El lenguaje de la vida y el lenguaje del trabajo: en torno a las patentes genéticas

La vida humana en su basamento genético está llegando a convertirse en materia transable e intercambiable. Los bancos genéticos se vuelven literalmente bancos: instituciones que comercian con la información inscripta en los intersticios celulares. El sueño de todo esoterismo, es decir encontrar la materia última de la que se compone la vida, ha llegado a hacerse realidad bajo la égida de la investigación genética.

Las grandes empresas de investigación genética justifican su “derecho” a la explotación mercantil de la información genética alegando que los costos de investigación para el conocimiento de una secuencia genética y sus efectos sobre el organismo son sumamente onerosos. Por supuesto, se trata en verdad de una inversión multimillonaria que depararía en el futuro ganancias siderales para los mercaderes del gen.

Este lucro sobre la vida celular en realidad retarda el conocimiento científico y lo limita a los usos que el mercado pueda llegar a requerir. La información genética, decodificada por grupos de investigación privada a base de supercomputadoras que trazan la secuencia de los genes de manera automática, se vuelve a codificar a través de un anticuerpo esencial para la reproducción del sistema inmunológico capitalista: las patentes.

Hasta el momento la patentización de los genes humanos ha encontrado grandes resistencias entre los propios científicos. Aún no cumplen los requisitos necesarios para toda patente: que lo patentado pueda tener un uso concreto (en este caso, permitir el desarrollo de un medicamento).

Los grandes jerarcas de la ingeniería genética industrializada sostienen que lo que están haciendo no es patentar vida, ya que no se puede considerar vida al mero gen, desnudo y desligado del organismo al que pertenece. El gen no pertenece a ningún cuerpo ni a ningún ser humano, es una pura representación abstracta incorpórea. Se trata de la letra chica, la pequeña consideración que permite conquistar o reclamar un derecho sobre un bien. Dado que el aparato legal existente considera a la persona jurídica de una manera global, el ingeniero genético puede reclamar para sí lo que aún no ha sido tipificado. Los ingenieros genéticos son incapaces de concebir la vida humana en tanto cuerpo colectivo, el cuerpo inorgánico de la especie, del que hablaba Marx. Se trata de una privatización de la vida y de sus representaciones, donde el cuerpo individual es escindido del cuerpo social, a pesar de la evidencia con la que las secuencias genéticas expresan un ser de la especie propiamente colectivo, público y por tanto pasible de volverse un campo de batalla político.

Se podría decir, parafraseando a Marx, que “más pone el hombre en los genes y menos se guarda a sí mismo”. La propia vida molecular se vuelve para el hombre, y por medio de la corporación genética, un “ente extraño”, una “potencia independiente”, de la misma manera que lo es el trabajo en las relaciones de producción capitalistas.

Esta “alienación” del hombre por sí mismo tiene su punto de anclaje principal, su salvoconducto y su posibilidad de ser, en la propiedad privada. A través de ella el hombre se hace dueño y demiurgo de las propias fuerzas humanas. Por este medio se hacen posibles las relaciones de clase y la existencia del Capital en oposición al Trabajo. El volverse Mercancía de cada producto del trabajo (y por tanto de la investigación) humanas es lo propio del capitalismo. Al tratarse de una totalidad dialéctica, la problemática de la ingeniería genética no puede desligarse de su carácter mercantil. La secuencia genética, a través de su patentización y propetarización, alcanza su valor de cambio. Como en la religión, aquí el hombre deja de sentirse dueño de su propio patrimonio (cultural, genético), para volverse puro objeto de potencias exteriores. La sabiduría técnica monopolizada por los grandes centros de investigación privada puede equipararse a la de los monjes medievales que monopolizaban el uso de la escritura y de la lectura en función de una determinada técnica aplicada a la dirección de almas.

Marx definía al valor dinero como aquélla “prostituta universal” que obligaba “a los contrarios a besarse”. Así, en el discurso de la propiedad privada sobre la investigación genética, la propia vida biológico celular del hombre es obligada a besarse con el proceso de mercantilización, lo cognitivo es obligado a hacer gozar a lo financiero.

Por este camino, queda claro que el destino de la ingeniería genética será el de garantizar un máximo de calidad genética a las clases acomodadas e integradas y despojar de toda mejoría genética a los millones de desterrados que bordean el mundo. Al igual que en el Best Seller de autoayuda empresarial “padre rico, hijo pobre”, ya podemos vislumbrar el título del éxito editorial de la adveniente aurora genetista: “padre genéticamente saneado, herencia asegurada”

Michel Foucault, en los años setenta, había mostrado como el nuevo espacio de lucha política y de explotación económica era cada vez más la propia vida humana. En la modernidad la vida entra en la historia. Por primera vez el hombre ya no es un animal político en el sentido aristotélico: por un lado vida biológica y por otro lado vida política. Ahora el hombre hace de su propia animalidad el objeto más preciado de lucha política. Así mismo, Giorgio Agamben plantea que la vieja distinción entre zoé y bios, entre vida natural y vida política, ya no sirve para nada.

Para Foucault, el momento decisivo había sido el del surgimiento de la economía política, cuando se fundieron el orden de la familia (economía) y el orden de la polis (política). El análisis de Foucault se desliga en este sentido del de Marx: No se trata de reducir la complejidad de las relaciones sociales a la oposición binaria entre Capital y Trabajo, sino que hay que indagar también en la multiplicidad de dispositivos de poder que son puestos en marcha alrededor de todo el cuerpo social, como por ejemplo las propias prácticas médicas. El esquema de Foucault es inverso al de Marx: para analizar las relaciones de poder Foucault parte de las bases, hay que comenzar por las relaciones entre profesor y alumno, Padre e hijo, Médico y paciente, captar la manera en que en cada caso se forma una relación de poder, para así poder analizar la manera en que luego todas esas relaciones son “plegadas” o bien “institucionalizadas” por formas globales de poder (como el Capital o el Estado).  El Biopoder, cuya finalidad es “coordinar y dar una finalidad”, viene siempre por fuera de él, da finalidad a una potencia que en principio no le pertenece. 

Así, los dispositivos de poder globales no se reemplazan entre sí, sino que van cambiando en su manera de ordenarse. Se pasa de un dispositivo de Soberanía, a un dispositivo disciplinario, para llegar a lo que Foucault llamó sociedades gubernamentales[i] (a las que Gilles Deleuze pasará a llamar sociedades de control[ii]). Las poblaciones están constituidas por esta multiplicidad de relaciones de poder fuertemente coordinadas, o bien “moduladas”, cuya finalidad es dada desde afuera por el aparato gubernamental (constituido tanto por el Estado como por las empresas).

El poder es la manera en que es estructurado, luego de un combate o al establecer una estrategia, el comportamiento de los otros. El gobierno, en cambio, se sustenta sobre relaciones libres donde se trata del gobierno de sí y de los demás siguiendo un determinado saber.

Los “estados de dominación” son lo que mejor caracteriza al ejercicio del poder. Son las formas cristalizadas de una relación sobre la acción de otros. Retomando el análisis marxiano podríamos llegar a considerar como piedra de toque de los “estado de dominación” a la deificación de la propiedad privada. Las “tecnologías gubernamentales” son el dispositivo fundamental en cuanto a la definición de una relación de poder entre el gobierno (cuyas relaciones son fluidas, reversibles e implican siempre la libertad de los sujetos), y los estados de dominación (donde las relaciones se estancan bajo una determinada forma jurídica, política, psicológica o económica de manera fuertemente institucional). En este sentido es fundamental hacer una distinción conceptual entre biopoder y biopolítica[iii]. La biopolítica implica creación de formas de vida, nuevas subjetividades, sujetos no sujetados a relaciones institucionalizadas. Se trata de un “arte de gobierno” cuya ética principal se sustenta sobre el gobierno de sí. El biopoder, por el contrario, establece “estados de dominación” que hacen estancar a las fuerzas en su libre devenir. Las fuerzas que recorren al cuerpo social (fuerzas técnicas, fuerzas del lenguaje, fuerzas físicas, etc) son direccionadas por el poder, explotadas en tanto energías que hacen funcionar los modos de acumulación.

El problema de la teoría Foucaultiana, si bien muy rica en matices conceptuales, es el de no considerar los “estados de domino” en sus determinaciones materiales, en tanto comprensivos de las fuerzas directrices con los que trabaja la economía política. Para ello nos fue necesario volver a los conceptos fundamentales de la crítica en Marx.

Integrando estas dos ópticas sin pretender anular sus diferencias, podemos ahora sí establecer la problemática de la patentización de la vida en el contexto de los avances de la investigación genética.

En verdad, la lucha por la patentes sobre los genes humanos puede ser considerada previsible en el desarrollo de las fuerzas productivas en el biopoder. La vida, en tanto fuerza de trabajo, fue desde un principio objeto de mercantilización. La especie, en tanto objeto de preocupación estadística y gubernamental, fue cada vez más relevante para el sostenimiento de un poder constante y fluido sobre la población.

La genética puede claramente enmarcarse en esta preocupación sobre el ordenamiento de la población. El estatuto de la población es antes técnico que ontológico o político. Se trata de una masa global pormenorizadamente controlada y estudiada. En ella, cada vida humana es reducida a dato en el marco de la vida en términos globales (natalidad, mortandad, enfermedades, crecimiento y decrecimiento poblacional, índices de consumo, etc).

La ingeniería genética sólo es posible en una época donde el gobierno de las poblaciones ha llegado a ser fundamental, siendo de alguna manera el dominio del saber genético el botín más preciado en la carrera por el dominio de la vida, pero en tanto las poblaciones han llegado a ser ya no tanto una razón de Estado, sino una figura más del mercado mundial. La mercantilización de la fuerza de trabajo había sido la primer gran operación de dominio sobre las fuerzas del hombre, la mercantilización del patrimonio genético es su más refinada cristalización. El gen (humano, animal, natural), ahora también crea plusvalía.

Es en este sentido donde el concepto de capitalismo cognitivo puede ser tomado en cuenta pero con suma cautela, ya que como señala Enzo Rullani, puede tratarse de un deja vu: desde la revolución industrial, pasando por Taylor, Einstein o Graham Bell, el capitalismo siempre ha utilizado el conocimiento en función de su propia reproductibilidad: “reduciendo el conocimiento a un simple modo de cálculo y de control técnico, la modernización ha reprimido la variedad, la variabilidad y la indeterminación del mundo, para conformarlo a las exigencias de la producción”[iv]

La propiedad sobre las secuencias de genes viene a clausurar toda posibilidad de invención y creación en el terreno de la ingeniería genética y a subsumirla bajo la lógica molar y molecular del proceso de acumulación y reproducción del Capital. El conocimiento, a diferencia del Capital y del Trabajo, es muy difícil de valorizar en términos mercantiles ya que no se trata de un bien escaso. Por el contrario, es capaz de una reproducción prácticamente ilimitada. Son las estrategias con el objeto de limitar la difusión libre del conocimiento las que, como también señala Rullani, valorizan al conocimiento en los términos asfixiantes de lo mercantil.


[i] Michel Foucalt “La gubernamentalidad”, Estética, ética y hermenéutica.Ed Paidós

[ii] Gilles Deleuze, postdata sobre las sociedades de control

[iii] Maurizio Lazzarato, Del Biopoder a la Biopolítica

[iv] Enzo Rullani, “El capitalismo cognitivo: du déja vü?

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