La dictadura: ¿guerra o genocidio?
Desde el año 1966, el cuerpo social Argentino comienza a sufrir fuertes convulsiones. Frente al enquistamiento de las dictaduras militares y la continua proscripción del peronismo como detonantes en la epidermis política, se inician tiempos de fuertes movilizaciones sociales, reagrupaciones políticas y radicalización de las estrategias de los defensores del orden.
La movilización social, política y gremial finamente logra la vuelta de Perón, sin embargo, no fue suficiente. Los reclamos continuaron y la muerte del General deja una situación de extrema precariedad política. Perón, como aglutinante y neutralizador de las oposiciones, deja a su muerte un marco de caos e incertidumbre donde a las fuerzas en pugna solo les resta enfrentarse en un combate a muerte, un combate cuya especificidad radica en una desigualdad constitutiva: de condiciones, de objetivos y de estrategias.
El gobierno de Isabel Perón inicia el camino hacia la represión, el asesinato y el acallamiento de la revuelta social. Así, se decreta en 1974 el estado de sitio y se crean fuerzas paramilitares a cargo del ministro de bienestar social, el “brujo” López Rega, verdadera mano derecha de Perón.

El gobierno de Isabel de Perón prepara el terreno para la inminente dictadura militar. Pone en funcionamiento toda la tecnología represiva que luego será extremada y potenciada por la propia dictadura militar. Se confeccionan listas negras por parte de los servicios de inteligencia en donde se incluyen los nombres de dirigentes sindicales, barriales y militantes de diversas organizaciones sociales, fuertemente extendidas a lo largo del país.
En verdad, las fuerzas de inteligencia y militares estaban poniendo en marcha procedimientos aprendidos en EEUU, Francia, Alemania, en instituciones como La Escuela de las Américas: listas negras, infiltración en las organizaciones sociales, la aplicación de la tortura para la extracción de información y finalmente la construcción de centros de detención clandestinos.
La triple A pone en marcha todo el arsenal aprendido de la doctrina de seguridad nacional sumado al propio terrorismo de estado para luchar contra los grupos armados, a los que al mismo tiempo se los acusaba de “terroristas” apátridas.
Sin embargo, sumamente debilitado por el descontento popular, el gobierno de Isabel solo atinará a criminalizar y estigmatizar toda forma de lucha social, amparándose en la existencia efectiva de grupos armados como ERP y Montoneros.
La conservación e implantación de un nuevo orden civilizatorio, cristiano, occidental y pronto neoliberal, se tornaba imposible si no se desactivaban en forma drástica y urgente los diversos focos de resistencia existentes en la sociedad argentina.
La represión que se emprendió fue violenta pero también de inteligencia: se trataba básicamente de conseguir información para así poder organizar el exterminio físico de quienes eran considerados “subversivos”. Nunca existió la opción por la neutralización jurídica como accionar válido. Muy pocos fueron los detenidos sometidos a juicios, y muchos presos políticos carecieron de proceso judicial o causa que haya justificado la privación ilegal de la libertad.
En Argentina no hubo guerra sino un trabajo de inteligencia contrainsurgente al servicio de la represión. El Estado Argentino nunca declaró la guerra, nunca reconoció a ningún grupo como beligerante, pues sin sutilezas pregonaban que “toda persona contraria al régimen era terrorista”, según los dichos de Jorge Rafael Videla: “El terrorismo no es sólo considerado tal por matar con un arma o colocar una bomba, sino también por atacar a través de ideas contrarias a la nuestra.”
Finalmente, para dar cuenta de la poca consistencia de la justificación bélica, hubo más muertos en centros clandestinos de detención que muertos en enfrentamientos.
El proceso de reorganización nacional tuvo la intención de “construir” una “nueva Argentina” a través de la modernización de la economía (vía capital financiero), el disciplinamiento de los sindicatos y del exterminio de toda revuelta.
Se trató, precisamente, de prácticas genocidas cuyo fin era el exterminio de todo un grupo nacional y político con el fin de rediagramar las relaciones de poder.
Hubo un plan consensuado destinado a actuar en todo el territorio nacional, y en otros países de la región a través del Plan Cóndor, que supuso la destrucción y el acallamiento de toda disidencia y posibilitar la emergencia y deificación del ser cristiano, occidental, y libremercadista.

Lo que constituye el horror y el poderío Genocida es una cierta capacidad de nominar al Otro, de constituirlo como Gran Otro de forma negativa. Genera vínculos imaginarios para así poder afinar la puntería y determinar el blanco sobre aquellos sectores que estorbaban a la configuración ideal de la nueva Nación Argentina. Eran “los enemigos del alma argentina”, así los denominaba el General Luciano Benjamín Menéndez.
Los campos de concentración argentinos se montaron desde el conocimiento pormenorizados de las experiencias de los campos de concentración nazis, de los campos de internación franceses en Argelia y de las técnicas de contrainteligencia norteamericanas en Viet Nam: La tortura por medio de la picana eléctrica, el submarino, la humillación continua y cotidiana de los prisioneros, el hacinamiento o el hambre, a los que se sumaron algunas especificidades de la experiencia argentina como la tortura de prisioneros delante de sus hijos o la tortura de hijos o cónyuges de los prisioneros delante de sus padres o esposos y la apropiación de muchos hijos de los desaparecidos.
La discusión acerca de si se trató o no de una guerra es en este sentido una discusión menor. Por supuesto, se trata de un problema de nominación, con todos los problemas concretos que a efectos prácticos tiene toda nominación política. Para empezar, se trata de la auto justificación del poder militar y represor: decían luchar una guerra contra un enemigo exterior, el espectro del comunismo, encarnado en el interior, fronteras adentro. Se trataría de una guerra que ya nada tiene en común con la guerra convencional. No hay ejércitos enfrentados, la infantería se vuelve grupo de tareas, los prisioneros son torturados y desaparecidos, etc. Se trata claramente de algo diferente a la guerra, la cual, como toda práctica social, también el genocidio, posee una serie de reglas. Ni siquiera es una guerra no convencional como las que se dicen combatir hoy en Irak o Afganistán contra el terrorismo, en donde queda por definir si se trata o no de una guerra o de una ocupación con muchas semblanzas de las luchas contrainsurgentes aunque con un ejército de ocupación visible.
Se trata del Terrorismo de Estado, una estrategia temible, ilocalizada y “desterritorializada”, cuyo objetivo es precisamente sembrar el terror a través de la infiltración, el trabajo soterrado de servicios de inteligencia y así conseguir la desarticulación de las organizaciones armadas. Una guerra de las fuerzas armadas contra la sociedad argentina. La violencia de las organizaciones armadas revolucionarias solo puede entenderse como respuesta a la represión exhaustiva puesta en marcha a partir de 1966 mediante la incorporación de la doctrina de seguridad nacional y por otro lado la ola de movimientos revolucionarios que recorrían toda Latinoamérica. El concepto de guerra sirve para justificar un accionar feroz y al mismo tiempo burocrático, capaz de dar exterminio a todo un grupo nacional por la preservación del orden social y económico, cada vez más desigual. En todo caso, las agrupaciones de izquierda no se planteban una “guerra”, sino la lucha revolucionaria, en la cual hay que evaluar siempre cuales son las condiciones de su posibilidad. Quizá, el error de las organizaciones armadas había sido el de haber confundido la represión y el terrorismo de Estado con una situación bélica, habiendo sido incapaces de prever la sangrienta y terrible maquinaria “microrepresiva” puesta en marcha por el poder dictatorial.

La única verdadera guerra que dio la dictadura fue la guerra de Malvinas, vaya paradoja si se tiene en cuenta que las condiciones para pelear esa guerra, así como sus resultados, fueron desastrosos, y que muchos militares que trabajaron en la represión interna fueron incapaces de dar batalla cuando se enfrentaron a un verdadero ejército y cuando supuestamente estaban jugando el más ansiado de los juegos. Porque como dijo alguna vez Aldo Rico, el militar está hecho para la guerra… aunque se olvidó de que hay guerras que no están hechas para ciertos militares.
Por una de esas astucias de la Historia, el fin de la dictadura estuvo signado por su apabullante derrota en una guerra convencional, la última de la historia contemporánea, cuando los miliares argentinos habían aplicado con éxito y hasta adelantándose a su época, las más avanzadas técnicas de guerra no convencional al interior del propio país. Queda claro, entonces, que los militares argentinos estaban adiestrados para perpetrar un genocidio antes que para combatir en una guerra.