TRABAJO INMATERIAL
El paisaje “lunar” del capitalismo posindustrial se nos aparece profundamente neblinoso y, una vez más, contradictorio. Las fabricas se deslocalizan y se desmembran en miles de “órganos” expandidos por todo el mundo para dar con algún útil industrial. La jornada laboral se vuelve hiperflexible, se des-regula y el mercado de trabajo se vuelve precario. Por otro lado, la fuerza de trabajo se vuelca hacia un tipo de cooperación inmanente al proceso de producción informatizado. La tecnología y la innovación se vuelven elementos fundamentales en la cadena de valor. La creatividad, la comunicación y el conocimiento suplantan al mero esfuerzo físico del operario industrial tradicional. Por un lado tenemos a los ya conocidos trabajadores sindicalizados producto de las conquistas obreras del siglo XX, y por otro lado asoma una masa enorme de trabajadores que se debaten permanentemente entre la falta de empleo y el trabajo precario[i].
Nos encontramos también frente a una fuerte división expresada en la última crisis financiera: por un lado una cadena de mando monetaria y financiera acumula, se apropia y produce riqueza a través de bancos, fondos de inversión, etc. en detrimento del trabajo humano, que se ve cada vez más reducido y sometido a las exigencias del poder financiero que excluye cada vez más a la clase trabajadora del proceso productivo, haciéndo de esta su deshecho, su basurero antes que su sepulturero.
Somos los habitantes del mundo posfordista. El ruidoso compás de la cadena de montaje ha sido subsumido por el silencioso modo operativo del ordenador. A cada época le corresponde su música: La época imperial se expresaba a través de grandes sinfonías y oberturas, la época fordista dio lugar a las primeras formas de música popular manejadas por las industrias culturales: el blues, el jazz y en su ocaso, el rock. El posfordismo es la explosión del pop y de todos sus derivados, así como la electrónica. La música, al igual que el proceso de producción, se vuelve también inmaterial: contando con un buen software y un poco de sentido del ritmo se puede hacer música. Ya no es necesario forzar los dedos para formar acordes o darle de patadas al bombo. La música puede volverse un mero producto de la inteligencia, en un sentido puramente lógico y primario. A su vez, la época posfordista es la única en que el trabajador puede escuchar música mientras trabaja, teniendo a su disposición una infinita cantidad de piezas musicales en la misma herramienta con la que trabaja.
El capitalismo se ha expandido sin dejar rincón del mundo indemne. No hay afuera para la ley del capital. Es lo que Negri llama Imperio[ii], el cuál sería imposible sin la subsecuente expansión de los sistemas de redes. Y cuando el mundo entra a “enredarse” los modos de trabajo concreto quedan transfigurados.
Sin embargo, cabe aquí preguntarse por la extinción del viejo imperialismo, en reemplazo por el imperio negriniano, fluido y “pacífico”, contra un imperialismo belicista y cruel, teniendo fundamentalmente en cuenta que al poco tiempo de publicar el libro Imperio que declaraba el fin de las conquistas imperialistas, se lanzó, apenas entrado el siglo XXI, la sangrienta invasión de Irak y Afganistán por parte del ejército Americano.
No se niega aquí la importancia fundamental de los cambios que introduce el paradigma posfordista, por el contrario. De lo que se trata es de intentar extraer sus consecuencias profundas para un ejercicio de resistencia y de contrapoder.
Lo que caracteriza al modo de producción posfordista es la manera en que la producción del capital se subsume bajo los modos de circulación del capital, los cuáles facilitan su reproducción. Esta puesta masiva en circulación del proceso de producción es precisamente el espacio de trabajador “inmaterial”. Esta ciruclación se sustenta sobre una red sumamente densa de cooperación e interrelación informatizada. Las nuevas formas de trabajo son inherentemente sociales ya que determinan una red de cooperación productiva inmanente al proceso social, ahora rizomático. Sin embargo, esta cooperación se vuelve “abstracta” y “fantasmagórica” desde el punto de vista de la subjetividad del trabajador inmaterial. Esa es la gran debilidad de este tipo de trabajador frente al proletario industrial tradicional, el cuál se encuentra alienado en relación al producto de su trabajo, y sin embargo está en condiciones de compartir la experiencia de la alienación con su compañeros inmediatos de trabajo, los que lo acompañan en la eterna cadena de montaje. Hay, precisamente, una materialidad y una fisicidad en la experiencia inmediata del obrero industrial que lo hace capaz de identificarse con otros y también de organizarse. El trabajo inmaterial, en cambio, por su impronta propiamente “recombinante”[iii] atomiza al trabajador inmaterial de forma drástica. Lo atomiza a la manera de una terminal más en la rizomática cadena productiva. El trabajador inmaterial cuenta con horarios flexibles y si quiere puede llevarse la laptop a un bar y trabajar desde allí. Pero lo que gana en capacidad de circulación espacial lo pierde en experiencia subjetiva y en su conciencia de trabajador asalariado, por tanto en su capacidad de organización. Su experiencia laboral se desmaterializa también en un sentido corpóreo, podemos decir que su modo de trabajo se vuelve “ensimismado”.
El proceso de producción de riquezas depende cada vez más de las habilidades, aptitudes, conocimientos y capacidades con los que cuenta el trabajo inmaterial. La empleabilidad fabril ha dejado de ser el modo privilegiado de trabajo productivo. El trabajador inmaterial debe contar con una fuerte educación técnica y psicoafectiva: la salud, la formación, la comunicación y la movilidad se vuelven los pilares del trabajador inmerso en la red global de producción.
La nueva fuerza de trabajo es por tanto mucho más fuerte en términos productivos que la clase obrera fordista, el Saber se encuentra a su alcance pero no en su Poder. El nuevo proletariado (¿cognitariado?) se encuentra, como ya dijimos, mucho más fragmentado y dividido que el obrero fordista. De lo que se trata es de pensar la forma en que el trabajador inmaterial se apodera hoy del proceso de producción y se vuelva capaz de planificarlo con miras a una transformación total del modo de gobierno de la producción global.
En este sentido es un grave error el paso que dan Negri y los movimientistas italianos: poner en cuestión la utilidad de la toma del poder por parte de una clase trabajadora. Suponen al Estado extinguido, una antigualla propia de la era imperialista. Basta con un “éxodo” de la “multitud” como para realizar la revolución al interior del posfordismo. Es de una gran necedad su negación de la importancia de las luchas nacionales. Se trata de una obnubilación total frente al modo en que aparece el capitalismo global, internacional y postpolicíaco. Todo lo contrario: mientras el trabajador cuenta con más capacidades de trabajo, cuánto más cuente con un capital constante bajo la forma de conocimiento, más necesita el Capital para conservar su capacidad de mando del Estado, de la represión y de la policía para ordenar la disposición del mundo productivo. Solo una toma del poder del Estado, sustentada sobre la base de una fuertísima organización cooperativista puede dar lugar a un desbaratamiento del Capital en su función directriz del mundo político y social.
Contrariamente a las tesis del autonomismo italiano, el Estado seguirá ocupando un lugar fundamental en las luchas políticas y sociales. Tanto desde el punto de vista del ordenamiento por parte del Poder económico como en tanto aparato a conquistar por los trabajadores para la planificación del proceso productivo, el Estado seguirá siendo un escenario fundamental para el despliegue de las luchas sociales y para el ejercicio de la política.
TRABAJO MAQUÍNICO
Siguiendo a Félix Guattari, puede decirse que el trabajador inmaterial es un trabajador maquínico antes que mecánico. Las máquinas, para Deleuze y Guattari, no son sólo máquinas técnicas, no dependen sólo de la techné, sino que hay también máquinas políticas, máquinas económicas, máquinas estéticas, etc. Las máquinas sociales producen formas de sujeción y de servidumbre. Formas molares de sujeción (dimensión social, roles, estratificación) y formas moleculares de servidumbre, las cuales involucran a los afectos, a la cognición y al deseo.
No es el sujeto el que produce enunciados, como bien analizó Foucault[iv] sino que son siempre las masas, las tribus, los grupos. Se trata de “agenciamientos maquínicos” que posibilitan la enunciación por parte de un sujeto. Procesos históricos sedimentados hasta la “naturalización”. El capitalismo se puede caracterizar no sólo como un modo de producción sino también como una máquina de subjetivación[v].
La servidumbre maquínica consiste entonces en la puesta en funcionamiento de las capacidades lingüísticas, afectivas y cognitivas. En las servidumbres maquínicas, propias del universo en el que produce el trabajador inmaterial, el sujeto individual queda preso de procedimientos maquínicos de producción que involucran no sólo su cuerpo, sino toda su subjetividad. El sujeto individual es introducido en los confines de la máquina productiva, es “resubjetivizado” en función de la reproducción de la gran máquina capital: “Las funciones, órganos y fuerzas del hombre se agencian con ciertas funciones, órganos y fuerzas de la máquina técnica; juntos constituyen un agenciamiento”[vi].
Sin embargo, dice Guattari, no estamos, como sujetos biológicos, presos de las servidumbres maquínicas. Tampoco se trata de un neo luddismo donde solo resta destruir a las máquinas. Por el contrario, las máquinas no están completamente cerradas sobre sí. Precisamente porque se trata de agenciamientos entre lo humano y lo maquínico-objetual hay también posibilidad de singularización maquínica, de creaciones de nuevas formas de subjetividad.
El capitalismo, haciendo funcionar los aspectos maquínicos a nivel molecular, asume bajo su mando los aspectos perceptivos, deseantes, afectivos, intensivos, y cognitivos del sujeto, haciéndo por ello tan difícil de romper con la máquina-capital.
Es sobre esta base de agenicamiento deseante que se de la acumulación de capital y la apropiación de plusvalor. Este aspecto de lo maquínico es “invisible”, es lo no cuantificable, a diferencia de la jornada laboral y por tanto de la propia alienación. Es lo no medible. Marx lo quiso medir con la misma vara que la de la jornada de trabajo bajo la forma de la alienación.
En todo caso, el modo de producción posfordista ha hecho visible este sustrato de actividad maquínica movilizado por la máquina capital. Son las mismas capacidades subjetivas preindividuales las que se ve forzado a poner a trabajar el “empresario de sí” posfordista.
Para concluir, atisbamos a observar que el mundo actual produce sin césar nuevas formas de antagonismo social y político hechos posibles por la propia dinámica de la producción posfordista, que cuánto más se desarrolla más hace necesaria la ruptura con las formas tradicionales de mando, de disciplinamiento y eventualmente de control por parte del Capital y que a su vez hace cada vez más imperiosa la construcción de formas inéditas de subjetivación maquínicas, sin servidumbres de lo humano frente a lo maquínico, pero que tampoco nieguen ciegamente la facticidad y también la potencialidad de la subjetividad tecnológica.
[i] Paula Lenguita, Las formas disciplinarias del teletrabajo en el periodismo gráfico
[ii] Toni Negri, Michel Hardt. Imperio
[iii] Franco Berardi, Generación post-alfa, patologías e imaginarios en el semiocapitalismo
[iv] Michael Foucault, Las palabras y las cosas
[v] Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia,
[vi] Maurizio Lazzarato, La Máquina


