Depresión y fluidez

2939588822_87ae164ce6_o

“Cualquiera que no pueda enfrentarse con la vida, mientras aliente necesitará de una mano que desvíe un tanto su desesperación sobre su destino… pero con la otra mano puede apuntar a lo que ve entre las ruinas, porque ve más cosas, y diferentes, que los otros; después de todo, está muerto en su propia vida y es el verdadero superviviente”

Franz Kafka, Diarios,

19 de octubre de 1921

Contemplamos atónitos, inseguros, temblorosos, una fisura en la máquina holística global. El perfecto flujo y reflujo de capitales se ha enturbiado. Un gigantesco remolino se abre en medio del océano financiero en que se ha convertido el mundo. Cifras inimaginables dejan de existir sin nunca haber visto la luz. Gigantescas corporaciones que rigen el pulso de la existencia social se caen por el peso de su propia desmesura anfetamínica. La contraparte de la euforia, una vez más, es la depresión.   

Las líneas telefónicas de asistencia psicológica se encuentran colapsadas. En California, un administrador de inversiones desempleado pierde una fortuna, mata a su familia y se suicida. En Los Ángeles, un ex gerente de inversiones asesinó a su esposa, a sus tres hijos y a su suegra, antes de suicidarse. En Tenesee, Pamela Ross, de 57 años de edad, se suicidó cuando alguaciles se dirigieron a su hogar con una orden de desalojo. Según una encuesta realizada por la cadena hotelera Travelodge, la crisis económica está provocando un fuerte incremento del sonambulismo entre los británicos. Allí, los ejecutivos al borde de un ataque de nervios se recuperan en el Causeway Retreat, una clínica cercana a Londres. Médicos rusos constatan un creciente aumento de personas que están pensando en suicidarse. Desde Novosibirsk una médica dijo haber atendido 15 casos de suicidio en un solo día, tres veces más de lo que habitualmente atiende. En México, de acuerdo con la asociación civil Neuróticos Anónimos, desde junio pasado ha habido un leve aumento en la asistencia a las sesiones que ofrecen, lo que ha llevado a abrir 79 nuevos grupos en el país.

Un virus atraviesa a esos seres bio conscientes que solo por costumbre seguimos llamando seres humanos. Seres que en los últimos decenios vienen siendo química y técnicamente reprogramados para ser ajustados al globalizado mundo del consumo y del libre mercado. Se trata de seres sumamente elásticos y al mismo tiempo frágiles.   

Algo se ha roto en el grácil sistema financiero mundial, el sistema nervioso del mundo hipercapitalista. La extrema desvinculación entre el dinero y las cosas ha sufrido un serio traspié, pero aún no vemos como esto puede cambiar drásticamente el panorama psico-social. Ese proceso creciente de autopoiésis del dinero, donde el dinero virtual triplica al dinero real, engendra una parte maldita. Esa parte maldita es la fuerza viva en la que se sustenta el capital, y el crédito, es decir el trabajo y la inteligencia humanas. El mundo ha sido expuesto a una cada vez mayor radiación, la de la hiperestimulación info-nerviosa. El imperativo de consumir, de competir, y de endeudarse se encuentra en una fase sumamente avanzada. La crisis económica es sólo un pasaje más en esta historia clínica de la mente colectiva.

El capital global está desquiciado. Su sede se encuentra en Estados Unidos, en todos lados y en ningún lugar. El planeta ha sufrido el contagio, se encuentra pagando los costos del hiperconsumo americano. La intervención de los estados ha estado destinada exclusivamente a salvar a la clase financiera. Pocas o ninguna medidas para salvar a los trabajadores y a los consumidores. Y aún así, ningún economista es capaz de repensar las bases de su arte. Lo que cuenta es la urgencia de salvar el descalabro.

Sin embargo, no se trata de una crisis de la estructura económica. El capitalismo no es sólo un mero sistema económico que refleja una superestructura ideológica deforme. Es mucho más un sistema de relaciones simbólicas, un juego de expectativas, de creencias y de signos. No es algo sólido como un edificio que pueda ser derribado. Es un sistema de signos eficientes, una interfase cognitiva.

Esa interfase está hecha también de nervios, de células y de neuronas, es orgánica. Si el sistema colapsa, también lo hace su base orgánica, su base mental. A su vez, si la base mental colapsa, lo sabe cualquier especialista en recursos humanos, también se desploma el sistema económico, hecho en última instancia de materia orgánica.

El semiocapitalismo, como lo llama el filósofo italiano Franco Berardi, también es una fábrica de la infelicidad para los propios vencedores, es decir la clase financiera global, quienes sufren de terribles trastornos psíquicos debido a la exigencia en que se encuentran subsumidos día a día. 

Como plantea Bauman, una sociedad de consumo no puede ser sino de exceso y despilfarro. En un mundo de hiper fluidez (de objetos, de personas, de emociones, de imágenes,etc) la única constante es la circulación continua de los entes y su crecimiento constante. Pero el exceso viene a echar más leña al fuego. La incertidumbre psíquica nunca se aplaca, nada consistente sostiene por debajo al espiral de experiencias de consumo evanescentes.

Toda crítica actual de la economía política debe ocuparse de las patologías psíquicas que engendra la vida económica. No se equivocaba Freud cuando hablaba acerca de economía libidinal. Sin embargo, el nuevo malestar en la cultura ya no tiene que ver con la represión del deseo, ni tampoco con el trabajo alienado. El goce ya no se encuentra pospuesto, sino más bien propuesto. El malestar se produce cuando el goce sólo es posible en los márgenes de la economía capitalista y sus ofertas personalizadas.  

La plusvalía deseante nos concierne tanto como la apropiación del trabajo físico. La economía se ha vuelto cada vez más inversión de energía deseante, exige más y más agresividad y competitividad, inversión sobre uno mismo para acabar con el otro.  

Mientras la publicidad no deja de repartir imágenes de una sociedad llena de vigor y alegría de vivir, en la vida real se extienden el pánico, la depresión y el suicidio.

Lo que esta crisis señala es el fracaso de la ambición tecnoeconómica de homologar la vida humana al modelo del libre mercado y el ideal de la competencia perfecta, allí donde la miseria, la explotación y la guerra son considerados efectos secundarios para este antídoto contra la historia humana que es el mercado.

Siguiendo con Berardi, el capitalismo ya no busca apropiarse del espacio exterior, sueño “retro” y obsoleto, sino que progresivamente se ha propuesto conquistar el espacio interior, los intersticios de la mente, allí donde las neuroconexiones se confunden con supernovas y la infinidad de neuronas con el firmamento cósmico. Mientras tanto, la orbita terrestre se fue llenando de satélites, herramientas fundamentales en la constitución de mundo como mente global.   

Las contradicciones principales del nuevo modelo productivo se dan al nivel de las relaciones espacio tiempo. El ciber espacio se llena cada vez de mayor cantidad de información, en cambio el tiempo humano, esa dimensión demasiado humana, dimensión de la afectividad, del goce, del sufrimiento, y del pensamiento, continúa siendo limitada. La evolución del ciberespacio ha sido mucho más veloz que la de la cognición humana. De ahí la necesidad imperiosa de explorar y conquistar el espacio interior, la necesidad de hacerlo compatible con la velocidad informática del ciber espacio, una necesidad mucho más acuciante que la conquista del espacio exterior, gasto demasiado oneroso e innecesario, por lo menos hasta que el planeta tierra se vuelva completamente inhabitable. Sabemos entonces que la última fase del capitalismo no es el imperialismo, como lo quería Lenin, sino la colonización del espacio interior.

Marx se vuelve best seller. En Europa, “El Capital” se vende de a miles ¿otro mero fenómeno de consumo? si no fuese así, ¿no deberían expandirse concomitantemente los comités comunistas? También ha caducado la tesis marxiana de la autodestrucción del capitalismo. Hoy no se trata de la caída de la tasa de ganancia ni del agotamiento de las oportunidades de inversión. En la teoría Shumpeteriana, en cambio, puede encontrarse algo mucho más sugestivo: el capitalismo no se autodestruye por su tendencia al fracaso, sino por su tendencia al éxito, su sobrecarga financiera, industrial y psíquica.

Escribe un comentario