se hace inmensa, aunque es sobre todo una deuda de este tiempo hacia el porvenir. Porque se invierte con esfuerzos sociales gigantescos en empresas que no tienen ninguna utilidad social. Por estos motivos, en Italia el movimiento estudiantil que protagonizó importantísimas protestas en los últimos meses de 2008 (La Onda) dice: “Vuestra crisis no queremos pagarla”.
AM: Ese rescate, ¿implica una lógica de funcionamiento del sistema?
F.B.: La ideología moderna y la acumulación capitalista se fundan sobre la negación del carácter limitado de los recursos naturales, energéticos y, sobre todo, de los recursos psíquicos de los humanos. Y lo que vemos hoy claramente es el agotamiento de estos recursos. La naturaleza no puede soportar una explotación infinita, la energía psíquica de los seres humanos tampoco, porque provoca fenómenos masivos de pánico, de depresión, como se viene viendo en los últimos lustros. La economía capitalista contemporánea se ha apoyado en la industria farmacológica, en drogas que permiten a los trabajadores adaptarse al régimen de producción constante, no obstante esto ya la primera crisis de las empresas punto com hizo patente el límite. Los recursos necesarios para seguir desarrollando la sociedad bajo las condiciones del crecimiento capitalista se agotaron, y el plan de rescate de los bancos centrales de las potencias occidentales no puede sino acarrear el secamiento de toda la energía económica de crecimiento posible.
AM: No parece un pronóstico muy feliz. ¿Encuentra en el panorama algunos elementos alentadores?
F.B.: Creo que la humanidad está frente a la necesidad de cambiar radicalmente su estilo de vida y de consumo. Lo cual puede ser un proceso infinitamente doloroso y agresivo, ya que muchos occidentales seguramente se resistan a aceptar este cambio, y una verdadera ola de guerra civil interétnica podría manifestarse en los próximos años en todo el mundo occidental; sobre todo en Europa, donde por causa de una ofensiva mediática racista, los inmigrantes son percibidos como la causa de la reducción de los recursos disponibles. En estas condiciones, lo que emerge como necesario, inevitable, es un salto en una dimensión distinta, una dimensión post-crecimiento.
AM: ¿Post-crecimiento?
F.B.: Post-crecimiento es una nueva cultura de la producción, basada en una redefinición de la percepción social de la riqueza. No necesitamos de un crecimiento sin límites del consumo. No necesitamos de una aceleración continua de los ritmos de producción, más bien deben ser reducidos, igual que el tiempo de trabajo. Los seres humanos tienen que gozar de tiempo libre y socializar la forma misma del consumo. Eso es el principio del post-crecimiento.
AM: ¿Cómo se organizaría materialmente ese post-crecimiento?
F.B.: Para recuperar el futuro es fundamental, insisto, ser capaces de crear una nueva percepción de la vida cotidiana, una percepción post-económica; concebir la riqueza, por ejemplo, como el goce de la pereza. Creo que los protagonistas del cambio social no serán pobres, sino ricos, pero ricos de tiempo.
AM: ¿Qué significa tener tiempo? Me imagino que no se refiere ni a ricos que viven de rentas ni a sufridos desocupados.
F.B.: Bueno, es una pregunta que necesitaría mucho tiempo para ser tomada en profundidad. Aunque en principio creo que tienen tiempo aquellos que se inventan modos de derrocharlo activamente. Es precisa una trastocación de los criterios y las jerarquías de los valores. Por ejemplo, la movilización antibélica está destinada a una toma de conciencia de la inhumanidad implícita de la sumisión del saber y de la vida al beneficio; el slogan “no blood for oil” (no a la sangre a cambio de petróleo) expresa esta conciencia. Sé que una nueva cultura de la frugalidad es, en este momento, una posibilidad marginal aunque necesaria. Una reducción general del esfuerzo económico, de la competencia económica exasperada; una expansión del tiempo de goce, de libertad, de comunidad, de afección, de cultura. Apostar por proyectos de vida cotidiana que propicien una nueva relación con el territorio urbano, una liberación de la máquina, el petróleo y sus inercias automáticas.
AM: Respecto específicamente del escenario estadounidense, ¿cómo lee la victoria de Barack Obama? ¿Puede expresar voluntades de un cambio en el sentido que usted pregona?
F.B.: Para desplegar este cambio es necesaria una verdadera revolución cultural. Por supuesto no conozco los pensamientos íntimos de Barack Obama, pero no parece haberse expresado con demasiado detalle y profundidad sobre las decisiones económicas de su inminente presidencia. Es probable que el primer presidente post-partisan y post-ideológico no tenga ideas prefijadas; es probable que verdaderamente sea tan pragmático como se dice. Sin embargo, aún esto no significa mucho. El puede elegir favorecer a las corporaciones capitalistas globales, puede impulsar un relanzamiento del capitalismo concurrencial, es decir recurrir a los modelos de producción capitalista clásicos, fabriles, lo cual sería un fracaso terrible; o puede optar por favorecer las fuerzas sociales de la cultura, de la tecnología dulce, del trabajo como fuerza creativa.
AM: ¿Qué significa post-partisan?
F.B.: Obama se presenta como presidente post-partisan en el sentido de que no quiere representar sólo una fuerza política contra la otra, sino que quiere representar a todos los estadounidenses. Presunción que puede leerse en el marco de una superación de la lógica bipartidaria confrontativa de la Guerra Fría. No obstante, naturalmente, esta autopresentación del nuevo presidente norteamericano tiene a su vez mucho de ideológica, y se funda en la pretensión de que los intereses de las diferentes clases sociales se puedan identificar en una misma política de unidad de todos contra la crisis. Desafortunadamente, las cosas son mucho más complicadas.
AM: ¿Pero cuáles son las tendencias contenidas en la victoria de Obama que más esperanzadoras le resultan?
F.B.: El triunfo de Obama no puede entenderse sin el efecto que tuvo la presidencia de George W. Bush, sobre todo el altísimo grado de aislamiento que adquirieron los estadounidenses, además de la estrepitosa derrota geopolítica y económica. El sistema norteamericano necesita una nueva cara, un rostro completamente diferente con el que pueda presentarse a los pueblos de toda la tierra. La cara de Obama es nueva; queda por ver si se corresponde, a su vez, con una nueva alma cultural de la sociedad. Y por otro lado, creo que es importante considerar la posibilidad de que la victoria de Obama esté ligada al renacimiento indigenista que en los últimos años se produce en los países latinoamericanos.
AM: ¿Son esas fuerzas suficientes para imaginar un liderazgo mundial estadounidense con una modalidad bien distinta a la actual?
F.B.: No sé si Obama tendrá la fuerza necesaria para imponer un cambio de dirección tan profundo que logre que Estados Unidos devenga la vanguardia del post-crecimiento y del post-capitalismo en el mundo. Y si bien tal cosa parece paradójica, es el papel que le toca hoy por hoy al presidente estadounidense. No será fácil: las fuerzas contrarias son inmensamente potentes. Pero también es inmensamente profunda la crisis del modelo regido por esas fuerzas.
Texto: Agustín J. Valle