Archivos para Junio, 2009

El Rock, una ilusión sin porvenir

Publicado en Uncategorized el Junio 23, 2009 por gabrielmuro

Artículo publicado en NACIÓN APACHE

 

Mientras que en el dominio de la Naturaleza ha realizado la Humanidad continuos progresos y puede esperarlos aún mayores, no puede hablarse de un progreso análogo en la regulación de las relaciones humanas, y probablemente en todas las épocas, como de nuevo ahora, se han preguntado muchos hombres si esta parte de las conquistas culturales merece, en general, ser defendida.

 

Sigmund Freud, El Porvenir de una Ilusión

El obituario del rock podría fecharse con el 5 de abril de 1994, noche en la que Kurt Cobain se inmolaba por los pecados de MTV y de toda una generación psíquica y políticamente cosificada. El rock se encarnó en un hombre, lo cual es extraño tratándose más bien de un anticristo superstar. Contradicción en sus términos: el anticristo desprecia a sus fans. Pero continuemos. De ahí en más solo se han sucedido nuevas fechas de vencimiento para un producto ya demasiado rancio o bien completamente museificado en su senil heroísmo. El No Future punk se encarnó en Kurt Cobain de una manera fatal, de una manera mucho más conciente que en Sid Vicious. La tragedia del rock nada tiene que ver con el “sentimiento trágico” del dionisiaco coro griego, sino con la tragedia a secas, la de los tipos que chocan contra sus propias creaciones, sus propio yoes vueltos fetiches, el pathos del rockstar que es superindividuo y a la vez súper masivo, donde ya no sabe si es más popular que Jesús, si se compadece o si siente simpatía por Dios. Es la tragedia de lo que quedó trunco, de lo que no llegó a ser lo que era. De ahí que tantos rockeros célebres compongan el panteón de las muertes jóvenes, en la flor de su plenitud creativa. El rock dio desde el principio señales de que no iba a poder realizar su misión histórica, la de trastocar radicalmente los valores y los modos de vida. 

La obra de arte en la época de su reproducción digital

Una de las grandes invenciones del rock ha sido precisamente el recital de rock, experiencia transfigurante que nada le debe al público de butaca ni al orden de masas fascistoide. Es verdad que, como planea Enrique Symns, el escenario es un lugar de poder, y los fanáticos siguen al líder, como al rocker lunático de The Wall. En verdad habría una perversión del fanatismo de masas en el rock. Esos gritos histéricos que el rock despertaba en sus comienzos, esos trances de LSD, esos gritos y chiflidos, ese descontrol, que como en el teatro de la crueldad de Artaud, se propagaban como la peste preocupando a padres y a sacerdotes ¡qué lejos que estamos hoy, aquí, en este multitudinario y ordenadito Quilmes rock, donde las empresas de bebidas te cercenan ya completamente, midiendo y cartografiándolo todo!. El concierto de rock entre alambre de púas y ejércitos de seguridad privada es la deriva final de un rito social que se quema muy despacio. Sin embargo, la desgracia del rock se vio temprano, en aquel fatídico festival de Altamont donde los Stones contrataron a los Hells angels para oficiar de guardianes. Fue la primera estocada.

Hubo siempre una tensión fundamental al interior del concierto de Rock: la liberación dionisiaca y la desinividualización erótica junto a la posibilidad de que todo se deshaga a través de la violencia absurda. Esta segunda opción ha sido siempre el mejor caldo de cultivo para los defensores del orden y la seguridad. Es la otra tragedia, la de Cromañón y los jóvenes sin salida, siquiera de emergencia. Republica Cromañón, un nombre que de alguna manera homenajeaba al hombre salvaje primigenio, el hombre no mediado por la cultura, el hombre que aún no sabía nada acerca de normas de seguridad. La peor noticia es que ha quedado completamente atrás una idea propia del concierto de rock en sus orígenes, donde había una ética en común no dirigida ni institucionalizada que propiciaba el fluir de la ceremonia prescindiendo de todo control policiaco exterior. El rock no es una identidad, ni una ideología, sino un movimiento permanente de desidentificación y de autonomía, de lucha contra el sujeto trascendente a la vez que una modalidad rítmica de crear nuevos lazos sociales. De hecho, la práctica de intercambio libre de archivos a través de Internet tuvo su origen en Napster y la autoorganización de miles de usuarios dispersos que fundaban una nueva forma de intercambio musical vía download y de la alteración de la lógica monopólica del mercado discográfico (aunque Metálica prefiriese dejar que el mercado, los abogados, representantes y accionistas se encargasen de la circulación musical llevándose su propia plusvalía como estrella asalariada). Acaso este ha sido el último grito de libertad y a su vez la emisión de una nueva fecha de vencimiento que ha dado lugar a una escucha mucho más aislada, hiper saturada de mp3 que nunca se llegarán a escuchar, con Ipod patrocinado por U2. Entonces ¿qué queda cuando las identidades mercantiles anfitrionan los conciertos de rock?

Contracultura

El rock siempre ha tenido que ver con la idea del salvajismo, de algo primal como el golpe de una piedra. Ya sea por los pelilargos andróginos, los gritos guturales y las fachas desvencijadas. Sin embargo, esta es sólo una ilusión que sólo podía confundir a viejos vinagres, como los suegros oligarcas de los personajes hippies del joven Palito Ortega (quién hoy cuida paternalmente de Charly García) que al final de la película reconocían la “humanidad” del hippie cantando al unísono. El rock es eminentemente cultural, no hay salvajismo rescatado, así, la monstruosidad del rockero (Manson), su androginia, su carácter único y singular, su aura, el rockero como superhombre. La contracultura, dice el Indio Solari, se alimenta precisamente de los desechos de la cultura: el cómic, la literatura beatnik o la música de los esclavos. Cultura marginal, desde la influencia de los románticos en los Dark hasta el dandismo de los mod. El rock le debe mucho más a la cultura decadente del cabaret berlinés de entreguerras que a las formaciones nazis posteriores. Más cerca de Kurt Weill (según Morrison) que de Leni Reifensthal (según Roger Waters). Mucho más en común con el teatro de la crueldad (Iggy Pop) que con Verdi (Rock sinfónico). La cultura entendida ya no freudianamente, como apaciguadora de los instintos, sino Nietszcheanamente, como el resultado del combate entre los instintos. El rock pone en escena esa lucha instintiva electrificándola, la lucha de la guitarra contra la batería, la voz aguda y sin fondo de Robert Plant, la guitarra partida de Thowsend o la incendiada de Hendrix.

La estética moderna, con Kant, se funda en la caída de los ídolos y en la muerte de Dios. En la ruptura del lazo del hombre con el mundo a través de una divinidad que asegure su identidad y la de las cosas. La estética moderna podría definirse de hecho como esa experiencia mediante la cual el sujeto se deja violar por el objeto, perdiéndose los dos a orillas del caos, o lisa y adornianamente, la estética como forma histórica y a la vez sensible de la dialéctica sujeto objeto. El rock rompe con la tradicional autonomía aurática e ideal del arte y la electrifica, le da cuerpo y una orientación combativa. Para el Nietzsche romántico la música expresaba casi idealmente la tragedia de la existencia. No así el rock, en donde la música funciona como catalizador, como detonante sensual hacia un espacio afirmativo, por ello vehiculizador de sentimientos y aspiraciones colectivas. El rock fue antes que nada un movimiento social, un catalizador de aspiraciones sociales que por otro lado nunca se realizaron, volviéndose una posposición permanente (¿què otra cosa es la cultura según Freud?). Hay que decirlo una vez mas: el rock fracasó en su inserción en la realidad, en la fuga hacia la creación de nuevos territorios existenciales. Hoy el rock se sigue alimentando de los deshechos de la cultura, pero de la chatarra en la que se volvió la misma cultura dominante, por lo que el rock se vuelve respetable, una expresión cultural más que ya no espanta a nadie, ni a Palito Ortega ni a sus suegros, y menos a sus nietos.

En verdad, lo novedoso del Rock fue su asunción de una unión, por primera vez, entre placer y revolución (The Clash). Tanto la cultura liberal como la marxista habían escindido el placer de la revolución. Por un lado la revolución del placer, la revolución sexual del amor libre (simplificada en su explicación posterior por la mera aparición del anticonceptivo) y por otro lado el sacrificio revolucionario. El rock hacía ver y sentir, por primera vez, “el placer de la revolución”, sin embargo, fue todo un sueño que pronto se terminó, the dream is over, merry xmas, a comprar regalos de navidad, y a esperar al dealer helado hasta el culo con la mente ansiosa y vaciada.

La cultura Rock ya no desafía al orden social, ya no pretende trastocar el orden del ocio y del trabajo, ya no te seduce obsequiándote las flores del mal. El adolescente refugiado en su habitación solitaria, aislándose de un presente hostil, sólo era libre el fin de semana, creándose una esfera de falsa libertad. Hoy, cincuenta años después en el desarrollo de la errancia nocturna, nada ha cambiado. El fin de semana sigue siendo esperado como panacea en discotecas, drogas sintéticas, peleas callejeras, moda hedonista y vaciamiento simbólico. Sin embargo, todo sigue igual, el lunes hay que volver al mismo trabajo de mierda o a rascarse el culo sin nada que hacer (No Fun).

El rock se convirtió en una hermosa forma musical gracias a su capacidad de crítica e inventiva social, condición propiamente popular. Hasta que la dimensión de sentido y crítica no sea recobrada, (si esto acaso aun sea posible) el rock continuará con su deriva posmoderna, frívola o autodestructiva, atada de pies y manos por la industria del ocio, incapaz ya de superar sus contradicciones constitutivas por dejar de percibirlas como tales.

Rock is over, if you want it

Almas bellas o Bocas Cerradas

Publicado en Uncategorized el Junio 23, 2009 por gabrielmuro

Por Alcira Argumedo *

En su artículo “El voto de las almas bellas” (Página/12, 15-06-09), Mario Toer nos invita a reflexionar sobre las próximas elecciones legislativas y se ocupa en especial del voto de las almas bellas, de aquellos que “quieren lo mejor para sí y para sus semejantes, pero padecen de una crónica aversión para repasar y comprender la historia y les cuesta entender la dimensión de la política”. Al igual que Carlos Heller (Página/12, 14-06-09) cuando dice “el voto romántico es un voto perdido” es fácil percibir que se convoca a votar con realismo político ante opciones supuestamente claras: “O se es protagonista con las mayorías consolidando el curso que se ha abierto o se persiste en los antiguos cenáculos que rondan el 1 por ciento en algunos distritos o, a lo sumo, en la variante nutrida de fantasías de celuloide que se conforma con contar con alguna presencia tan sólo en la ciudad que siempre ha sido esquiva a las mayorías con incesantes reclamos por todo lo que resta por hacer”. Durante los últimos seis años, el celuloide de Pino Solanas no registró fantasías sino realidades dramáticas, con información que nunca nadie pudo desmentir. Fue precisamente el contacto directo con esas realidades, con el potencial humano sufriente de la Argentina profunda, lo que nos llevó a formar Proyecto Sur y a la decisión de tener voz en el Parlamento. Porque no se trata sólo de “todo lo que resta por hacer” sino además de lo que hay que deshacer.

A modo de ejemplo, sin dejar de reconocer las cosas buenas que apoyamos del actual gobierno, en el próximo celuloide –Tierra sublevada– se aborda el tema de la minería a cielo abierto. Es conocido el veto a la Ley de Protección de Glaciares por parte del matrimonio Kirchner y el posterior aval a ese veto de un Parlamento sumiso, que antes había votado la ley casi por unanimidad. Tal decisión favorece sin duda a la empresa Barrick Gold y al gobernador kirchnerista de San Juan, José Luis Gioja, junto a sus socios o amigos; pero es preciso interrogarse si favorece a la inmensa mayoría de los argentinos, a sus hijos y a sus nietos. La información periodística señala que en el proyecto Pascua-Lama para la explotación de oro y plata a cielo abierto, la empresa utiliza 370 litros de agua por segundo: sacando cuentas, esto significa que en doce meses gasta el agua potable que una población de 40 millones de personas bebería en 24 años; y el agua que esa cantidad de población podría beber durante un siglo, la liquida en cuatro años. A ello se suman 17 camiones con cianuro por mes, que son volcados en tierras y aguas, además de 200 camiones de explosivos mensuales, destinados a la destrucción de montañas y glaciares: es el Potosí o La Forestal de nuestros días. Las almas bellas saben que el agua potable es un recurso indispensable para la vida y tiende a escasear en un futuro no muy lejano; la resistencia popular crece a pesar de las intimidaciones, pero los realistas políticos prefieren mantener la boca cerrada. Este es uno de los problemas que vamos a intentar deshacer desde el Parlamento.

A fines de 2006, el presidente Kirchner promovió la modificación de la Ley de Hidrocarburos mediante la llamada Ley Corta, por la cual los yacimientos de petróleo pasan a las provincias y se prorrogan las concesiones: esa decisión significó entregar a las corporaciones petroleras reservas por un monto aproximado de 600.000 millones de dólares, equivalentes al doble del PBI actual del país. Apoyada por el presidente, la ley posibilitó la entrega de Cerro Dragón a la Panamerican Energy hasta su extinción total en el 2047. Sobre esta base se prorrogaron o se entregaron nuevas concesiones en el resto de las provincias petroleras: el por entonces amigo gobernador Julio Cobos otorgó la mitad de los yacimientos mendocinos al grupo Vilas-Manzano (el mismo que robaba para la corona). Las almas bellas saben que esto es un latrocinio, pero los realistas políticos cierran su boca porque de eso no se habla en la Casa Rosada. Es otro de los problemas por los que vamos a luchar para deshacer desde el Parlamento.

Entre lo mucho que queda por hacer, ante todo afirmamos que el hambre es un crimen en tanto es evitable y estamos dispuestos a promover una ley para garantizar el ingreso universal por hijo. Debe mencionarse que quienes pagan impuestos a las ganancias o son tributarios de AFIP ya lo reciben, porque lo descuentan de sus aportes; mientras a los trabajadores en blanco se les suma al salario. El desafío es extenderlo a los trabajadores precarios y en negro, a los desocupados, a las familias en condiciones críticas. Se calcula que el otorgar 350 pesos por hijo, permitiría –junto a otras medidas de mediano plazo– eliminar la pobreza y la indigencia, disminuyendo sensiblemente la mortalidad infantil. Por razones obvias, la suma se entregará directamente a las familias, sin intermediarios. El monto calculado para erradicar este flagelo gira en un 2 por ciento del PBI, unos 7000 millones de dólares: las cifras comparativas indican que esto significa menos de la tercera o la cuarta parte de la renta energética –unos 25.000 a 30.000 millones de dólares por año– que queda en manos de las corporaciones y sus amigos; sin contar que se han venido otorgando subsidios del orden de 10.000 millones de dólares anuales a las grandes empresas locales o transnacionales.

Considerando que durante los últimos seis años la economía argentina creció a las tasas más altas de su historia, nos preguntamos por qué millones de compatriotas continúan sufriendo en la miseria; por qué, junto a otros cambios, no se ha impulsado la reforma de un perfil impositivo de alta regresividad, no se tocó la ley financiera de Martínez de Hoz ni se eliminó el IVA para los artículos de la canasta familiar. Mencionemos también una revisión de la legitimidad de la deuda: si la acción delictiva de los capitales financieros especulativos llevó al derrumbe de Wall Street y de las economías de la Unión Europea y Japón, imaginemos su accionar en nuestros países. Las almas bellas se indignan, pero los realistas políticos prefieren mantener sus bocas cerradas.

Estas son sólo algunas de las propuestas que Proyecto Sur llevará al Congreso ante la magnitud de la crisis mundial, que marca un cambio de época al conjugarse con los impactos de la Revolución Científico-Técnica. Dado que se trata de una crisis de sobreproducción por carencia de demanda, el único camino para superarla es una redistribución en gran escala de la riqueza: continuar con políticas que benefician a los poderosos a costa del sufrimiento de los más, no solamente es injusto; significa estar a contramano de la historia. En consecuencia, no es cierto que debemos elegir entre la derecha y un oficialismo que representa al movimiento popular. La verdadera opción es entre la continuidad de las políticas que privilegian al bloque de poder dominante, conformado por las corporaciones y los grandes grupos económico-financieros –con sus tensiones y conflictos internos– o impulsar un giro en el rumbo de nuestro país, con un proyecto en favor de las mayorías sociales y de los intereses nacionales, dispuesto a frenar el despojo al que nos ha venido sometiendo ese bloque de poder. Al margen de las retóricas de oficialismos y oposiciones (González, Página/12, 16-06-09), demasiadas veces hemos sido extorsionados por una espuria polarización, donde las amenazas del mal mayor fueron frustrando la construcción de una fuerza política, decidida a revertir décadas de saqueo e impunidad y a promover un proyecto nacional y latinoamericano capaz de dar respuestas frente a los desafíos de un nuevo tiempo histórico. Por eso hoy se necesitan muchas almas bellas y no tantas bocas cerradas.

* Segunda candidata a diputada por Proyecto Sur en Capital.

La dictadura: ¿guerra o genocidio?

Publicado en Uncategorized el Junio 20, 2009 por gabrielmuro

Desde el año 1966, el cuerpo social Argentino comienza a sufrir fuertes convulsiones. Frente al enquistamiento de las dictaduras militares y la continua proscripción del peronismo como detonantes en la epidermis política, se inician tiempos de fuertes movilizaciones sociales, reagrupaciones políticas y radicalización de las estrategias de los defensores del orden.

La movilización social, política y gremial finamente logra la vuelta de Perón, sin embargo, no fue suficiente. Los reclamos continuaron y la muerte del General deja una situación de extrema precariedad política. Perón, como aglutinante y neutralizador de las oposiciones, deja a su muerte un marco de caos e incertidumbre donde a las fuerzas en pugna solo les resta enfrentarse en un combate a muerte, un combate cuya especificidad radica en una desigualdad constitutiva: de condiciones, de objetivos y de estrategias.

El gobierno de Isabel Perón inicia el camino hacia la represión, el asesinato y el acallamiento de la revuelta social. Así, se decreta en 1974 el estado de sitio y se crean fuerzas paramilitares a cargo del ministro de bienestar social, el “brujo” López Rega, verdadera mano derecha de Perón. 

gentejunio1973

El gobierno de Isabel de Perón prepara el terreno para la inminente dictadura militar. Pone en funcionamiento toda la tecnología represiva que luego será extremada y potenciada por la propia dictadura militar. Se confeccionan listas negras por parte de los servicios de inteligencia en donde se incluyen los nombres de dirigentes sindicales, barriales y militantes de diversas organizaciones sociales, fuertemente extendidas a lo largo del país.

En verdad, las fuerzas de inteligencia y militares estaban poniendo en marcha procedimientos aprendidos en EEUU, Francia, Alemania, en instituciones como La Escuela de las Américas: listas negras, infiltración en las organizaciones sociales, la aplicación de la tortura para la extracción de información y finalmente la construcción de centros de detención clandestinos.    

La triple A pone en marcha todo el arsenal aprendido de la doctrina de seguridad nacional sumado al propio terrorismo de estado para luchar contra los grupos armados, a los que al mismo tiempo se los acusaba de “terroristas” apátridas.

Sin embargo, sumamente debilitado por el descontento popular, el gobierno de Isabel solo atinará a criminalizar y estigmatizar toda forma de lucha social, amparándose en la existencia efectiva de grupos armados como ERP y Montoneros.

La conservación e implantación de un nuevo orden civilizatorio, cristiano, occidental y pronto neoliberal,  se tornaba imposible si no se desactivaban en forma drástica y urgente los diversos focos de resistencia existentes en la sociedad argentina.

La represión que se emprendió fue violenta pero también de inteligencia: se trataba básicamente de conseguir información para así poder organizar el exterminio físico de quienes eran considerados “subversivos”. Nunca existió la opción por la neutralización jurídica como accionar válido. Muy pocos fueron los detenidos sometidos a juicios, y muchos presos políticos carecieron de proceso judicial o causa que haya justificado la privación ilegal de la libertad.

En Argentina no hubo guerra sino un trabajo de inteligencia contrainsurgente al servicio de la represión. El Estado Argentino nunca declaró la guerra, nunca reconoció a ningún grupo como beligerante, pues sin sutilezas pregonaban que “toda persona contraria al régimen era terrorista”, según los dichos de Jorge Rafael Videla: “El terrorismo no es sólo considerado tal por matar con un arma o colocar una bomba, sino también por atacar a través de ideas contrarias a la nuestra.”

Finalmente, para dar cuenta de la poca consistencia de la justificación bélica, hubo más muertos en centros clandestinos de detención que muertos en enfrentamientos.

El proceso de reorganización nacional tuvo la intención de “construir” una “nueva Argentina” a través de la modernización de la economía (vía capital financiero), el disciplinamiento de los sindicatos y del exterminio de toda revuelta.

Se trató, precisamente, de prácticas genocidas cuyo fin era el exterminio de todo un grupo nacional y político con el fin de rediagramar las relaciones de poder.

Hubo un plan consensuado destinado a actuar en todo el territorio nacional, y en otros países de la región a través del Plan Cóndor, que supuso la destrucción y el acallamiento de toda disidencia y posibilitar la emergencia y deificación del ser cristiano, occidental, y libremercadista.

escuela de las americas

Lo que constituye el horror y el poderío Genocida es una cierta capacidad de nominar al Otro, de constituirlo como Gran Otro de forma negativa. Genera vínculos imaginarios para así poder afinar la puntería y determinar el blanco sobre aquellos sectores que estorbaban a la configuración ideal de la nueva Nación Argentina. Eran “los enemigos del alma argentina”, así los denominaba el General Luciano Benjamín Menéndez.

Los campos de concentración argentinos se montaron desde el conocimiento pormenorizados de las experiencias de los campos de concentración nazis, de los campos de internación franceses en Argelia y de las técnicas de contrainteligencia norteamericanas en Viet Nam: La tortura por medio de la picana eléctrica, el submarino, la humillación continua y cotidiana de los prisioneros, el hacinamiento o el hambre, a los que se sumaron algunas especificidades de la experiencia argentina como la tortura de prisioneros delante de sus hijos o la tortura de hijos o cónyuges de los prisioneros delante de sus padres o esposos y la apropiación de muchos hijos de los desaparecidos.

La discusión acerca de si se trató o no de una guerra es en este sentido una discusión menor. Por supuesto, se trata de un problema de nominación, con todos los problemas concretos que a efectos prácticos tiene toda nominación política. Para empezar, se trata de la auto justificación del poder militar y represor: decían luchar una guerra contra un enemigo exterior, el espectro del comunismo, encarnado en el interior, fronteras adentro. Se trataría de una guerra que ya nada tiene en común con la guerra convencional. No hay ejércitos enfrentados, la infantería se vuelve grupo de tareas, los prisioneros son torturados y desaparecidos, etc. Se trata claramente de algo diferente a la guerra, la cual, como toda práctica social, también el genocidio, posee una serie de reglas. Ni siquiera es una guerra no convencional como las que se dicen combatir hoy en Irak o Afganistán contra el terrorismo, en donde queda por definir si se trata o no de una guerra o de una ocupación con muchas semblanzas de las luchas contrainsurgentes aunque con un ejército de ocupación visible.

Se trata del Terrorismo de Estado, una estrategia temible, ilocalizada y “desterritorializada”, cuyo objetivo es precisamente sembrar el terror a través de la infiltración, el trabajo soterrado de servicios de inteligencia y así conseguir la desarticulación de las organizaciones armadas. Una guerra de las fuerzas armadas contra la sociedad argentina. La violencia de las organizaciones armadas revolucionarias solo puede entenderse como respuesta a la represión exhaustiva puesta en marcha a partir de 1966 mediante la incorporación de la doctrina de seguridad nacional y por otro lado la ola de movimientos revolucionarios que recorrían toda Latinoamérica. El concepto de guerra sirve para justificar un accionar feroz y al mismo tiempo burocrático, capaz de dar exterminio a todo un grupo nacional por la preservación del orden social y económico, cada vez más desigual. En todo caso, las agrupaciones de izquierda no se planteban una “guerra”, sino la lucha revolucionaria, en la cual hay que evaluar siempre cuales son las condiciones de su posibilidad. Quizá, el error de las organizaciones armadas había sido el de haber confundido la represión y el terrorismo de Estado con una situación bélica, habiendo sido incapaces de prever la sangrienta y terrible maquinaria “microrepresiva” puesta en marcha por el poder dictatorial.

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La única verdadera guerra que dio la dictadura fue la guerra de Malvinas, vaya paradoja si se tiene en cuenta que las condiciones para pelear esa guerra, así como sus resultados, fueron desastrosos, y que muchos militares que trabajaron en la represión interna fueron incapaces de dar batalla cuando se enfrentaron a un verdadero ejército y cuando supuestamente estaban jugando el más ansiado de los juegos. Porque como dijo alguna vez Aldo Rico, el militar está hecho para la guerra… aunque se olvidó de que hay guerras que no están hechas para ciertos militares.

Por una de esas astucias de la Historia, el fin de la dictadura estuvo signado por su apabullante derrota en una guerra convencional, la última de la historia contemporánea, cuando los miliares argentinos habían aplicado con éxito y hasta adelantándose a su época, las más avanzadas técnicas de guerra no convencional al interior del propio país. Queda claro, entonces, que los militares argentinos estaban adiestrados para perpetrar un genocidio antes que para combatir en una guerra.

Saul Bass, maestro del diseño de títulos para filmes

Publicado en Uncategorized el Junio 19, 2009 por gabrielmuro

Alguien se puede sentir presionado para citar un ejemplo de una secuencia activa, autónoma y característica de los títulos de crédito antes del trabajo de Saul Bass. Indudablemente, hay ejemplos que presagian los pioneros trabajos de Bass: los famosos títulos finales de crédito de Ciudadano Kane, repitiendo excepción para la película, subrayando el metraje con los nombres de los actores. También había ciertas tendencias precursoras de los años 30 y 40. Muchas películas de estos años están visualmente acompañadas por créditos estáticos, y en algunos casos por montajes. Pero a pesar de estos ejemplos y en vista de la innovación, renovación e influencia, se puede decir que el impactante diseño de los créditos de Bass no tiene parangón, ni siquiera hoy en día.

La maestría de Bass en el diseño exhibe una forma (sus identidades corporativas y pósters también son grafismos perdurables y de relevancia) de distinción estética económica y simple. Es en este campo que su trabajo en el diseño de los títulos de crédito tiene una importancia particular – su apertura para West Side Story, por ejemplo, es un sólido bloque de color que varía de acuerdo a la insinuación. Las técnicas de Bass son variadas y decididamente inconscientes: animación de recortes, montaje, acción real y diseño de nombres son solo sus más prominentes ejercicios. En segundo lugar, Bass exhibe un ejemplar uso del color y del movimiento. Las secuencias comienzan a menudo con un marco de color sólido (como el azul de Exodus o el verde de North by Northwest). Su diseño táctico en este contexto, aunque característico, posee sutilezas y variedades.

Shoah: El rostro del paisaje

Publicado en Uncategorized el Junio 10, 2009 por gabrielmuro

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Shoah es la memoria de la solución final que no concluyó, que el olvido y la desaparición de todo rastro del horror nunca podrá producirse. Así, la Shoah nunca dejará ella misma de resonar en la conciencia de aquel que se enfrente con la visión del film.

Shoah se yergue a partir de una doble imposibilidad: la de la falta de huellas que han dejado los nazis, y la de la imposibilidad artística de representar el horror. La solución que encuentra Lanzmann es hacer una película no acerca de la Shoa, acerca de la Cosa en sí, sino acerca de la memoria de lo acontecido, memoria profunda que no deja de implicar un pesado anclaje con la verdad.  

Todos los testimonios están presentes, los enmudecidos recuperan la voz, así como los burócratas agazapados son devueltos al horror. Shoah hace hablar a todos y a todo. Así, las vías de tren, los camiones, los prados, las carreteras, los rostros, los mapas. El horror, no del todo sepultado, putrefacto, se expresa en todos los objetos y lugares sobres los que el lente de Lanzmann se posa. 

El nazismo quería borrar toda huella de lo judío y de su exterminio. Sin embargo, en Shoah todo habla acerca del exterminio, agónicamente. Están los sobrevivientes y los especialistas: el conductor borracho del tren, un especialista de la SS, el pasmoso relato de las víctimas al entrar a la cámara de gas a retirar cadáveres, pero también los campesinos polacos con sus gestos burdos e indiferentes, aparentando no tener nada que ver con lo que allí ocurría, a pesar de pasarse el dedo índice por el cuello frente a los judíos que pasaban en los trenes en supuesta señal de advertencia, aunque más bien pareciera de encarnizamiento con los condenados.

La grandeza de Shoah consiste en llevar a cabo el dificilísimo camino de representar lo irrepresentable. Nada de imágenes de archivo, ningún efectismo sino el poder de la imagen y la voz en un recorrido donde el pasado es reflejado por la imagen actual.

Una voz lee los procedimientos de mejoramiento del traslado de prisioneros: “mantener prendida la luz para evitar los gritos”, o bien solucionar el problema de la “carga” en los trenes: mercantilización del ser, y tecnificación de la muerte.

De esta manera, Shoah amplia el campo de la conciencia del espectador, lo hace sensible al horror en su dimensión banal, técnica y naturalizada por burócratas, vecinos y campesinos.  

Shoah es una película que opera a partir de cierta violencia propiamente cinematográfica. Esta violencia, precisamente ejercida sobre algunos entrevistados pero antes bien sobre el espectador, es lo que distingue a este film de tantos otros torpes, mojigatos, repugnantes y esteticistas acercamientos cinematográficos al horror. No hay subrayados, todo subrayado en este caso linda con lo obsceno y lo inmoral (Pontecorvo). Lanzmann deja la cámara hasta el límite de lo insoportable y más allá, para así hacer emerger lo pasado en lo presente, de forma tal de quebrar la falsa idea tranquilizadora de que la Shoah es sólo un hecho pasado en la historia. Mediante esta violencia, la de hacer hablar a todos y a todo, el horror se presentifica. Las imágenes de archivo no son nunca utilizadas. Imágenes filmadas por los propios aliados al excavar las fosas comunes, que son solo capaces de mostrar una ínfima parte de la experiencia del campo. Frente al shock de estas imágenes por todos conocidas, Lanzmann opone la crudeza del relato de la experiencia de los testigos y los “resucitados” (para Lanzmann no hay sobrevivientes, solo espectros).

Contra la reproducción técnica del horror, y también su reproducción “espectacular”, Lanzmann pergeña una representación indirecta que sin embargo, interpela mucho más profundamente al espectador que cualquier intento cinematográfico anterior.

La estrategia de Lanzmann supone un doble movimiento: por un lado remarcar la imposibilidad de representar el horror, pero al mismo tiempo esto es lo que hace funcionar a la misma máquina representacional que constituye el film como testimonio.  

Toda representación, toda forma artística, especialmente después de Auschwitz (Adorno), se construye sobre lo irrepresentable, sobre el silencio. Y precismente, es solo el arte el que es capaz de construir y representar a partir de la nada, de las ruinas y del silencio.

La misma conciencia de la imposibilidad de representar el horror es lo que funda la capacidad de representarlo, ya no fidedignamente, sino en tanto representación que presentifica el silencio, el estupor y la agonía, para así poder hacer volver a ver y a hablar.