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Cristianismo y Mala Conciencia

Publicado en Uncategorized el Julio 11, 2009 por gabrielmuro

La madre, la “siempreviva”, expresa la experiencia sensible arcaica, primera, el ensueño libidinal donde el niño conforma una misma unidad sensible y material, cuerpo con cuerpo, no enfrentados sino unidos.

La experiencia materna es la experiencia sensible a la que siempre aspiramos volver y reencontrar, la experiencia que funda cualquier experiencia amorosa. 

La operación fundamental del cristianismo se produce en ese espacio y en ese tiempo, virtual y actual: se apodera de la infancia arcaica, cálida y gozosa, e introduce una madre imaginaria, madre virgen y etérea, que ya nada tiene en común con la madre sexuada y corpórea que amamanta y cuida del niño. El cristianismo reemplaza a la madre original por un reflejo del padre, para así poder despojar al ser de toda sensibilidad y mantenerlo así en las filas del rebaño temeroso.

Esta experiencia maternal primaria es la que San Agustín llama “la vida feliz”, a partir de la cual forjará toda su teología.

El cristianismo emerge como una nueva tecnología de dominación del cuerpo. La razón patriarcal hace abstracción de la materialidad del deseo y de la sensibilidad para así preparar el terreno del terror y luego de la razón técnica capitalista, que asesina la Naturaleza como antes había asesinado la experiencia sensible. El terror barre con el reino de los afectos e impone una misma lógica, terrorífica, pesadillesca y profundamente objetivista, donde el cuerpo se vuelve materia instrumentable por la divinidad (Dios o Dinero, se trata del mismo sustento).

Sobre este horizonte, podemos encontrar en Nietzsche valiosas reflexiones acerca del trabajo histórico del cristianismo como el gran cosificador de lo corpóreo, el desprecio de la “carne”.

Nietzsche realiza una genealogía del resentimiento donde el cristianismo ocupa un lugar de privilegio en la historia de la metafísica. El cristianismo es la religión del resentimiento, la religión de la negación y el desprecio de la vida.

La historia de la moral judeocristiana se identifica con la historia de la metafísica, en el sentido de escisión entre el mundo terrenal y un mundo trascendente y suprasensible. El resentimiento es el sostén de esta escisión, su posibilidad de ser, ya que se trata de la negación, por parte de los débiles, de todo lo propio del mundo sensible: la transitoriedad, el devenir, el placer y finalmente la muerte. En este sentido cabe preguntarse ¿no es el ensueño maternalista una fuga de la muerte frente al crudo realismo de la ley paterna, que nos confronta al mundo objetivado? Por el contrario, si inquirimos a Agustín, lo paternal será asociado a una vida supraterrenal, un premio mayor entregado en la eternidad para aquél que sepa comportarse como un buen hijo.

Toda la operación cristiana puede sintetizarse en el símbolo de la cruz. Es el cuerpo crucificado y luego resucitado, ya muerto pero aún viviente para recordarnos que murió por nuestros pecados. La madre, en cambio, puede ser denominada la “siempreviva” no a la manera de una virgen que se anuncia, sino como memoria arcaica de cualquier experiencia amatoria y sensible, la “siempreviva” porque se actualiza en cada objeto de deseo y en cada ensoñación sensible.

Para Nietzsche no toda religión es un vehículo para el resentimiento y la mala conciencia. Dionisios es un Dios, y sin embargo anuncia la afirmatividad y la ligereza: “Los pies ligeros quizá forman parte de la divinidad”, los pies ligeros del niño que cuelga de su madre. Así, el inventor del cristianismo no es Cristo, sino San Pablo, y luego San Agustín, los adoradores del cuerpo crucificado, vejado y devastado.

El cristianismo es voluntad de Nada e ideal ascético, negación de la vida y depreciación de todos los valores superiores, es decir maternales.

El nihilismo no implica un no-ser, sino una valorización de nada. La vida toma un valor de nada cuando se la desprecia y se la opone a alguna ficción, lo “Real” de la vida se vuelve irreal, es decir mundo trascendente, metafísica, reino de los cielos. El nihilismo es un dique que impide el avance de las fuerzas activas, una apropiación y desvío de las mismas en función de una ficción: es la castración del padre, la mercancía fetichizada y el cristo crucificado y resucitado.  

Los valores superiores a la vida, es decir a lo real de lo sensible y de los afectos en nombre de Dios, del Bien, de la esencia, o de la Mercancía, constituyen la forma “universal” de la renuncia nihilista.

En el cristianismo, así como en el capitalismo, las fuerzas activas se encuentran alienadas. En el primer caso se trata del trabajo profundo de la Mala Conciencia: las fuerzas activas, vueltas contra sí mismas, ya son incapaces de gozar de sí, y por el contrario buscan el dolor, la “martirización”, la piedad, la enfermedad, el sacrificio, son los síntomas de la conciencia vuelta contra sí misma porque ha interiorizado la ley paterna y se ha identificado con su Amo. Al no poder combatir al padre (padre efectivo y padre de los cielos) el niño edipizado se identifica con esa voz exterior que le impide gozar. Esa voz ahora se le aparece como suya, voz de la culpa. La primera definición de la mala conciencia es entonces esta “auto-fecundación” del dolor. Pero para que esto ocurra debe haber alguien o algo que goce y se apropie de este dolor: Iglesia, Padre o Capital Abstracto, siempre hay quien goza con la apropiación de las fuerzas activas.

Lo propio del resentimiento es separar a la fuerza activa de lo que puede. Recordemos que la razón espinosista, razón sensualizada y afectiva, no venía a limitar las pasiones, como la razón cartesiana, sino a hacerlas llegar a su máximo grado posible de desarrollo y plenitud: en última instancia la “beatitud” de Spinoza es un reencuentro con la Cosa, el cuerpo cálido, sensible y placentero de la madre. 

En la genealogía de la moral Nietzsche describe lo propio del resentimiento con la precisión del más fino de los psicólogos: “Todos los instintos que no tienen salida, a los que alguna fuerza represiva les impide explotar hacia el exterior, se vuelven hacia dentro: esto es lo que yo llamo la interiorización del hombre… Éste es el orígen de la mala conciencia”. La mala conciencia es el resultado de un combate entre las fuerzas activas y reactivas, las pulsiones y el aparato psíquico, donde la represión de las fuerzas reactivas, por el recurso a una ficción terrorífica, como la amenaza de castración o el castigo de Dios, producen una represión de las fuerzas activas, la prevalecencia del padre interiorizado y devorado por los hijos, y en última instancia confundido con la propia in-digestión de los hijos, quienes por culpa terminarán por volverse su propio padre, el propio represor que les impidió proyectarse y desplegarse libidinalmente en un objeto exterior.

Un cuerpo es una relación de fuerzas, una tensión entre fuerzas de distinto tipo y valor, fuerzas activas y fuerzas reactivas, fuerzas dominantes y fuerzas dominadas. La conciencia es sólo un apéndice del cuerpo, una parte de él, y una gran parte del cuerpo es inconsciente: “nadie sabe lo que puede un cuerpo” decía Spinoza, dando cuenta así de este carácter corpóreo del inconsciente. Las fuerzas reactivas en el organismo son la nutrición, la reproducción o la adaptación, mecanismos básicamente de conservación. Las fuerzas activas son fuerzas superiores a la mera conservación, fuerzas nobles y señoriales, como lo es el propio deseo amoroso, la actividad artística, la lucha política, o el despliegue del pensamiento. Dice Zarathustra: “Un ser más poderoso, un sabio desconocido que tiene por nombre “sí mismo”. Vive en tu cuerpo, es tu cuerpo”. Las fuerzas activas están en el cuerpo y sobrepasan a la conciencia, la anteceden y son irreductibles a ella, la conciencia es siempre una reacción del yo frente a estímulos que le son externos, la conciencia es la herencia paterna, y el inconsciente es la memoria eterna de la siempreviva.

La fuerza activa es la fuerza plástica y afirmativa, conquistadora y dominante. La fuerza activa tiende hacia la potencia y hacia la intensificación. Las fuerzas reactivas son las fuerzas de la adaptación, de lo reactivo. Por ello en la física las fuerzas nobles lo son tales por su capacidad de transformación, en cambio las fuerzas viles son las fuerzas reactivas, incapaces de metamorfosis y siempre dependientes de condiciones externas. El “cuerpo místico” del ideal ascético cristiano se opone punto por punto al cuerpo dionisiaco, al cuerpo deseante, afirmativo y metmorfoseante. El cuerpo místico judeocristiano es el lugar de la culpa y del pecado. El resentimiento y la mala conciencia son representantes de un acreedor celestial con el que nunca se saldan deudas, de igual forma que con el Capital. La culpa, vuelta hacia el exterior como en el judaísmo, o vuelta hacia el interior como en el cristianismo, es el fundamento del terror edípico: la culpa por el asesinato imaginario del padre produce una deuda eterna que el niño, el jóven y el adulto seguirán pagando con su propia existencia, interiorizando la Ley del padre. 

Por otro lado, la experiencia materna y sensible puede encontrarse también en la figura de Ariadna, figura mitológica y amante de Dionisio, símbolo de lo auténticamente femenino, lo llamado por Nietzsche el Ánima.

Ariadna representaba la mala conciencia cuando aún permanecía con Teseo. El hilo de Ariadna era el hilo del resentimiento, el hilo de la pasividad. Cuando se cruza con Dionisio se producirá la transmutación de Ariadna hacia su femineidad afirmativa, ligera y danzante. Dionisios es también el Dios-toro que Ariadna ahora afirma, luego de haber tendido el hilo para que Teseo pueda regresar a su vuelta del asesinato del minotauro. Ariadna creía que afirmar era cargar, como una madre sacrificada, como una esposa torturada, ahora, aprende con Dionisio, que afirmar es aligerar, es amamantar y ser amante.

La historia de la Metafísica occidental no es tanto la del olvido del Ser en un sentido ontológico, sino en un sentido sensible, el olvido de lo materno que sin embargo siempre vuelve en cada objeto amoroso, en cada sensación placentera donde el aparato yoico tambalea frente al paso de la afectividad sensible.

La mira está puesta sobre el viraje que se da desde el principio de placer hacia el principio de realidad, umbral que se cruza desde muy pequeño y en cuya parte superior se encuentra inscripta la frase “Edipo te hará libre”. Es decir, para el todavía paternalista Freud, acceder a la cultura implica una renuncia necesaria e intransigente a la gratificación instantánea de toda pulsión. Por ello, se hace necesario reformular el Deseo para hacerlo accesible al poder Paterno, poder subyugante y al mismo tiempo habilitante.

Sin embargo, esta transubstanciación del Deseo por la cultura implica la transformación de las fuerzas activas y afirmativas, capaz de transformarse y de ser dominada por las fuerzas reactivas. ¿Cómo hacen las fuerzas reactivas para vencer? Separando a las fuerzas activas de lo que pueden. La voluntad de poder, en un sentido reactivo, resulta de esta preeminencia de las fuerzas reactivas, alimentándose de ellas para nuevos fines: los de la realidad productiva, acumulativa y cuantitativa. El niño queda listo para sumarse al ejército de la cultura, el Edipo fue su servicio militar obligatorio.

Pero quizá haya otras formas de concebir a la cultura, ya no bajo el la égida de la Ley paterna y la escisión del Sujeto en mil partes para poder producir.

El ser humano es constitutivamente vulnerable, no-formado, necesitado de afecto, de contención y de “adiestramiento” para así poder lograr desenvolverse en el mundo y lograr sobrevivir y conservarse. Sin embargo aquí cabe distinguir dos maneras en que la cultura puede presentarse como soporte para el “adiestramiento” y aprendizaje del niño: la cultura como represión y escisión o la cultura en tanto actividad genérica de la especie que se aplica sobre cada individuo cada vez de nuevo, como si la Historia entera volviese a empezar en cada niño. Es la cultura como fuerza activa que brinda medios para lograr actuar en el mundo, de otra manera el ser humano sería siempre un ser desvalido. La Mala Conciencia no ocupar ningún lugar en esta forma de cultura, su forma “primitiva”. Por el contrario, la cultura como agente del mero principio de realidad es la cultura paternalista de la prohibición.

La otra forma cultural, maternalista, llamada por Nietzsche la “moralidad de las costumbres” implica activar las fuerzas reactivas en el hombre para hacerlo capaz de intensificar su capacidad de proyectarse hacia el futuro, de arrancarlo al orden de la deuda eterna. El hombre como soberano de sí es capaz de prometer, pero no con arreglo a una deuda sino en función de una memoria grabada a fuego, una memoria selectiva de todo lo afirmativo, una promesa amorosa. La forma-deuda, constitutiva del poder parental y del poder capitalista, es el núcleo fundamental donde tienden su lecho el resentimiento y la Mala Conciencia. Deuda abstracta, cuantificada, hecha de símbolos, que ya nada “recuerdan” de su origen físico y material, vuelto ahora lo inconsciente que debe ser afirmado y activado.